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Venga Juan

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“Venga Juan” es el cierre definitivo de la trilogía sobre Juan Carrasco. Y está bien que la cerraran: llegó un momento en que la realidad de los telediarios superó cualquier trapisonda del personaje. Juan Carrasco empezó siendo un político de ficción -aunque basado, y muy basado, en hechos reales- y terminó siendo una caricatura casi benévola de los corruptos de verdad: esos tipejos que también dominan el difícil arte de combinar la inteligencia con la tontuna, la chispa con la incultura, la indecencia con el aplauso de sus votantes.

En otras trilogías para el recuerdo vivieron Michael Corleone, Luke Skywalker, Marty McFly, Frodo Bolsón y  Lisbeth Salander. Pero en ésta, en la cañí, en la que es nuestra y solo nuestra, vive Juan Carrasco de Logroño, que para mí es otro héroe mitológico aunque tenga tan pocas luces en la sesera como pelo en la cocorota. Sé que no existe un consenso universal acerca de la inclusión de Juan Carrasco en el “Hall of Fame de las Trilogías”, pero yo, desde luego, en mi iglesia particular, le tengo en una hornacina muy principal a la que vengo a rezar cada cierto tiempo para echar unas risas y honrar a los dioses de la comedia.

De todos modos, “Venga Juan” ya no es lo mismo que “Vota Juan” o que “Vamos Juan”. Le falta la mala hostia que Juan Cavestany o Borja Cobeaga dejaban en los guiones. Diego San José, dejado de la mano de Dios, tiene una tendencia preocupante a la ñoñería. A la “humanización” de sus personajes. Me preocupa que se esté convirtiendo en el blanqueador oficial de los impresentables que viven en nuestro reino. Ya lo hizo con la princesa Pilar en “Su majestad” y con la defraudadora de impuestos llamada Celeste en “Celeste”. Juan Carrasco tampoco merecía un tratamiento compasivo en el cierre de sus aventuras. Nos reímos mucho con Juan, pero no hay que olvidar que este fulano es un ladrón, un incapaz, un mequetrefe, un mal compañero, un chivato, un soplagaitas, un mal marido y un peor padre. Un imbécil muy peligroso.




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Vamos Juan

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Juan Carrasco es un merluzo que podría desempeñar cualquier cargo político sin tener ni puta idea del asunto. Lo mismo le da ser alcalde de Logroño que ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación. Y de Medio Ambiente, claro. O encarnar, en “Vamos Juan”, al fundador de un nuevo proyecto pensado para España y para los españoles. Y para las españolas.

El fuerte de Juan Carrasco no es el conocimiento, ni el tecnicismo, ni el manejo del inglés en los foros internacionales, sino el puro trapicheo que quita y otorga los cargos y las poltronas. Juan Carrasco es un “hombre del partido”, un “miembro del aparato”. Un político profesional, muy profesional, como diría el entrañable Pazos de “Airbag”. Juan Carrosco es un ignorante feliz y peligroso; un Ayuso con calvorota; un barón socialista sin el pelazo. Un populista sin formación y sin ideología que sólo conoce el ego desmedido y el halago de los suyos.

Juan Carrasco, suponemos, tiene una carrera universitaria como la que tenemos todos los demás, sepultada en el olvido e intrascendente para desarrollar el sentido común en nuestro trabajo. Él tampoco la necesita. Ahora que ya estamos todos diplomados en Democracia, sabemos que el verdadero trabajo en un ministerio, o en una alcaldía, o en un partido de mierda como “Vamos Juan”, lo hacen los asesores y los funcionarios. A un político como Juan Carrasco, limitadito y campechano, le basta con olfatear el último capricho del populacho que acude a votar en las fiestas de la democracia.

Por fortuna, Juan Carrasco es un político ficticio y sus trapisondas se quedan dentro de la tele, en una tragicomedia que es de reírse mucho por las noches. Pero luego, al despertar, el dinosaurio de la política sigue ahí. El fantasma de Juan Carrasco se queda flotando en el aire, entre el humo del café, hasta que vuelve a hacerse píxel verdadero cuando empezamos a leer las noticias en el móvil.





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Vota Juan

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No me molesta que “Vota Juan” sea un refrito de “Veep" cocinado a la española. Al revés: bienvenido sea el homenaje ibérico, la traducción al castellano. ¿Por qué no? La idea de Armando Ianucci puede ser reproducida en cualquier clima donde crezcan políticos impresentables, asesores merluzos, estrategas malévolos y, por supuesto, votantes sin criterio. O lo que es lo mismo: casi en cualquier democracia de Occidente.

“Vota Juan” heredó de “Veep” la idea del político tontolaba que va superando escollos contra todo pronóstico. Pero aquí, en vez de servirlo en un menú del burguer, o dentro un pavo de Acción de Gracias, al señor ministro se le acompaña con un sofrito de ajo y cebolla, unos choricitos picantes, un plato de buen jamón para ir abriendo el apetito, y luego, para regarlo todo, un buen vino de La Rioja porque ésa es la patria natal de Juan Carrasco, el político que ya no es de medio pelo, sino de pelo ninguno. Ni de listo ni de tonto. Ninguno. Un animal político, que se dice, con un cociente de inteligencia imposible de calcular: un algo escurridizo, insondable para un test de inteligencia, que lo mismo podría señalar a un retrasado profundo que a un genio incomprendido.

El telediario de cada día está lleno de tipos como Juan Carrasco que sólo saben de aparatos internos y trapicheos de partido. Tipos, y tipas, lo mismo a la izquierda que a la derecha de Dios Padre, que carecen de la inteligencia necesaria para conjugar el bien propio con el bien común. En los países serios -generalmente reconocibles por el frío- nadie podría reírse con una serie como ésta. Allí no conciben que un tipo como Juan pueda gestionar los asuntos generales, y que nosotros, además, se lo permitamos con nuestro voto. Se les escapa el costumbrismo, la raigambre, la tradición de siglos precedentes.  Nosotros, como padecemos esta lacra social desde que nacemos, nos descojonamos de lo lindo y usamos la carcajada para sublimar la inquietud profunda que nos provocan.


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