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El balneario de Battle Creek

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Hace tiempo que abandoné las redes del amor, pero tengo un amigo irreductible que me cuenta que no ha cambiado nada el panorama. Que las mujeres más exigentes de ahora, como las de entonces, tienen pinta de haber pasado más de una temporada en el balneario de Battle Creek. En una vida anterior, quiero decir, allá por los inicios del siglo XX, cuando el doctor Kellogg era el amo y señor de sus dominios saludables.

Dice mi amigo, y yo le apoyo en su deducción, que algo de aquella visita quedó preservado en el espíritu reencarnado de estas mujeres. Algo así como una epigenética de la voluntad; un lamarckismo saludable que traspasó las muertes y las resurrecciones. Una conciencia de vida sana y disciplinada que en sus perfiles de internet ellas anteponen a cualquier otra tentación. 

En sus fotos, al parecer, ellas siguen haciendo flexiones y desayunando cereales Kellogg’s en homenaje. Verdurita para cenar y tablas de gimnasia antes de dormir. La que no desciende rápidos con la piragua sigue apareciendo con su bicicleta en lo más alto de una montaña. A mí me intimidaban mucho, la verdad. Si se molestaban en chatear contigo un ratito, apenas tres comentarios aburridos mientras llegaba el Moby Dick de la comarca, terminaban afeándote la mala costumbre de ver películas en el sofá. Algunas, de hecho, declaraban no tener ni sofá, para que el culo musculado y altivo no se aplanara y cogiera vicios de señora. 

No bebían, no fumaban, no comían nada azucarado o procesado. En aquella visita de hace cien años al balneario de Battle Creek, ellas tuvieron que ser las alumnas predilectas del doctor Kellogg. De hecho, y eso es lo más triste, también comulgaban con su puritanismo de enfermo psicopático. “No quiero sexo”, subrayaban siempre en sus perfiles, y yo no terminaba de entenderlo. Hasta que un día lo comprendí: no quiero sexo “contigo”, idiota.




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Barton Fink

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Los detractores de Barton Fink -que son legión en los foros de internet- alegan que la película es críptica, indescifrable, sobre todo en su tramo final de flamígeros pasillos y cajas misteriosas. Aseguran -estos heréticos- que los hermanos Coen aprovecharon que el Pisuerga pasaba por California para hablar de pelusas muy íntimas de su ombligo, y que nos colaron sus neuras profesionales en forma de película respetable, casi de arte y ensayo. Pero no hay nada que entender, realmente, en Barton Fink, o que no entender. La película es el relato de una pesadilla, y como tal ha de contarse y de entenderse. El bueno de Barton vive un sueño terrible desde que llega a Hollywood con su máquina de escribir, sus gafitas de intelectual, y su abrigo improcedente para tan altas temperaturas, como un soldado de Napoleón o de la Wehrmacht invadiendo Rusia pero al revés.


    En el mismo instante en que Barton Fink se hospeda en el tétrico hotel regido por Chet, la película abandona cualquier pretensión de ser lógica, verosímil, porque el mundo al que llega Barton tampoco es lógico ni verosímil. Al menos para él, que viene de la otra costa del país y no entiende qué pretende de él la parte contratante de California. Qué narices hace allí -se pregunta- escribiendo basura para una película de serie B, él que es Barton Fink, y que viene aclamado por la crítica teatral de Broadway.

     Además hace demasiado calor, y en su habitación del hotel, enfrentado a la máquina de escribir, los mosquitos le sobrevuelan a sus anchas, y los vecinos de pared no paran de molestar con sus jadeos sexuales por una lado, y con sus tejemanejes secretos por el otro. Enfrentado al folio en blanco que es el anuncio de su fracaso, Barton es incapaz de conciliar un sueño reparador, y se desenfoca, y enloquece, y ya no puede distinguir lo que imagina de lo que ve. Su única salvación, su único remanso de paz, es el cuadro de la chica en la playa, abandonada al placer del rayo de sol. Ella es la única salida de ese manicomio de escritores alcoholizados, huéspedes asesinos y jefazos que viven al capricho de su humor.



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