Jugar con fuego

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Mi hijo es una persona decente. De izquierdas, como Dios manda, aunque a veces se confunda. No pasa nada: todos los hacemos. El manual del izquierdista es igual de complejo que la Torá del judaísmo: contiene 248 preceptos positivos y 365 prohibiciones sacrosantas, una para cada día del año. Es imposible no caer en algún pecado o pecadillo. Ni siquiera los que reparten los carnets son santos inmaculados. Ni santas, aunque lo crean. Ser de derechas, en cambio, es mucho más fácil porque sólo responde a dos impulsos fundamentales: ganar pasta y reírse del subalterno. 

En eso, menos mal, mi hijo ha salido a la rama paterna, siempre escorada a babor cuando navegas por la vida, porque en el otro cromosoma todos son apolíticos de derechas y votantes disfuncionales. Católicos estultos y merluzas de secano. Pero hablo por hablar: ni existe un gen del rojerío -aunque sí alguno de la decencia-, ni creo que mi marxismo haya calado en el chaval. Que me haya salido de izquierdas ha sido una cuestión de suerte. Un asunto de compañías. En el instituto pudo haber topado con una panda de tarados y acabar coreando a Santiago Abascal en un mitin de La Pedanía. Esos tarados existieron, y siguen existiendo, pero el viento, por fortuna, los alejó de nuestro rumbo. 

En “Jugar con fuego”, en cambio, el padre de la criatura no tuvo tanta suerte como yo. Su hijo se cruzó con una pandilla de fascistas como quien se cruza con un virus fatídico o con un rayo en la tormenta. Una desgracia imprevisible. Sin embargo, este padre se fustiga, se hace culpable de los crímenes de su hijo “¿Cómo es posible, si yo le crie más majo que las pesetas, que me haya salido al final un neonazi, un hijo puta, aunque luego tenga que abrazarle?”. 

Este padre no ha leído -y ya nunca leerá- el evangelio de Rich Harris, que es la buena nueva que yo predico entre los gentiles a pesar de las rechiflas y las pedradas. Por si no tenía suficiente con ser un mártir moderno del marxismo-leninismo.




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