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Antes de que apareciera la bola negra rodando por el horizonte, “El ser querido” iba a ser la película española del año: la ganadora de los Goya, y nuestra embajadora en California. Sorogoyen y Vicky Luengo –lo recuerdo perfectamente- recorrían las emisoras de radio y los talk-shows de la televisión, siempre sonrientes y didácticos, mientras Javier Bardem, allá en Ítaca, abrazado a Penélope, desbrozaba el desembarco en las Américas.
Yo me moría de ganas por ver la película porque soy muy de Sorogoyen, y sobre todo de Bardem. También de Vicky Luengo, en lo profesional y en lo inconfesable. Pero como ya nunca voy al cine porque las salas han sido tomadas por los bárbaros, y porque no hay ninguna señorita que me presione en aras del amor, he tenido que esperar hasta hoy para ver “El ser querido” en un pirateo de calidad incuestionable, indistinguible del original. De todos modos, la van a poner dentro de poco en Movistar +, y yo, esa cuota sí que la pago religiosamente.
Han pasado apenas dos meses desde aquella ubicuidad y es como si hubieran pasado dos años, o dos décadas. Ya nadie habla de “El ser querido” en el foro de la ciudad. Y si hablan, ya no les viene el título exacto a la lengua: “Sí, coño, ésa, la última de Sorogoyen...”.
“La bola negra” -que también vino en el último cargamento procedente de Maracaibo- es como un agujero negro que se ha comido el resplandor de todo lo demás. No sé cómo será la película de los Javis, porque aún no la he visto, pero dudo mucho que esta absorción de la materia esté del todo justificada. “El ser querido” me ha dejado tocado y pensativo. No es perfecta, desde luego, pero que le den por culo a la perfección. Cuando Bardem tuerce el gesto y Vicky Luengo se lo sostiene, aquí se produce una tensión cósmica de dos planetas en colisión. No hace falta ser padre, o hija, para entender este fenómeno astronómico. Pero ayuda mucho, desde luego, como es mi caso.










