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Vergüenza. Temporada 1

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Tengo un amigo que me mira mal cuando le digo que me descojono con “Vergüenza”. Es como si de repente me devaluara ante sus ojos: como si confesara un crimen tremebundo o una tara intolerable. Si le dijera que evado impuestos o que me zumbo a las ovejas no me miraría con la misma cara de desagrado. Quizá piensa que solamente un anormal puede reírse con una serie protagonizada por dos anormales como estos.

Mi amigo, en lugar de ofenderme, porque él es muy educado y ya son muchos años de disensiones, se limita a decir que él dejó de seguir “Vergüenza” porque no puede soportar que se haga mofa de la gente divergente. Mi amigo es, ante todo, un humanista. También dice que todo en la serie es demasiado absurdo e inverosímil, y que no le sorprende que un hombre como yo, tan dado a lo raro y a lo tangencial, le ponga cinco estrellas en lugar de las dos escuálidas que apenas se merece.

Cuando se pone en ese plan yo le recuerdo que él ha tenido mucha suerte en la vida, siempre rodeado de amigos normales –menos yo- y de familiares tolerables. De compañeros de trabajo más o menos presentables. Gente normal, de andar por casa, con un equilibrio apenas patológico entre las virtudes y los defectos.  Y que gracias a esa fortuna, que le mantiene encapsulado en un mundo feliz, no puede concebir que otras personas sí conozcamos la triste realidad de personajes como Nuria y como Jesús.

Yo, de hecho, conozco a varios especímenes como estos de “Vergüenza”: torpes sociales que se mueven en parámetros muy alejados de la realidad. Fantasmones menguados que malinterpretan las señales que marcan el camino. Desnortados que no saben cuándo hay que perseguir los sueños y cuándo hay que conformarse con lo poco. Auténticos gañanes, y gañanas, que jamás visitaron al oráculo de Delfos para comprender que lo primero es conocerse a sí mismo y obrar en consecuencia.




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En fin

🌟🌟

Mi primera decisión sería no ir a trabajar. Otros trabajos cesarían tras el anuncio del apocalipsis, pero el nuestro no. Los clientes vendrían a quejarse a las puertas del colegio. La muerte cercana no nos eximiría de seguir garantizando la conciliación laboral. Y si ya no hubiera trabajos, pues mira, la conciliación personal. La educación es un derecho inalienable que depende de un mandato de la ONU, no de que el planeta Tal nos amenace con el exterminio. Pero a mí, ya digo, que me buscasen.  Para algo tiene que valer el dinero ahorrado. Otro cantar sería cómo sacarlo de allí: supongo que habría colas, tiros, hostias... Quizá ni bancos. 

Me quedaría en casa, con Eddie, a verlas venir, acumulando suministros. Para desviar la trayectoria del planeta confiaría en la ciencia de los misiles nucleares, como en las películas americanas. Pero por si acaso, cuarenta años después de mi apostasía, volvería a misa los domingos para mantener vivos todos los frentes de la esperanza. 

Supongo que Movistar +, por causas ajenas a su voluntad, suspendería sus emisiones y se dedicaría a emitir refritos programados. Ya no habría deportes ni Ilustres Ignorantes. Sólo boletines informativos con ministros del Gobierno. Pero como tengo mil películas y mil libros apilados en las estanterías, confiaría en el funcionamiento de las centrales eléctricas para que la tele y las bombillas siguieran funcionando. Quizá peco de optimismo.

En cuanto a vicios, me daría por probar todo lo que nunca he probado. Todo estará a precios exorbitantes o te lo darán casi regalado. Quién sabe cómo funcionará la economía cuando la economía ya carezca de sentido. Probaré la cocaína, por ejemplo, a ver si es verdad lo que se cuenta. Y si venzo la timidez, me meteré en una de esas orgías que sin duda se montarán. Con mucho respeto, claro, y con mucho consentimiento. 

Ya no aguantaré a nadie que no quiera aguantar. Si todo se desmorona, vagaré con Eddie por los caminos. Conoceré mundo. Quizá haga por fin el Camino de Santiago. Lo que nunca haré -eso sin duda- será terminar de ver esta serie. "En fin" es como tener un amigo idiota: dos gracias por hora no compensan la función. La vida es muy corta. Y más que puede ser.





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Que nadie duerma

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Que tire la primera piedra quien no haya soñado alguna vez con un amor inalcanzable. Un amor matemáticamente imposible, de posibilidades infinitesimales. De todo punto ridículo visto desde fuera. Tan ridículo que no puedes ni confiarte a tus mejores amistades, para que no te tomen a pitorreo y duden muy seriamente de tu salud mental. Un amor silencioso, ultrasecreto, pero no doloroso en realidad, porque siempre hay un rinconcito de la conciencia, aunque amordazado, que se hace cargo de la situación.

Y no hablo de enamorarse locamente de la actriz de Hollywood o del cantante de la tele. Hablo de la vida cotidiana, de cuando conoces a Fulanita o Menganito por las esquinas de la realidad y las mariposas del estómago, contra toda lógica, contra toda obviedad, porque tú eres un chiquilicuatre y ella vive en el último eslabón de la cadena trófica, se empeñan en revolotear de un modo improductivo. O -como le sucede al personaje de Malena Alterio- cuando tú eres como mucho la princesa de Bekelar y el maromo es el actor de moda más  buenorro de los teatros madrileños. Y además con barbita de comechochos gourmet incorporada.

Yo sufrí una vez este enorme desvarío. Tan desvariado que es el único amor secreto que nunca le he contado a nadie, ni siquiera una vez que me preguntaron y yo me vi con demasiados licores espiritosos en el coleto. No, nunca, jamás. El pitorreo hubiera sido histórico. Quién sabe si alguno de los presentes, sin pedirme permiso, hubiera tomado mi historia para construir una película sobre un gilipollas integral.

Pero el personaje de Malena Alterio está hecho de otra pasta más comunicativa que la mía, o quizá es que conduciendo el taxi se aburre mucho y suelta lo primero que se le ocurre, por aquello de crear un clima de confianza con la clientela. O que está un poco pirada, que eso también. Por la boca muere el pez, y por la bocaza la taxista, y como además hay mucho hijo de puta suelto por ahí, y también mucha hija de puta, al final salió esta tragedia costumbrista que no es que parezca escrita por Juan José Millás, el maestro moderno de las tramas kafkianas. Es que lo está. 





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Bajo terapia

🌟🌟🌟

Lo mismo en la realidad que en la ficción, cualquier pareja que acude a una terapia de ídem sabemos que está condenada. Les vemos entrar en la consulta con cara de cabreados o de compungidos y nos decimos: “¡Pobrecitos!. Qué poco les queda ya...”.

Hay parejas que se deshacen en la propia consulta y otras que cogen oxígeno para seguir chapoteando unos cuantos meses más antes de ahogarse. El amor no funciona con remiendos ni con componendas. Con trucos psicológicos. Las palomas de Skinner no tienen nada que ver con las mariposas en el estómago. No hay pegamento que una los huevos rotos. Cualquier pequeño terremoto volverá a separar lo que el hombre (y la mujer) desunió. 

La única solución sería dejar de llamar amor a lo que ya no lo es: conformarse, quizá, con un sentimiento menos elevado, más práctico, algo de andar por casa. No hay que amarse como Romeo y Julieta para ir tirando por la vida en compañía. Pero las parejas que van a las consultas quieren recobrar la llama, el entusiasmo, la juventud... La potencia sexual, la rosa diaria, el aliento mentolado, la tersura de la piel.

Pero eso, ay, es una película de ciencia ficción. 

En la vida real sucede tres cuartos de lo mismo, pero los psicólogos, obviamente, no te lo van confesar. De algo tienen que vivir. Ellos venden terapias de pareja como otros venden crecepelos o ideas para emprendedores. Es todo mentira. Ya dijo Woody Allen en “Recuerdos” que el secreto de una buena relación reside en la suerte. La chiripa de coincidir y luego ir desgastándose muy poco a poco. Todo lo que es forzado, trabajoso, impostado, no funciona. Además, qué coño: tampoco pasa nada porque el amor se extinga. Siempre habrá otro que venga a devolver la ilusión. Transitoria, sí, pero ilusión. Y por tanto, mágica.

De “Bajo terapia” no se puede contar gran cosa porque tiene un final sorpresa. Muy del agrado del mainstream feminista. Yo estuve una vez en una terapia de pareja y no tuvo nada que ver con este experimento de la película. Lo cuento en mi autobiografía. Es un capítulo muy chulo, la verdad. Ahora me río, pero entonces jo...







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Cinco metros cuadrados

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La pareja que arruina su vida en Cinco metros cuadrados compra un piso de mierda a varios kilómetros del centro, en mitad de un secarral inhóspito, en una urbanización que está todavía por diseñar. Firman una hipoteca a pagar en 40 años, y dan una entrada de varios miles de euros que reúnen sableando a varios familiares, y pidiendo anticipos a los jefes del trabajo ¿Y todo esto por qué? Por una terraza de cinco metros cuadrados que prolonga las prestaciones del salón y da título a la película. Una terraza minúscula e impracticable desde la que se ve, a tomar por el saco, más allá de los matorrales y de las naves industriales, un trocito de mar azulado. El sueño pequeño-burgués de vivir junto a la costa, de presumir ante las amistades, de tomarse una cervecita fresca y unas aceitunas con anchoas mientras se filosofan tonterías con la mirada perdida en el horizonte de los mares.


            Es el mismo sueño perturbador, pesadillesco, que hace años nos invadió a todos los españolitos, en la costa y en el interior, en los pueblos y en las ciudades, en los regadíos y en los secanos... La misma psicosis colectiva que nos llevó a pagar a precio de oro, y con el dinero que no teníamos, pisos de calidad bochornosa que nos vendieron como de lujo, o como de primeras calidades, engatusados como niños idiotas por la cocina bonita, por la luz del salón, por el vestidor en el dormitorio que sería la envidia de las visitas y el rabia-rabiña de las cuñadas. Pisos que luego se caían a trozos, que chorreaban goteras, que eran invivibles por culpa de los vecinos y de sus ruidos constantes.  Pisos que vividos por dentro no valían ni la mitad de lo pagado. Ni la cuarta parte. Cárceles hipotecarias. Jaulas de encierro voluntario. Decepciones que luego ya no se podían rectificar, ni vender, ni dejar de pagar. Un simple lugar donde recogerse por las noches, y mirar cualquier chorrada en la televisión. Pero eso sí: un piso propio.




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