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Romería

🌟🌟🌟


Estoy casi seguro, al 99%, de que mis padres son los que figuran en el reverso de mi DNI. Hay herencias fisonómicas y psicológicas que dejan poco margen a la duda. Son... los tatuajes de la estirpe. Una vez, en Oviedo, mi tía me encontró por la calle y pensó que yo mi padre redivivo, paseando por las Salesas como Jesús paseaba por Jerusalén después de resucitar. 

Dentro de mí, sin embargo, vive una brasa rebelde. Un sueño guerrillero que prefiere pensar en el resto de posibilidades. También hay cosas que no cuadran con el linaje familiar y a ellas me remito. Albergo, sobre todo, un sentimiento de extrañeza que no reconoce ni el clima ni la patria. Ni apenas el idioma. Es un susurro profundo, intracelular, que me envenena con la idea de que yo procedo de aurora boreal. Del mar Báltico por lo menos, donde casi todas las banderas usan la cruz de los vikingos.

Yo, como Leolo Lozone, también sueño que no soy. Sueño que nací en Göteborg y que soy hijo de Magnus, estibador de puerto, y de Ingrid, concertista de violín, ambos fallecidos cuando yo era pequeñín. Esa mezcla explicaría la contradicción irresoluble del futbolero cavernícola que se enternece con Debussy. ¿Y mi tez más bien oscura y mediterránea? En mi fantasía introduzco un abuelo griego o una abuela libanesa y todo solucionado. Ellos, los yayos, fueron emigrantes que subieron al frío a ganarse la vida y me legaron este tono aceitunado y estos ojos negros que traicionan mi condición.

Mis padres jamás viajaron al extranjero, pero eso es lo que ellos dicen. Yo creo que una vez, de novios, se gastaron todo lo que tenían en un crucero por el Báltico y que me encontraron por la calles de Göteborg escapado del orfanato, con dos velones en la nariz y unas explicaciones en sueco que no supieron traducir. Me invitaron a un chocolate caliente y el resto ya es historia familiar que yo tengo que soñar, porque nadie me la cuenta. 

Yo tendría, como Marina, que viajar  a Göteborg para indagar en mi pasado y conseguir un certificado de escandinavo. O no conseguirlo, si estoy equivocado, y dejar ya claro que soy ese hombre que señala mi DNI.





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Alcarrás

🌟🌟🌟


La película se titula “Alcarrás” porque está rodada en Alcarrás, Lleida. Pero podría haberse titulado “La Pedanía” si Carla Simón hubiera nacido en El Bierzo y no en Cataluña. La diferencia fundamental es que en “La Pedanía” habrían recogido uvas y no paraguayos. Bueno, y más cosas, porque esto es como un vergel tropical donde crece hasta la piña. El paraíso de los mosquitos, gordos como terratenientes.

Lo otro que separa ambas películas -la real y la imaginaria- son detalles menores. Aquí, por ejemplo, los jovenzuelos tendrían que cultivar la marihuana entre las tomateras del abuelo porque nada crece medio metro sobre el suelo salvo los árboles frutales. Y que en La Pedanía, tan al Noroeste de la Península, mientras recogen las cosechas hablan medio gallego, o gallego entero. En cualquier caso, no castellano, no el leonés cerrado que yo hablo y que a veces provoca malentendidos culturales

Mientras veo “Alcarrás” -que es otro experimento fílmico de Carla Simón, otra película estimable pero aburrida- no hago más que pensar en este pueblo donde yo vivo. Un pueblo que no he entendido jamás a pesar de llevar aquí 23 años. Más tiempo que el que pasé en León entre crianzas y educaciones. A mis vecinos les entiendo racionalmente, socioeconómicamente, pero vivo ajeno a sus preocupaciones y a sus sentimientos. Debe de ser que yo nunca he tenido una hacienda, una tierra, un mísero huerto. Bueno, sí, un calabazar, de adolescente, donde varias muchachas plantaron su semilla particular. Y luego ya nada.

Yo nací sin herencias, con abuelos sin pueblo. Vengo del exilio agropecuario a la ciudad. Y luego, con el correr de los años, las mil y una crisis económicas fueron convirtiendo cualquier sueño hortofrutícola -de intelectual que recoge sus lechugas y sus tomates- en un imposible metafísico. Solo cogí una azada en mi vida, para ayudar a un amigo, y me salieron unos callos instantáneos que se abrieron y sangraron como llagas de iluminado. Ese es todo mi bagaje.





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Verano 1993

🌟🌟🌟

Hubo un tiempo en que los niños vagábamos alegremente durante el verano, en pandillas de amigos; o nosotros solos, cazando los gamusinos de nuestra imaginación. Los que nos quedábamos en la ciudad por falta de posibles salíamos a los parques, a jugar al fútbol, o a descalabrarnos en los columpios, o caminábamos por las calles jugando al pilla-pilla, o al esconderite, o a hacer simplemente el gilipollas, que es la tarea fundamental de cualquier niño sano antes de que la vida le pegue un grito y lo cuadre en su sitio, como un sargento chusquero. 

    Los que tenían la fortuna de veranear en casa de los abuelos o en al apartamento alquilado, hacían nuevas amistades en el exilio y rápidamente se lanzaban a explorar los alrededores, escalando montículos, jugando en la arena, adentrándose en las selvas impenetrables de los bosques cercanos. Los niños de entonces éramos de otra pasta. Y nos criaban de otra manera. Todo eso fue antes de que la niña Madeleine fuera secuestrada en Portugal y la psicosis se extendiera como un virus entre la progenitura acojonada. Antes de que los cacharricos digitales nos volvieran a todos imbéciles y ermitañescos.

    Los veranos de los niños eran como este que pasa la niña Frida en Verano 1993: al aire libre, al descuido permisivo de los mayores, perdiendo el tiempo, tomando el sol, enredando con cualquier cosa. Sin guion. Casi como el sin-guion de la película, que en apariencia sólo es una sucesión de retazos estivales, con la niña en primer plano y los adultos casi siempre en segundo, un poco como en Verano Azul, solo que aquí la niña no tiene más que una prima pequeña para jugar, y en el Ampurdán no hay barcos de Chanquete a no ser que Fitzcarraldo los arrastre por las montañas. Lo que se ve en la película es una absoluta banalidad. Un pequeño coñazo, si me permiten. Lo importante es lo que no se ve, lo que sólo se intuye tras las puertas cerradas, tras las ventanas corridas: los silencios de los adultos que guardan el secreto. Y el fantasma de una madre que no está, y que recorre todo el metraje ululando su silencio. 






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