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Vamos Juan

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Juan Carrasco es un merluzo que podría desempeñar cualquier cargo político sin tener ni puta idea del asunto. Lo mismo le da ser alcalde de Logroño que ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación. Y de Medio Ambiente, claro. O encarnar, en “Vamos Juan”, al fundador de un nuevo proyecto pensado para España y para los españoles. Y para las españolas.

El fuerte de Juan Carrasco no es el conocimiento, ni el tecnicismo, ni el manejo del inglés en los foros internacionales, sino el puro trapicheo que quita y otorga los cargos y las poltronas. Juan Carrasco es un “hombre del partido”, un “miembro del aparato”. Un político profesional, muy profesional, como diría el entrañable Pazos de “Airbag”. Juan Carrosco es un ignorante feliz y peligroso; un Ayuso con calvorota; un barón socialista sin el pelazo. Un populista sin formación y sin ideología que sólo conoce el ego desmedido y el halago de los suyos.

Juan Carrasco, suponemos, tiene una carrera universitaria como la que tenemos todos los demás, sepultada en el olvido e intrascendente para desarrollar el sentido común en nuestro trabajo. Él tampoco la necesita. Ahora que ya estamos todos diplomados en Democracia, sabemos que el verdadero trabajo en un ministerio, o en una alcaldía, o en un partido de mierda como “Vamos Juan”, lo hacen los asesores y los funcionarios. A un político como Juan Carrasco, limitadito y campechano, le basta con olfatear el último capricho del populacho que acude a votar en las fiestas de la democracia.

Por fortuna, Juan Carrasco es un político ficticio y sus trapisondas se quedan dentro de la tele, en una tragicomedia que es de reírse mucho por las noches. Pero luego, al despertar, el dinosaurio de la política sigue ahí. El fantasma de Juan Carrasco se queda flotando en el aire, entre el humo del café, hasta que vuelve a hacerse píxel verdadero cuando empezamos a leer las noticias en el móvil.





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Vota Juan

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No me molesta que “Vota Juan” sea un refrito de “Veep" cocinado a la española. Al revés: bienvenido sea el homenaje ibérico, la traducción al castellano. ¿Por qué no? La idea de Armando Ianucci puede ser reproducida en cualquier clima donde crezcan políticos impresentables, asesores merluzos, estrategas malévolos y, por supuesto, votantes sin criterio. O lo que es lo mismo: casi en cualquier democracia de Occidente.

“Vota Juan” heredó de “Veep” la idea del político tontolaba que va superando escollos contra todo pronóstico. Pero aquí, en vez de servirlo en un menú del burguer, o dentro un pavo de Acción de Gracias, al señor ministro se le acompaña con un sofrito de ajo y cebolla, unos choricitos picantes, un plato de buen jamón para ir abriendo el apetito, y luego, para regarlo todo, un buen vino de La Rioja porque ésa es la patria natal de Juan Carrasco, el político que ya no es de medio pelo, sino de pelo ninguno. Ni de listo ni de tonto. Ninguno. Un animal político, que se dice, con un cociente de inteligencia imposible de calcular: un algo escurridizo, insondable para un test de inteligencia, que lo mismo podría señalar a un retrasado profundo que a un genio incomprendido.

El telediario de cada día está lleno de tipos como Juan Carrasco que sólo saben de aparatos internos y trapicheos de partido. Tipos, y tipas, lo mismo a la izquierda que a la derecha de Dios Padre, que carecen de la inteligencia necesaria para conjugar el bien propio con el bien común. En los países serios -generalmente reconocibles por el frío- nadie podría reírse con una serie como ésta. Allí no conciben que un tipo como Juan pueda gestionar los asuntos generales, y que nosotros, además, se lo permitamos con nuestro voto. Se les escapa el costumbrismo, la raigambre, la tradición de siglos precedentes.  Nosotros, como padecemos esta lacra social desde que nacemos, nos descojonamos de lo lindo y usamos la carcajada para sublimar la inquietud profunda que nos provocan.


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El sustituto

🌟🌟

En 1982, en España, había tantos fachas como ahora. Pero aquellos, aunque nos parezca imposible, eran aún más peligrosos porque iban armados hasta los dientes y tenían muchas ganas de fusilar. Planteaban golpes de estado, o los daban, o amenazaban con palabras muy serias en las cartas que enviaban a los periódicos. Pero como se les iba la fuerza por la boca, o por los cojones, votaban mucho menos y por eso no tenían representación en el Parlamento. Entre los nostálgicos del franquismo y los ultras de los estadios no daban ni para otorgar un escaño a Fuerza Nueva, que tuvo que disolverse y repensarse. Los fachas de 1982 preferían votar a Fraga con la nariz tapada o, mejor todavía, quedarse en casa el día de las elecciones. Votar, para ellos, era un acto impuro. Habían ganado la guerra precisamente para no tener que votar.

Los fachas tardaron cuarenta años en cruzar el Gran Desierto del Orgullo. Pero una vez superados los miedos y los complejos, se presentaron entre nosotros, al otro lado de las arenas. Los dábamos por perdidos y resulta que llegaron bien frescos y alimentados. Supongo que los empresarios les iban lanzando víveres desde sus gráciles avionetas... Los fachas se han sacudido el polvo, se han reorganizado como ficción democrática, y ya votan a mansalva y muy orgullosos. Ser facha es horrible, pero es horrible para nosotros, claro, no para ellos, que alardean de su condición. En algunos círculos ser facha es la moda, lo in, lo que se lleva...  Ser facha es la nueva hombría de los matones, y la nueva memez de las estúpidas. El dios católico los cría y ellos se juntan.

Lo que ya casi no queda en España son nazis escondidos. La pura biología los ha ido cremando uno a uno en los crematorios civilizados. Hablo de los nazis puros, claro, los alemanorros que lucharon por Hitler con gran entusiasmo y nunca renegaron de su mensaje. Porque nazis, en España, por desgracia, sigue habiendo unos cuantos. Producto nacional. La mayoría son unos imbéciles que no saben ni lo que significa la palabra nazi.




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Los lunes al sol


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Va perdiendo uno la noción del calendario, aunque siga trabajando y justificando la nómina del mes. Pero el teletrabajo no parece trabajo, si no cambias el paisaje del salón, y lo cumplimentas con música de Schubert sonando en el iTunes. Los días en rojo se han vuelto negros, y quizá eso sea una metáfora de los tiempos políticos que vendrán… O a lo mejor es al revés, que los días negros se han vuelto rojos, como festivos que ya nadie celebra en el confinamiento, porque no hay fútbol que marque la alegría, ni salidas al campo, ni paellas en casa de la suegra, los domingos, que cuántos iban a pensar que un día las echarían de menos… A las paellas, digo.

    Llevo dos o tres semanas que me lío con los días, y a veces dudo si estoy en jueves o en viernes, en sábado o en domingo, hasta que tomo el enésimo café y la mente se despeja, y en esos lapsus siempre me acuerdo de Santa, el de Los lunes al sol, porque él tampoco estaba muy seguro del día en que vivía, cuando volvía del bar, o cruzaba la ría, en el día repetido y triste de los parados.




    Por lo demás, Los lunes al sol sigue siendo una de las películas de mi vida. La habré visto, qué sé yo, diez veces, y nunca me canso de verla. Santa soy yo, y yo soy Santa. Me sé sus frases como si fueran mías. Pero no por repetidas, sino porque me salen de las tripas, y ya la primera vez que conocí a este fulano me iba planchando los pensamientos. Yo soy como Santa, digo, pero a mí, de momento, me ha ido bien en la vida. Soy un funcionario, un privilegiado, y a los niños autistas, de momento, no vienen a educarlos profesores coreanos por la mitad de mi sueldo. Pero a él sí: a Santa le construían los barcos más baratos, en Seúl, o en Busan, o donde su puta madre, y los astilleros le dejaron tirado en la calle. A él, y a sus compañeros, y a los que tendrían que venir después, los chavalucos, a tomar el relevo del oficio.

    Yo soy como Santa, alto, y anchote, y amante del queso, y con una retranca muy jodida si me tocan las narices. Que yo vea a Santa en la película, en Galicia, capeando la vida como puede, y que no sea él, desde su sofá, el que me vea a mí en Ponferrada, tirado por los bares -es un decir-, es sólo una cuestión de suerte. Porque además, en caso de buscar responsabilidades que no existen, aquí nadie sigue sin explicar por qué unos nacen cigarras y otros hormigas. Jodío Santa…



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