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Yo no quería que me gustase “Hamnet”. Ni llorar con su desenlace. Pero lloré. No pude remediarlo. Me veía desde arriba, desde mi cuerpo astral, y no terminaba de creerme. Aunque estaba solo me jodía que me confundiesen con una plañidera. Pero plañí.
Yo había venido a no sufrir con el sufrimiento de los personajes. A que me importara un bledo su tragedia y su redención. Los críticos me habían advertido y yo me puse la coraza. “Ojo que silban las balas, y son muy cursis y afectadas”, decían en sus crónicas. A veces vengo movido por el interés de constatar un prejuicio y nada más. A veces prefiero no disfrutar para coincidir con los gurús. Es una tontería, lo sé. Una gilipollez. ¿No es mejor, acaso, como sucedió en “Hamnet”, disfrutar de la película a pesar de la disidencia? ¿Dejarse llevar por la corriente que arrastra a los demás? ¿Saber que estás siendo manipulado pero fingir que no sientes esa mano que te dirige? ¿Esa música que te embauca? ¿Esa actriz que te fascina? ¿No es mejor sentirse por un día sentimental y derrotado?
Cuando gozo donde no debería gozar, gozo con culpa, como si alguien me pillara conculcando un mandamiento. A veces iría a confesarme nada más terminar la película si existieran confesionarios para esto. “Ave María Purísima, padre...”. Justo cuando ya había superado la culpa judeocristiana vino la culpa cultureta a joderme la marrana. Asumir, en los títulos de crédito, que “Hamnet” me había emocionado, tuvo algo de rendición y de apostasía. De hereje sorbiéndose los mocos y recobrando la compostura.
(Tengo que decir, también, que 24 horas después de haber visto “Hamnet” su hechizo se está disipando como la niebla. La consulta con la almohada ha desvaído el embrujo de sus imágenes. Las obras maestras se quedan días jugando al pinball en tu cabeza; las grandes películas no. Ésa es la diferencia. Dentro de tres semanas recordaré “Hamnet” con agrado; dentro de medio año ya no recordaré los detalles de su trama; en un año, ay, tendré que volver a verla para vencer el olvido y la vergüenza).

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