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Yo estoy con Fernando Colomo: el mejor remedio que se ha inventado para curar una crisis existencial es irse a vivir al campo con Cristina Marsillach, lejos del ruido y de los hombres. Y de las mujeres. Nada como montar una comuna sencilla, de dos ascetas pervertidos, para sanar el cuerpo y reconfortar el espíritu. Folla et labora, reza la regla de fray Colomo.
He ahí el camino y la redención: irse lejos con la mujer amada, pero tampoco muy lejos, por si hay que llamar al médico o bajar a la ciudad. Cultivar un huerto para alimentarse, y recibir por las mañanas al panadero y al pescadero. Y de vez en cuando, cada quince días, al furgón del supermercado. Admitir sólo eso, furgonetas con víveres, y coches con amigos. Pero coches muy escogidos, ojo, los justos para no enloquecer del todo en ese monasterio peñascoso. Enloquecer de amor, decía, en la paz de los instintos.
La casualidad ha querido que yo, ahora mismo, también tenga una crisis como ésta de Sacristán. Ahora que se vive más, la crisis de los cuarenta y pico se tiene a los cincuenta y pico. Es como adelantar la hora en el horario de verano. Lo que pasa es que yo no tengo casoplón ni amigo que me lo deje. Ni a Cristina Marsillach en el horizonte... La búsqueda de una monja lasciva se alarga demasiado.
De todos modos, mi crisis, atendiendo a la primera acepción de la RAE, no es trágica ni preocupante. Es un “cambio profundo y de consecuencias importantes”, como dice el diccionario. Por fuera todo parece igual, pero por dentro, en la propiocepción, noto que estoy cambiando y que adquiero nuevas disposiciones. ¿Será la madurez tan largamente soñada? Ojalá, pero no creo. La madurez viene de serie con el nacimiento y yo nací sin bendiciçon. La madurez no se adquiere viviendo, ni viajando, ni recibiendo negativas. Hay gente madura como hay gente que nace rubia o que tiene más largo el hueso peroné.
