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Todos hemos conocido a parejas como ésta. O muy parecidas. De hecho, en “Vergüenza”, al final de los títulos de crédito, no aparece el habitual descargo de responsabilidad: “Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Porque en este caso la realidad y la ficción se solapan y se confunden. “Vergüenza” solo estira un poco la astracanada para que no la confundamos con un documental sobre la estupidez humana y española en el siglo XXI.
Cualquiera de nosotros -salvo mi amigo de La Pedanía, que vive en una burbuja sociológica y dice que esta gente no existe de verdad- ha conocido a parejas así de descabelladas. Y de venenosas, ojo, si las frecuentas en demasía. Una cosa es topártelas por la vida y otra muy distinta arrimarte sin necesidad. Yo, por lo menos, las rehúyo cuando me las encuentro en el bar de la esquina o en las colas del pan. En los trabajos obligatorios y en las cenas de los familiares. Los creadores de “Vergüenza” se lo han tenido que pasar teta recopilando anécdotas personales para luego deformarlas -muy poquito- en aras del cachondeo.
Las buenas personas -no yo- querrían contarles la verdad a estos extravagantes. Detenerles en su larga marcha hacia el precipicio. Pero quién tendría el descaro y la osadía... Te puedes llevar un desplante o un bofetón. La negación de la realidad también incluye la negación de las advertencias. Y además, qué coño: nadie es perfecto. ¿Qué es eso de ir dando consejos por ahí? El que no cojea de esto cojea de lo otro. Ay de mí si me señalaran los desperfectos... Pero es que los Jesuses y las Nurias dan mucho el cante, jolín. Son incorregibles cuando se empecinan en la tontería. Son carne de tragicomedia. “Vergüenza” los retrata a la perfección. Lo que me he reído mientras me incomodaban.
