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La cena

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La Guerra Civil la perdimos todos. Por eso, en “La cena”, unos fusilan y otros son fusilados. Por eso unos temen por su vida mientras otros temen por su digestión. Papeles intercambiables. Ahora te pego un tiro y luego, cuando resucites, me lo pegas tú. Verás qué divertido, hermano. Choca esos cinco. 

La posguerra -que no nos engañen los rojos- fue más o menos así: un empate técnico. Un armisticio amistoso. Un juego sin vencedores ni vencidos, solo ruina compartida. Y risas a gogó. Los rojos lo tergiversan todo y Pérez Reverte tiene que salir a defender la verdad histórica junto a un puñado de falangistas. Un hermanamiento de la hostia -a ver si queda claro- fue aquello de la posguerra. Franco en El Pardo y Machado en su tumba. Dos destinos equivalentes. Dos soluciones habitacionales para un sufrimiento similar.

En “La cena”, los presos sirven las viandas y los carceleros se las comen porque a estos hermanos les hemos pillado en martes y no en jueves, cuando todo sucede justamente al revés. Mira que son cenizos, e inoportunos, esos titiriteros paniguados, esos cineastas contumaces. De hecho, Atresmedia, asesorada por Pérez Reverte, ya está preparando un remake de “La cena” donde es Franco quien prepara la sopa y los presos republicanos -que ya no son presos, sino compañeros de parranda- quienes se sientan a la mesa. La orquesta toca el himno de Riego y el vodevil de los cuernos se produce entre homosexuales agasajados. Se titulará “La reconciliación” y vendrán los altos cargos del PPVOX al día de su estreno.

Al mismo tiempo, en Canal Red, y asesorados por David Uclés -que sostiene que la Guerra Civil la perdieron las mujeres- están preparando un remake donde sólo se fusilan presas republicanas y sus compañeros de reclusión disfrutan de privilegios patriarcales.





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Las delicias del jardín

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La última vez que estuve en el Museo del Prado quise pararme con tiempo ante “El jardín de las delicias”. Siempre empiezo con las Pinturas Negras de Goya y allí me pierdo y me abismo en pensamientos. Pero esa vez me dije: no, vamos a diversificar la mirada. A ampliar el espectro. A estirar la antena de mi boina. 

Pero cuando llegué ante el cuadro me fue imposible meter la cabeza. Los grupos de japoneses -¿o eran chinos?- son el impedimento más moderno que se ha inventado para acceder a la cultura. “El jardín de las delicias” hay que mirarlo de cerca, con detalle, porque todo en él es detalle y no merecía la pena contemplarlo a metros de distancia. Dentro del cuadro hay muchos Wallys desnudos, muchos pecadores de la pradera enredando por las esquinas. 

Había olvidado por completo aquel empeño cultural hasta que esta noche, viendo “Las delicias del jardín”, mencionaron el cuadro como fuente de inspiración para ese pintor ficticio que encarna Fernando Colomo: un fistro que quiere plasmar en un tríptico los pecados modernos asociados al capitalismo -la avaricia, el fascismo, el postureo-,  dejando de lado la lujuria porque la lujuria, en el siglo XXI, ya ni siquiera es pecado para los curas. 

Pero su personaje tiene una mano boba, y una inspiración ya marchitada, y no tendrá más remedio que confiarle la obra a su hijo descarriado: un pintor demasiado fumado que además adora a Javier Milei y cree que el capitalismo ha venido a salvarnos de la barbarie. Así que “Las delicias del jardín” tendrá que ser replanteado una y diez veces en esta nueva ocurrencia de Fernando Colomo como director. 

Hacía diez años que Colomo no rodaba nada decente desde “Isla Bonita”. Y es una pena, la verdad, porque Colomo fue un referente en los tiempos insubordinados. Uno de los nuestros. El otro día, in ir más lejos, me puse a canturrear “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” por el pasillo del colegio. Puro Burning. Puro Colomo. Acababa de cruzarme con una compañera que no pertenece a este jardín errático y errado que el Bosco hubiera retratado como nadie. 







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¿Qué fue de Jorge Sanz? 5 años después

🌟🌟🌟🌟

A no ser que te toque la lotería o que te asalte una enfermedad incapacitante, cinco años no te cambian la vida ni el talante. Algunos dirán que cinco años son tiempo suficiente para encontrar el amor verdadero o reconciliarte con Jesús nuestro Señor. Incluso para viajar a la India y conocerse a uno mismo mirándose en el Ganges. Pero a partir de ciertas edades los espíritus, como las venas, se esclerotizan  y se vuelven inflexibles para el cambio.

Hace cinco años, por ejemplo, yo estaba más o menos como ahora: el trabajo, el perrete, la cinefilia, el snooker cuando toca y el fútbol los domingos y fiestas de guardar. Los amigos de siempre y el hijo por encauzar. Existe el Dia de la Marmota y también el Año de la Marmota.

Eso sí: estos cinco años han teñido de blanco tres cuartos de mi cabellera, y me han dejado tres puntos de dolor de esos que crujen al levantarse y ya nunca se recuperan. Son las abolladuras de la vieja carrocería. Pero por dentro todo está más o menos igual: los órganos y el madridismo, y la misantropía, y el desencanto continuo con la izquierda. Quizá me he vuelto un poco más maniático, lo reconozco, pero son las mismas manías de siempre y además he comprobado que le pasa igual a todo el mundo.

Cinco años tampoco le cambiaron la vida a este Jorge Sanz que es un poco el Jorge de Schrödinger, medio real y medio ficticio, en dos estados superpuestos de la existencia. En esta segunda parte de su Quijote de los Madriles, Jorge sigue en decadencia artística pero en plena forma sexual, porque las titis nunca le faltan al muy suertudo: unas por famoso, otras por medio guapo y otras porque vive en un ecosistema muy favorable al folleteo. Le ponía yo en mi entorno laboral, a ver qué rascaba el muy galán...

La gracia de esta segunda temporada es precisamente ésa: que nada ha cambiado, ni Jorge Sanz ni la caterva que le rodea. Se les ve a todos un poco más gordos, eso sí, un poco más dejados, pero con la misma mala pata de bobos entrañables. Yo soy de los que niega el cambio al estilo de Parménides y siempre me río mucho con lo invariable.




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¿Qué fue de Jorge Sanz?

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La serie que nunca se estrenará en Movistar +, ni en ninguna otra plataforma de la tele, se titula “¿Qué fue de Augusto Faroni?”. Porque yo, a mi modo, también fui un niño prodigio: de las tareas escolares, y hasta que otros me superaron, pero un niño prodigio, famoso en los entornos familiares y en las tiendas del barrio porque mi madre, cuando otras se ponían alabanciosas con sus hijos, decía que yo sería ministro en Madrid y que me iban a llevar en coche oficial los chóferes con gorra de plato.  

Mientras Jorge Sanz ganaba la fama internacional por actuar en “Conan, el bárbaro”, y la adoración nacional por hacer de niño enamorado en “Valentina” -aunque ya con 13 años y seguramente con erecciones en la bragueta- yo, en los Maristas de León, era el niño mimado de las maestras externas y de los curas residentes: un alumno repelente que clavaba la lectura de los textos, la ortografía de los dictados, la suma de las fracciones, la ubicación de los afluentes y la fecha exacta de las conquistas imperiales. 

Antes de que surgieran de la nada otros alumnos igual de asquerosos como yo -como aquel Carlos Calleja de mis pesadillas- yo era el alumno modelo que recibía parabienes en público y sobresalientes en los boletines. Y collejas, la hostia de ellas, cuando jugábamos en el patio.

Ahora que todos los niños ya nacen superdotados -porque si nace tonto también se le presupone una inteligencia oculta bajo la superficie- tengo que decir que yo, en los tiempos en que la superdotación era una rareza psicológica, fui tomado por un portento hasta que la realidad demostró todo lo contrario. En “¿Qué fue de Augusto Faroni?” me reiría de todo aquello, de mis torpezas de adulto y de mis tontunas de engreído, como hace Jorge Sanz en su serie intachable y divertidísima. 

En la serie saldría, no sé, en mi vida diaria, aburriéndome con Vargas Llosa, o equivocándome en un cálculo sencillo, o encogiéndome de hombros cuando me piden que señale Antequera en un mapa... Cosas así, de ex niño prodigio venido a menos. O a mucho menos.




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La buena estrella

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No hace mucho tiempo que nuestra querida Pam, la secretaria de Estado de Igualdad -la mujer que posee la colección de pollas disecadas más extensa de la Península- se escandalizaba porque en una encuesta que analizaba el bienestar sexual de “les españoles”, un 80% de las mujeres todavía prefería el contacto con un varón para alcanzar el orgasmo, en detrimento de otras prácticas según ella más liberalizantes y empoderadoras, como la masturbación íntima o el contacto mutuo femenino. 

Para Pam, el hombre ya sólo existe para hacer desgraciadas a las mujeres, matar a las arañas peludas y abrir los botes de conservas, y cualquier otro uso le parece un atavismo que habría que erradicar por la vía de la educación, y si no, por la vía de la ley. Pam, por supuesto, es una fanática, una analfabeta funcional, una de las mujeres que ha conseguido que los viejos bolcheviques antaño ilusionados con Podemos ahora busquemos otras alternativas “sumariales” más respetuosas con el medio ambiente.

Hablo de Pam porque me divierte imaginármela viendo “La buena estrella” y descubriendo que la protagonista -esa australopiteca fascista de Maribel Verdú, según ella-  no solo prefiere el coito con un varón, sino que prefiere el coito con DOS varones, aunque no de manera simultánea, eso también es verdad, porque Ricardo Franco era un director serio que nunca hizo pinitos en el mundo de la pornografía. Por el día, Maribel se acuesta con Resines porque él cuida de su hija y además es el dueño de la casa; y por la noche, porque Resines es impotente y no puede dejarla satisfecha, se acuesta con el macarra del barrio que hace tiempo le daba de hostias en plena calle, y al que tendría que haber rajado entonces sin miramientos. Y en eso, mira: yo estoy con Pam y con su pandilla de pandilleras. 

En eso, como en otras muchas cosas, “La buena estrella” es una película imposible de creer. No se puede querer a dos personas al mismo tiempo y además no se puede ser tan gilipollas como el personaje de Resines. Y, sin embargo, la película sigue funcionando. Yo creo que son los actores -y la actriz, sí, Pam- que hacen verosímil lo inconcebible.





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Sentimos las molestias

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Aún me quedan 20 años para llegar a estas ancianidades de “Sentimos las molestias”. Y eso con suerte... Pero no es lamento de previejo, o de quejica profesional: es una prevención estadística, nada más. Hay unas tablas, unas estadísticas, unas esperanzas de vida... Por otro lado estoy viendo la segunda temporada de “Frasier” y me siento mucho mejor que el doctor Crane con diez años de más: más lúcido, más en forma, más... Si hay una procesión del infortunio, ésta va por los adentros, recitando su letanía.

Pero aunque me falten dos décadas para estar como Resines y Rellán -la doble R del sonotone, de la Viagra, del hueso rechinante en cada levantarse del sofà- conviene ir haciendo una visita por esas edades para tomar conciencia del futuro. No es que uno no sepa, o que no tenga seres queridos, pero yo, las cosas, hasta que no me las explican en una ficción, es como si no terminara de creérmelas del todo. Si las personas cabales buscan certezas en la realidad, yo, atravesado de nacimiento, perdido para siempre en la otra dimensión, necesito que la pantalla del televisor me diga que sí, que en efecto, que las cosas son así. Que dentro de unos años me espera la pitopausia con todas sus complicaciones y también con todas sus simplicidades. Hay jodiendas que aparecen y jodiendas que, de pronto, se esfuman en el aire.

Digo esto porque a Resines y a Rellán les pasan muchas cosas en la serie -tontas y serias-, pero la mayor parte de sus tribulaciones provienen de aquel verso de Franco Battiato que últimamente repito mucho en los escritos:

“Y los deseos no envejecen

a pesar de la edad”.

A ellos también les pasa, y ahí se dan presos, como diría Rafael Azcona, que hablaba del alivio que le supuso la pérdida del deseo. El tiempo que se ahorraba, y las energías que reconcentraba. Maneras de verlo. Dentro de 20 años ya emitiré una opinión.





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Ópera prima

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Se titula “Ópera prima” porque es la primera película que dirigió Fernando Trueba. Y, también, porque cuenta la historia de un hombre llamado Matías que encontró a su prima en la salida de Ópera, en el metro de Madrid. La casualidad.

Corre el año 1979 y las relaciones entre primos todavía no están bien vistas en democracia. Son tiempos oscuros que ya ven la luz del sol, pero todavía quedan zonas en penumbra. Matías y Violeta no son creyentes, pero por si acaso, para no dar lugar a habladurías, deciden encerrarse en la buhardilla donde ella vive para ver pasar la vida desde un edredón. De todos modos, si no lo han entendido mal, lo que es pecado mortal es casarse y procrear, a no ser que le pidas una dispensa al Papa. Pero follar, como ellos follan, con toda la inocencia del mundo, y además con una inocencia enamorada, no es más que un pecado venial por ser una relación extramatrimonial. Y de esas hay muchas por ahí.

Mientras que abajo, en Madrid, van germinando la movida musical y la movida socialista, ellos, en la buhardilla, encerrados bajo siete llaves a no ser que haya que trabajar, o que bajar al supermercado, viven la movida del amor, que es siempre la misma desde que el mundo es mundo. En un momento determinado, Matías le confiesa a su amigo que está viviendo la felicidad absoluta. Se lo dice por teléfono, desde la cama, con Violeta a su lado, desnuda y dormida. “Si la felicidad no es esto, no sé qué es...” Y yo estoy con Matías: la felicidad es poco más que eso: la buhardilla, y la mujer amada, y el deber que no llama, como cantaba Javier Krahe. Lo demás es superfluo, engañifa, mercancía de embaucadores.

“Ópera prima” no estaba prevista en mi programación. No quedaba ni un hueco en mi agenda de chotado. Pero ayer, en el Caralibro, un amigo puso un pasaje descacharrante de Óscar Ladoire arremetiendo contra tirios y troyanos alrededor de una mesa de comedor. Su personaje de Matías es memoria sentimental. Envidia cochina de la palabra. Matías es demoledor, ocurrente, tierno y odioso.  Ahostiable en ocasiones. Un genio. Le adoro. Y tuve que ver la película completa, claro. Otra vez.



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El club del paro

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La gran suerte que yo he tenido en la vida -porque de las otras suertes casi siempre he ido con lo justo- es no haber estado nunca en el paro. Bueno, sí, una vez, recién salido de la Universidad, cuando me apunté con la única intención de engrosar las estadísticas y joder un poco la marrana. De sumarme simbólicamente al gran drama de los parados de verdad, los que tenían un hogar y una familia y vivían con la verdadera angustia que yo de momento no sentía, todavía en casa de mis padres, en la habitación del fondo, preparando las oposiciones que iban a salvarme de la incertidumbre.

Lo cierto es que este paréntesis de parado ficticio, o de parado solidario, no duró demasiado tiempo. Iba a decir que gracias a Dios, pero como no creo en Dios, sino en Billy Wilder, como dijo Fernando Trueba cuando recibió su Óscar, voy a decir que fue gracias a la Suerte, que es la verdadera diosa de los designios. Estudiar de nada nos vale, y el tesón... Conozco gente muy trabajadora que nunca terminó de asomar la cabeza, siempre derrotada en el último detalle, o en el estúpido revés. Vidas trágicas de verdad. Esta retórica del esfuerzo no es más que mierda de emprendedores, basura neoliberal. Propaganda de los tiempos modernos. Es la Suerte, estúpido, y lo demás, literatura de muleta.

Lo que a mí me separa, por ejemplo, de estos cuatro personajes que constituyen “El club del paro”, allá en su bareto de la barriada, es que el día de mi examen de oposición dormí bien, me respetaron los nervios, salió un tema que dominaba, no trastabillé al recitarlo, me salió este vozarrón de autoconvencimiento que solo esconde una timidez patológica y unas ganas locas de escapar. Coincidió que le caí en gracia al tribunal y que los demás, mis rivales, patinaron en un tema que tenía sus aristas y sus trampas. Demasiadas casualidades que ese día, para mi bien, se alinearon como planetas propicios. Como dioses complacidos con mi presencia y con mi estampa, vaya usted a saber la razón.





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La línea del cielo

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Muchos años antes de que Scarlett Johansson y Bill Murray se perdieran en la traducción del japonés, Gustavo Resines ya se perdió sin remedio en la traducción del inglés. Él, como ellos, también se quedó extraviado en la traducción de sus propios sentimientos, y desamparado en tierra extraña. Y perplejo, muy perplejo, ante su propia estupidez. Quizá por eso siempre me ha gustado tanto esta película, porque yo me identifico mucho con el personaje, con su cara de panoli, también incapaz para los idiomas, y torpe para el amor, y merluzo para el arte, y gilipollas para la vida en general.

Gustavo, en la película, es un fotógrafo de éxito que trata de conquistar la línea del cielo al otro lado del Atlántico, vendiendo su trabajo para la revista Life. El primer día que aterriza en Nueva York, la visión del skyline le llena de optimismo y le dibuja una sonrisa: allí arriba, en la terraza, sólo tiene que estirar el brazo para tocar las nubes algodonadas y sonrosadas que se enredan, juguetonas, justo por encima de las Torres Gemelas. Gustavo, además, ha venido a Nueva York a ligar, porque le han dicho -o lo ha deducido por las películas- que las americanas son más liberales, y están más predispuestas a meterse en la cama con un veinteañero que ya sufre la emigración del cabello hacia su bigote. Pero su entusiasmo se diluirá en apenas unas semanas: sus fotografías no despiertan gran entusiasmo en el mundo anglosajón; la única mujer que le hace caso es otra española exiliada, también perdida en sus propias avenidas; y lo de aprender inglés se convierte en una tortura diaria, y absurda, en la que cada vez entiende menos diálogos, y no más.

Quizá por eso, también, me siento muy identificado con su personaje, porque su generación, como la mía, aprendió un inglés de chichinabo, torrefacto, tan sucedáneo y bajo en calorías, que cuarenta años después de versiones subtituladas todavía no hay manera de entender un carajo, cuando los actores aceleran el verbo. Más que una tara, ya es un complejo, una autosugestión. Quizá una psicosomatización de aquellas clases de inglés en el colegio.  Y sin el inglés, hoy en día, como sucedía en 1983, es imposible tocar el cielo: ligar en la playa con una mujer extranjera queda descartado; emigrar a los países civilizados, también; y disfrutar del buen cine sin tener que leer los rotulicos, una tarea imposible.




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El vuelo de la paloma

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Cuánto nos reíamos, en los años ochenta, de los fachas... En las películas españolas los ridiculizaban  como espantajos risibles del pasado. Y nosotros aplaudíamos felices y liberados. Qué tontos fuimos.

    Termino de ver El vuelo de la paloma, comedia entrañable del dúo García Sánchez y Azcona, y una insidiosa melancolía se instala en mi ánimo. Aquí se ríen de un fascistilla que regenta la Asociación de Amigos del Tirol, y que se pasa todo el día asomado al balcón, lanzando proclamas, exhibiendo banderas, riñendo a los artistas porque ya no ruedan películas como las de antes, como Raza, o ¡A mí la legión!, o Los últimos de Filipinas... Cuánta risa nos daban entonces los fachas, sí. Cuando de jóvenes íbamos al cine pensábamos que estos tipos ya eran toro pasado, carne de carcajeo, fantasmones sin susto. Pensábamos que España era un país definitivamente moderno, liberal, europeo. Eran los años de la movida, del revolcón, de los armarios abiertos. Los socialistas siempre ganaban las elecciones. Chanchullaban, mentían, traicionaban los principios, pero también construían hospitales, y escuelas, y repartían condones entre los jóvenes, aunque muchos no llegáramos ni a estrenarlos, perdedores eternos en la ideología ancestral de las mujeres guapas.

    En los años ochenta pensábamos que todo el monte era orégano. Qué poco sabíamos.... Sólo cuatro años después de estrenarse El vuelo de la paloma, un admirador de los viejos tiempos, con mostacho falangista y cara de mala hostia, gobernaba este país con una máscara de sonrisa falsa que te helaba la sangre. Luego se le subió la megalomanía hasta el bigote, y envuelto en banderas y en himnos militares nos llevó al borde del abismo moral. Desaparecido del panorama, creímos que su presencia sólo había un mal sueño, la psicosis colectiva de un puñado de votantes engañados. Y alegres y triunfantes volvimos a reírnos de los fachas, de los derechistas carpetovetónicos, de los pijos de Nuevas Generaciones. De las rubias con mechas que sabían perfectamente cuanto costaba un bolso de Loewe y no tenían ni puta idea de lo que costaba un kilo de tomates. Cuánto nos volvimos a reír de ellos, sí.

     Y de repente, en una cascada vertiginosa de acontecimientos que todavía no hemos acertado a digerir, unos fulanos dejan de pagar sus hipotecas en Estados Unidos y por arte de magia los tenemos otra vez aquí, aprovechando la ruina y la depresión, a los nietos de los fachas, a los hijos de los fachorros, trajeados, engominados, melifluos, riéndose ahora de nosotros: de los progres, de los rojos, de los perdedores de la historia, de los tontainas del buen corazón, de los ignorantes de la vida.





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