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Aquel verano en París

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Al final, como en casa, en ningún sitio. Y si tu casa está al lado del mar, en Normandía, más todavía. Eso es como vivir en el Paraíso Terrenal. Yo, al contrario que Blandine, jamás lo hubiese abandonado. Viajar, después de todo, es rodar, hacer colas, sentirse perdido... Molestar a la parentela o dejarse dinerales. Ser uno con tu maleta, arrastrado por ahí.

Ya lo decía Pascal: “Toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en un aposento”. Pero Blandine no ha leído a Pascal, o ya ha olvidado la advertencia, y como arrastraba una pena de amores decidió comprar una entrada para ir a ver los Juegos Olímpicos de París. Y una vez allí, para sofocar su pena,, fundirse con los parisinos, envolverse en multitudes, sentirse por una vez partícipe de la fiesta. Ahí empezó su descojonación, que es, como decía Azcona, esa conspiración orbital contra el individuo. 

Blandine, en París, un poco como Paco Martínez Soria en Madrid, sufrirá todo tipo de tribulaciones hosteleras y familiares, a veces por paleta y a veces por bonachona, y al final, arrepentida, siguiendo la senda de Pascal, regresará tan feliz a su casa en Normandía, donde ella es la reina de su república independiente y nadie le impone inconveniencias para dormir.

Es difícil, en mi caso, no empatizar con el personaje de Blandine. Ella deambula por París como deambulo yo por las capitales europeas cuando las visito en el verano: mitad boquiabierto y mitad superado. Con la mochila en la espalda y perdido en la traducción. Sólo contra los oriundos, y contra la maquinaria sacacuartos. Blandine recorrió París justo un año después de que yo paseara por el Sena, cuando lo estaban alicatando. Había dejado mi retiro en La Pedanía -que es un paraíso de tres al cuarto- para participar en los Juegos Olímpicos del Amor. Pero me eliminaron en la primera ronda, nada más llegar, y tuve que desistir de mis empeños.




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