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Hace tiempo que abandoné las redes del amor, pero tengo un amigo irreductible que me cuenta que no ha cambiado nada el panorama. Que las mujeres más exigentes de ahora, como las de entonces, tienen pinta de haber pasado más de una temporada en el balneario de Battle Creek. En una vida anterior, quiero decir, allá por los inicios del siglo XX, cuando el doctor Kellogg era el amo y señor de sus dominios saludables.
Dice mi amigo, y yo le apoyo en su deducción, que algo de aquella visita quedó preservado en el espíritu reencarnado de estas mujeres. Algo así como una epigenética de la voluntad; un lamarckismo saludable que traspasó las muertes y las resurrecciones. Una conciencia de vida sana y disciplinada que en sus perfiles de internet ellas anteponen a cualquier otra tentación.
En sus fotos, al parecer, ellas siguen haciendo flexiones y desayunando cereales Kellogg’s en homenaje. Verdurita para cenar y tablas de gimnasia antes de dormir. La que no desciende rápidos con la piragua sigue apareciendo con su bicicleta en lo más alto de una montaña. A mí me intimidaban mucho, la verdad. Si se molestaban en chatear contigo un ratito, apenas tres comentarios aburridos mientras llegaba el Moby Dick de la comarca, terminaban afeándote la mala costumbre de ver películas en el sofá. Algunas, de hecho, declaraban no tener ni sofá, para que el culo musculado y altivo no se aplanara y cogiera vicios de señora.
No bebían, no fumaban, no comían nada azucarado o procesado. En aquella visita de hace cien años al balneario de Battle Creek, ellas tuvieron que ser las alumnas predilectas del doctor Kellogg. De hecho, y eso es lo más triste, también comulgaban con su puritanismo de enfermo psicopático. “No quiero sexo”, subrayaban siempre en sus perfiles, y yo no terminaba de entenderlo. Hasta que un día lo comprendí: no quiero sexo “contigo”, idiota.
