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Al final de la escapada

🌟🌟🌟


La mejor película de lo que llevamos de año es, para este cinéfilo de provincias, “Nouvelle Vague”. La película de Linklater es divertida, boba, perfectamente imperfecta. Y eso siempre se agradece. Es  liviana y sin embargo trascendental: un canto de amor al cine y a los cineastas. Para músicas grandilocuentes y diálogos engolados ya tenemos el resto de la cartelera. 

“Nouvelle Vague” cuenta la historia del rodaje de “Al final de la escapada”. Cine dentro del cine. Pretende ser un homenaje pero es mucho mejor que la película homenajeada. Es un poco el mundo al revés: la banda homenaje mejorando a la banda original. “Al final de la escapada” es histórica pero chapucera, ícónica pero cutre, libérrima pero estúpida. Se ve, se disfruta y se olvida. Es un evangelio aprobado en los concilios de París y nosotros lo asumimos mientras dudamos con el alma. 

Después de ver “Nouvelle Vague” era imposible no sentir curiosidad por ver, otra vez, la ópera prima de Godard. Hacía años que -defraudado, disgustado, aterrorizado por el suizo petulante- la iba rehuyendo por las plataformas. Más de veinte años, seguramente. Lo sé porque no la tenía puntuada en Filmaffinity y yo llevo ahí todo ese tiempo, levantando y bajando pulgares como el césar de un imperio pequeñísimo.

De la película -mitad culpa suya, mitad culpa mía- no me acordaba de casi nada: solo de una escena en un hotel y de Jean Seberg vendiendo el Herald Tribune por las calles de París. Ni siquiera recordaba que el personaje de Belmondo fuera un delincuente peligroso, y que precisamente por eso, porque es un chuloputas pletórico de arrogancia, es capaz de robarle el corazón a esa chica tan hermosa y desnortada. 


Otras razones que no sean la simple curiosidad para ver “Al final de la escapada”:


1. El rostro de Jean Seberg. 

2. La sonrisa de Jean Seberg.

3. Los vestidos de Jean Seberg.

4. Jean Seberg pasándose el dedo por los labios

5. Jean Seberg preguntando qué son los Campos Elíseos mientras vende periódicos por la avenida de los Campos Elíseos.





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Buenos días, tristeza

🌟🌟


Viendo “Buenos días, tristeza” me acordaba de ese amigo que no soporta ver “Succession” porque le caen mal los ricachones. Yo le digo que a sus años no puede seguir confundiendo contenido con continente, pero él insiste en su desdén. Yo mismo, por ejemplo, que soy un bolchevique anacrónico, quedo abducido en “Succession” ante esa exhibición de sociopatía que siempre viaja en helicóptero. No es síndrome de Estocolmo, sino pura fascinación. 

Sn embargo, en “Buenos días, tristeza”, yo mismo he caído en esa falta de sofisticación que le achaco a mi contertulio. Deseo que la película termine cuanto antes y que se malogren sus personajes. ¿Es buena, es mala...? Ni lo sé ni me importa. De cualquier modo: ¿éste era el “clásico insoslayable”? Porque la película no aguanta ni una siesta del otoño. Ni siquiera por la belleza de Jean Seberg, que Max, mi antropoide interior, celebraba columpiándose en su neumático.

Esta familia de apellido Ignoto no es tan rica como la familia Logan, pero tiene una casa de la hostia muy cerca de los Campos Elíseos. Luego, ya cansada de ver pordioseros por el Sena, veranea en una villa al borde del mar que ya quisieran para sí muchos futbolistas del Madrid. Los Ignoto son papá Raymond –que es un “french fucker” que cambia de amante cada quince días- y su hija, Cécile, que es una pija de manual destinada a seguir los pasos de su padre. Por aquí nada que objetar. Ellos, simplemente, pueden permitírselo. El “amor eterno” es un consuelo inventado por los pobres de espíritu: viene a decir que si tú te pones ciego a follar, yo, en cambio tengo “valores más elevados”. Una gilipollez. Se aprende mucho leyendo al tío Friedrich.

El problema es que los Ignoto carecen de empatía con las víctimas que van dejando por el camino. Tratan a los amantes como tratan a los pobres. Sus aventuras eróticas, que hasta el momento iban dejando cadáveres simbólicos, ahora han dejado uno de verdad. Al final de la película parece que Cécile llora la consecuencia de sus acciones, pero en realidad es la crema facial, que aunque es carísima, exclusiva de París, pica como una auténtica hija de puta. 




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