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Mourinho

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Por un ojo que pulsó, pulsaojos le llamaron. Todo lo malo de Mourinho -como dijo Valdano de Juanito- cabe en menos de cinco minutos. Y ni eso. ¿Cuánto tiempo estuvo gritándole “fuck you” a aquella doctora que saltó al campo sin su permiso? Nada, apenas unos segundos, y ya ves tú qué fama de problemático. De mal ciudadano y picapleitos. Mourinho no sabía que debajo de aquel ojo latía un cáncer incurable; Mourinho no distingue de géneros cuando se trata de ganar. Mourinho ha tenido muy mala suerte con las víctimas de su enfado.

Nosotros, sus discípulos, que seguíamos su dedo victorioso, nos quedamos consternados. Vilanovistas por un día. Fue nuestro momento de duda; nuestro pozo de la fe. Se sucedieron los días de negrura y desaliento. ¿Habíamos seguido al profeta equivocado? ¿Eran los medios, después de todo, incompatibles con los fines? Mourinho había sido hasta entonces nuestro Maquiavelo clarividente. 

Nosotros, que le habíamos amado tanto, que le habíamos defendido mil veces ante la injuria y la sospecha, le llegamos a negar tres veces antes de que se fuera. O de que le echaran.

- Tú eres uno de aquellos que seguía sus predicaciones...

- No, señor, creo que se confunde.

Mourinho no se lo merecía. Mourinho no meaba colonia ni hablaba en germanía. Él era uno de los nuestros. Y si alguna vez macarreaba, macarreaba con estilo, con sentido del humor, no como ese patán argentino tan simple como un chusco. Pero los mouriñistas, después de aquello, nos vimos perseguidos. Juzgados y sojuzgados por otros dedos represivos. Fueron tiempos de catacumbas y conciliábulos. Pero tiempos, también, de espíritus rehechos y orgullosos. Porque en secreto, muy adentro de nuestros corazones, le seguíamos amando. Al principio con tiento, con dudas filosóficas, y ya luego alegremente, indiferentes a los demás. 

Desde entonces nunca hemos dejado de rezar. La Segunda Venida de Mourinho, su Parusía, estaba anunciada en las Escrituras y ahora, por fin, se ha hecho carne y esperanza. 




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