La noche es nuestra

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1. Si la película pretendía ser un homenaje a los policías de Nueva York, el tiro del arma reglamentaria les salió por la culata. Todo lo que construyó “Canción triste de Hill Street” en una década, lo derrumbó James Gray en dos horas de pedradas lanzadas contra el tejado.

En “La noche es nuestra”, la policía de Nueva York se parece más a la TIA de Mortadelo y Filemón que a esa institución cuasi ejemplar que hemos conocido desde pequeños en la tele: un  sindiós donde tres abueletes dirigen el cotarro con acciones peregrinas y el alto jefazo ejerce un nepotismo que me río yo de Fulgencio Batista en la República Dominicana. 

Si algún chaval de Nueva York pensaba entrar en el cuerpo allá por el año 2007, seguramente se lo pensó dos veces antes de decidirse por los marines y recorrer mundo a bordo de una fragata. 


2. “La noche es nuestra” comienza con una escena subida de tono en la que Joaquin Phoenix se magrea con Eva Mendes recostada en un sofá.  Como es la primera escena de la película, aún no sabemos que Joaquin Phoenix va a interpretar a Caín, el hijo atravesado de Adán. Mientras Caín se acuesta con Eva Mendes y se pone hasta las cejas de farlopa en el night club que él mismo dirige, su hermano, Abel, se juega la vida combatiendo las mismas redes del narcotráfico que surten a su hermano de mandanga. El drama bíblico está servido: el deber contra el cachondeo; la familia contra la serpiente. 

Para Caín, ayudar a su familia significará abandonar esa vida divina -o diabólica- en la que Eva Mendes se pirra por sus huesos y le dice que le quiere. Si ya es difícil conseguir una mujer así, imagínate tener que renunciar a ella. Mucho más difícil todavía. Y además para nada, para emprender una guerra que todos saben perdida de antemano contra los narcos. ¿Ganar unas cuantas batallas compensa el desgarro de ser expulsado del Paraíso?





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