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Bombón, el perro.

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El secreto mejor guardado de los profetas es que a Dios, digan lo que digan las Sagradas Escrituras, no le gustan los pobres. Su Hijo vino a la Tierra para predicar a su favor y rápidamente tuvo que destituirlo del cargo por incendiario. Nada más morir en la cruz, los ángeles le trajeron de vuelta para someterle a una estricta reeducación en el colegio de monjas, que ya existían por entonces en el Cielo.

Dios tolera a los pobres, y poco más. Los necesita para hacer más ricos a los ricos, que son sus verdaderos hijos amados. Los pobres, que nacieron con lo puesto, sin gracia ni belleza, piden demasiadas cuentas, señalan demasiados fallos, reclaman demasiadas mejoras... Son unos pesados que colapsan la centralita de peticiones y atiborran los buzones de sugerencias.

“Bombón, el perro”, es el reencuentro de Carlos Sorín con los paisajes y paisanajes de la Patagonia. El protagonista es un cincuentón al que han despedido de su trabajo como gasolinero y vive en casa de su hija, sin oficio ni beneficio. Mientras busca trabajo por los villorrios, un azar de la vida le convierte en dueño legal de un dogo argentino, un ejemplar de pura raza que será reclamado para participar en las ferias caninas de alta prosapia. La suerte, de repente, le sonríe a nuestro amigo Villegas. Pero la suya es, no nos olvidemos, la suerte de los pobres: resbaladiza y pasajera, agridulce y fastidiosa. La suerte de los perdedores nunca es una suerte completa: siempre le falta algo, o exige algo a cambio, o se esfuma en el momento más decisivo.

En los títulos de crédito consta como "mochilera". En IMDB como "female hitchhiker". El suyo es un personaje sin nombre, de apenas cuatro frases, que aparece al final de la película para darle palique al bueno de Villegas mientras conduce por la inmensidad. La actriz se llama Andrea Suárez. Su belleza me deja mudo y tonto en el sofá. Ella es una estrella errante en el páramo desolado. Pasado el trance, y los títulos de crédito, la busco en internet, pero Andrea, como si la hubiera soñado, no consta en ningún registro conocido. Una sola película; un solo papel; una sola sonrisa. 



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