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Vergüenza. Temporada 1

🌟🌟🌟🌟🌟

Tengo un amigo que me mira mal cuando le digo que me descojono con “Vergüenza”. Es como si de repente me devaluara ante sus ojos: como si confesara un crimen tremebundo o una tara intolerable. Si le dijera que evado impuestos o que me zumbo a las ovejas no me miraría con la misma cara de desagrado. Quizá piensa que solamente un anormal puede reírse con una serie protagonizada por dos anormales como estos.

Mi amigo, en lugar de ofenderme, porque él es muy educado y ya son muchos años de disensiones, se limita a decir que él dejó de seguir “Vergüenza” porque no puede soportar que se haga mofa de la gente divergente. Mi amigo es, ante todo, un humanista. También dice que todo en la serie es demasiado absurdo e inverosímil, y que no le sorprende que un hombre como yo, tan dado a lo raro y a lo tangencial, le ponga cinco estrellas en lugar de las dos escuálidas que apenas se merece.

Cuando se pone en ese plan yo le recuerdo que él ha tenido mucha suerte en la vida, siempre rodeado de amigos normales –menos yo- y de familiares tolerables. De compañeros de trabajo más o menos presentables. Gente normal, de andar por casa, con un equilibrio apenas patológico entre las virtudes y los defectos.  Y que gracias a esa fortuna, que le mantiene encapsulado en un mundo feliz, no puede concebir que otras personas sí conozcamos la triste realidad de personajes como Nuria y como Jesús.

Yo, de hecho, conozco a varios especímenes como estos de “Vergüenza”: torpes sociales que se mueven en parámetros muy alejados de la realidad. Fantasmones menguados que malinterpretan las señales que marcan el camino. Desnortados que no saben cuándo hay que perseguir los sueños y cuándo hay que conformarse con lo poco. Auténticos gañanes, y gañanas, que jamás visitaron al oráculo de Delfos para comprender que lo primero es conocerse a sí mismo y obrar en consecuencia.




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La casa

🌟🌟🌟

Si yo hubiera heredado una casa como ésta, en el pueblo perdido de la montaña, pasaría largas temporadas en ella y sólo me verían el pelo los que vinieran a visitarme. 

Para disfrutarla como se merece no le perdonaría a la vida ni un puente, ni una vacación, ni una ausencia injustificada. Allí sería feliz como un monje medieval que sólo tiene amantes los años bisiestos Y si la amante de turno me dijera que no le gusta la casa, pues mira: puerta. El mercado del amor está muy jodido, pero no tanto como el mercado inmobiliario.

Pero yo, ay, provengo del proletariado ramplón, de la estirpe de los desheredados. De mis antepasados rurales sólo me quedan estos genes imperfectos y esta cara de merluzo. En los pueblos de mis raíces todo se vendió o se malogró antes incluso de que yo naciera. En mi infancia jamás hubo una casa del pueblo a la que ir en vacaciones. En mi familia hubiéramos matado por tener una, y ya ves: los hijos de Antonio, en la película, huyen de la suya porque se aburren, porque sus mujeres prefieren la playa o sus maridos son más de viajar por países raros y presumir luego ante las amistades. Es imposible no odiarles. 

Todo el mundo me cae mal en esta película y no lo puedo remediar. Por ahí se me va la empatía y se me arruina el melodrama. Los hermanos Callejo lloran, ríen, se abrazan con mucha ternura, pero yo sólo contemplo a urbanitas caprichosos que traicionaron a su padre. Es como vivir en Etiopía y ver una película sobre alta cocina en Nueva York. Don Antonio tendría que haberlos desheredado para dejarme la casa a mí. Yo sí que se la hubiera valorado. Dios le da pan a quien no tiene dientes. 

Me he pasado toda la película imaginándome a la sombra de ese naranjo, leyendo los libros fundamentales con una concentración que sólo encontré una vez en la vida, en otra casa que tampoco era la mía. También es verdad que si yo tuviera una casa como ésta, aislada pero integrada en la civilización, mis vecinos de alrededor se pasarían todo el día con el chunda-chunda y todas las noches celebrando fiestas en el jardín. La mochufa, que diría Santiago Lorenzo. Yo atraigo la desgracia. Soy el Destructor de Mundos, como Galactus.




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Sentimos las molestias

🌟🌟🌟


Aún me quedan 20 años para llegar a estas ancianidades de “Sentimos las molestias”. Y eso con suerte... Pero no es lamento de previejo, o de quejica profesional: es una prevención estadística, nada más. Hay unas tablas, unas estadísticas, unas esperanzas de vida... Por otro lado estoy viendo la segunda temporada de “Frasier” y me siento mucho mejor que el doctor Crane con diez años de más: más lúcido, más en forma, más... Si hay una procesión del infortunio, ésta va por los adentros, recitando su letanía.

Pero aunque me falten dos décadas para estar como Resines y Rellán -la doble R del sonotone, de la Viagra, del hueso rechinante en cada levantarse del sofà- conviene ir haciendo una visita por esas edades para tomar conciencia del futuro. No es que uno no sepa, o que no tenga seres queridos, pero yo, las cosas, hasta que no me las explican en una ficción, es como si no terminara de creérmelas del todo. Si las personas cabales buscan certezas en la realidad, yo, atravesado de nacimiento, perdido para siempre en la otra dimensión, necesito que la pantalla del televisor me diga que sí, que en efecto, que las cosas son así. Que dentro de unos años me espera la pitopausia con todas sus complicaciones y también con todas sus simplicidades. Hay jodiendas que aparecen y jodiendas que, de pronto, se esfuman en el aire.

Digo esto porque a Resines y a Rellán les pasan muchas cosas en la serie -tontas y serias-, pero la mayor parte de sus tribulaciones provienen de aquel verso de Franco Battiato que últimamente repito mucho en los escritos:

“Y los deseos no envejecen

a pesar de la edad”.

A ellos también les pasa, y ahí se dan presos, como diría Rafael Azcona, que hablaba del alivio que le supuso la pérdida del deseo. El tiempo que se ahorraba, y las energías que reconcentraba. Maneras de verlo. Dentro de 20 años ya emitiré una opinión.





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Maricón perdido

🌟🌟🌟


A veces, tras la tercera y última cerveza, que es justo la que me desata la lengua y me colapsa el organismo, le digo al amigo que yo, cualquier día, como diría Bob Pop, maricón perdido. Que quizá llevo toda la vida equivocándome de empeño, y que era tal vez en la otra isla donde me aguardaba la felicidad.

Al amigo le suelto esta boutade cuando hablamos del tema mujeres -el tercero en importancia de nuestros asuntos tras la página deportiva y la política nacional- y llegamos a la conclusión de que sería mejor vivir sin ellas, aunque duela, aunque tengamos que hacer un esfuerzo heroico por olvidarlas. Aunque luego, nada más levantarnos de la terraza, enterremos todo lo dicho y corramos desesperados a su lado, para guarecernos bajo sus pechos, cuando están.

El amigo, en caso de apostasía, se decantaría abiertamente por el celibato, de tal modo que en sus fantasías él vive entregado a la huerta, al deporte televisado, a las cañas con los amigos. Y cuando llegue el apretón, pues a mirar para otro lado. Yo, por mi parte, que todavía tengo al diablo entre las piernas, siempre he envidiado la facilidad con la que los hombres se entienden con una mirada y se van a la cama sin tener que celebrar rituales decimonónicos, cortejos y conversaciones, protocolos y demostraciones, exámenes y circunloquios, pláticas sin fin, persecuciones circulares, malentendidos sin fruto... No, nada de eso: primero el sexo, para aliviar la tensión, y luego, si el amor viene detrás, pues mira, cojonudo. Y si no, que me quiten lo bailado.

¿Y la serie? Pues nada, una decepción. Maricón perdido es él Cuéntame de los Alcántara pero en versión gay pop. Como el guion era de Bob, y lo producía Berto, y salía Candela, y lo anunciaban mucho en los late nights del Movistar +, uno pensaba que esto iba a ser una cuchipanda llena de humor y chascarrillos. Pero nada más lejos de la realidad. Lo de ser homosexual en tiempos de la Transición no debía de dar, por lo que se ve, para mucha comedia. Poca broma.




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El bosque animado

🌟🌟🌟

Uno tenía el recuerdo -distorsionado por el tiempo- de que El bosque animado era una comedia de gallegos pintorescos, un poco catetos, atrapados en el realismo mágico de su tierra. En mi recuerdo todo era como de troncharse de risa en la platea: el bandido Fendetestas decía “me caso en Soria” cuando saltaba al camino a dar el palo, y el pocero cojo se acostaba con la chica por la que bebía los vientos, y el alma en pena de Fiz de Cotovelo se topaba con la Santa Campaña para encontrar el recto camino de los muertos. Había un tonto fetén al que unos aristócratas desalmados vendían la fachada del Obradoiro, y un par de burguesas que en aquel entorno rural encontraban mil miedos para dar chilliditos de marujas. Una comedia amable, de Rafael Azcona disfrazado de sentimental, en ese bosque espeso de nieblas que allí llaman fraga sin ruborizarse -porque aquí, en las tierras no gallegas, dices de un bosque que es una fraga y parece que estás invocando el fantasma arbóreo de don Manuel, que quizá también anda errando camino de San Andrés de Teixido, o del palacio de la Moncloa, en frustrada peregrinación.



    Pero hoy, treinta y dos años después de aquel primer visionado -que son los mismos años que el Madrid estuvo sin ganar la Copa de Europa y parecieron una verdadera eternidad- he visto El bosque animado y se me ha caído el alma a los suelos, y la sonrisa al fregadero. No sé si es cosa de Azcona o de Wenceslao, del guionista o del novelista, pero la película es de una tristeza muy gris, espesa, de día de lluvia inconsolable. Lo que yo recordaba como una comedia es en realidad una tragedia sobre la fatalidad del destino, sobre la pobreza que no conoce remedio. Sobre la soledad que se enquista como una maldición. Parece todo muy gallego por la envoltura y por el paisaje, como muy arcaico o inevitable, pero en realidad son males que se reproducen en cualquier ecosistema de los seres humanos. Pocos sueños se cumplen, y pocos pobres escapan de la rueda. Muy pocas soledades encuentran la verdadera compañía de una comprensión. El bosque animado, sí, de la vida desanimada.

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El vuelo de la paloma

🌟🌟🌟🌟

Cuánto nos reíamos, en los años ochenta, de los fachas... En las películas españolas los ridiculizaban  como espantajos risibles del pasado. Y nosotros aplaudíamos felices y liberados. Qué tontos fuimos.

    Termino de ver El vuelo de la paloma, comedia entrañable del dúo García Sánchez y Azcona, y una insidiosa melancolía se instala en mi ánimo. Aquí se ríen de un fascistilla que regenta la Asociación de Amigos del Tirol, y que se pasa todo el día asomado al balcón, lanzando proclamas, exhibiendo banderas, riñendo a los artistas porque ya no ruedan películas como las de antes, como Raza, o ¡A mí la legión!, o Los últimos de Filipinas... Cuánta risa nos daban entonces los fachas, sí. Cuando de jóvenes íbamos al cine pensábamos que estos tipos ya eran toro pasado, carne de carcajeo, fantasmones sin susto. Pensábamos que España era un país definitivamente moderno, liberal, europeo. Eran los años de la movida, del revolcón, de los armarios abiertos. Los socialistas siempre ganaban las elecciones. Chanchullaban, mentían, traicionaban los principios, pero también construían hospitales, y escuelas, y repartían condones entre los jóvenes, aunque muchos no llegáramos ni a estrenarlos, perdedores eternos en la ideología ancestral de las mujeres guapas.

    En los años ochenta pensábamos que todo el monte era orégano. Qué poco sabíamos.... Sólo cuatro años después de estrenarse El vuelo de la paloma, un admirador de los viejos tiempos, con mostacho falangista y cara de mala hostia, gobernaba este país con una máscara de sonrisa falsa que te helaba la sangre. Luego se le subió la megalomanía hasta el bigote, y envuelto en banderas y en himnos militares nos llevó al borde del abismo moral. Desaparecido del panorama, creímos que su presencia sólo había un mal sueño, la psicosis colectiva de un puñado de votantes engañados. Y alegres y triunfantes volvimos a reírnos de los fachas, de los derechistas carpetovetónicos, de los pijos de Nuevas Generaciones. De las rubias con mechas que sabían perfectamente cuanto costaba un bolso de Loewe y no tenían ni puta idea de lo que costaba un kilo de tomates. Cuánto nos volvimos a reír de ellos, sí.

     Y de repente, en una cascada vertiginosa de acontecimientos que todavía no hemos acertado a digerir, unos fulanos dejan de pagar sus hipotecas en Estados Unidos y por arte de magia los tenemos otra vez aquí, aprovechando la ruina y la depresión, a los nietos de los fachas, a los hijos de los fachorros, trajeados, engominados, melifluos, riéndose ahora de nosotros: de los progres, de los rojos, de los perdedores de la historia, de los tontainas del buen corazón, de los ignorantes de la vida.





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