La vida alegre
Landa
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Los chavales de ahora ya no saben quién es, pero Alfredo Landa llegó a ser tan famoso que dio nombre a todo un género cinematográfico: el landismo. Recuerdo que había una pregunta en el Trivial Pursuit que hacía referencia a ese hito cinematográfico. Un hito vilipendiado por la Inquisición y cuestionado por los pecadores. Habría que vernos ahora, a los guarretes, explicando aquello de las suecas a los chavales que ya hablan inglés y viajan por Europa.
No recuerdo cuál fue la primera película de Alfredo Landa que vi, pero apostaría veinticinco pesetas a que la vi un domingo de agosto, en uno de aquellos autocares que nos llevaban a la playa. En aquellos tiempos, desde León, por el puerto Pajares, tardábamos dos horas en llegar a Gijón. Casi tres si visitábamos las playas de Villaviciosa o de Salinas. Y todo eso, sumando el viaje de vuelta, convertía el autocar en un cineclub en el que daba tiempo a ver tres películas de esas que ahora ponen en FlixOlé: muy casposas, y criticables, pero la mar de divertidas. Tan incorrectamente políticas que dan ganas de reivindicarlas aunque sólo sea por joder. Por quebrar esa superioridad moral que lucen algunos entrevistados en el documental. Esos fulanos, y esas zutanas, que nos señalan lo obvio como si fuéramos idiotas o fascistas.
En la Escuela de Jóvenes Cinéfilos de León -la añorada EJCL- tuve una época muy entregada a Alfredo Landa: “Los santos inocentes”, “La Vaquilla”, “El bosque animado”... La verdad es que el tío lo planchaba. Pero luego se juntó con José Luis Garci -el Riefenstahl de José Mari- y empezó a rodar un truño tras otro hasta hacernos vomitar. Soporté unas cuantas películas del Nuevo Landismo hasta que decidí retirar su nombre del santoral. Y ahora, ya ves: me ha dado un poco de pena... Así que valga este documental como pipa de la paz. Por Manitú, y por los viejos tiempos.
La cena
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La Guerra Civil la perdimos todos. Por eso, en “La cena”, unos fusilan y otros son fusilados. Por eso unos temen por su vida mientras otros temen por su digestión. Papeles intercambiables. Ahora te pego un tiro y luego, cuando resucites, me lo pegas tú. Verás qué divertido, hermano. Choca esos cinco.
La posguerra -que no nos engañen los rojos- fue más o menos así: un empate técnico. Un armisticio amistoso. Un juego sin vencedores ni vencidos, solo ruina compartida. Y risas a gogó. Los rojos lo tergiversan todo y Pérez Reverte tiene que salir a defender la verdad histórica junto a un puñado de falangistas. Un hermanamiento de la hostia -a ver si queda claro- fue aquello de la posguerra. Franco en El Pardo y Machado en su tumba. Dos destinos equivalentes. Dos soluciones habitacionales para un sufrimiento similar.
En “La cena”, los presos sirven las viandas y los carceleros se las comen porque a estos hermanos les hemos pillado en martes y no en jueves, cuando todo sucede justamente al revés. Mira que son cenizos, e inoportunos, esos titiriteros paniguados, esos cineastas contumaces. De hecho, Atresmedia, asesorada por Pérez Reverte, ya está preparando un remake de “La cena” donde es Franco quien prepara la sopa y los presos republicanos -que ya no son presos, sino compañeros de parranda- quienes se sientan a la mesa. La orquesta toca el himno de Riego y el vodevil de los cuernos se produce entre homosexuales agasajados. Se titulará “La reconciliación” y vendrán los altos cargos del PPVOX al día de su estreno.
Al mismo tiempo, en Canal Red, y asesorados por David Uclés -que sostiene que la Guerra Civil la perdieron las mujeres- están preparando un remake donde sólo se fusilan presas republicanas y sus compañeros de reclusión disfrutan de privilegios patriarcales.
Las delicias del jardín
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La última vez que estuve en el Museo del Prado quise pararme con tiempo ante “El jardín de las delicias”. Siempre empiezo con las Pinturas Negras de Goya y allí me pierdo y me abismo en pensamientos. Pero esa vez me dije: no, vamos a diversificar la mirada. A ampliar el espectro. A estirar la antena de mi boina.
Pero cuando llegué ante el cuadro me fue imposible meter la cabeza. Los grupos de japoneses -¿o eran chinos?- son el impedimento más moderno que se ha inventado para acceder a la cultura. “El jardín de las delicias” hay que mirarlo de cerca, con detalle, porque todo en él es detalle y no merecía la pena contemplarlo a metros de distancia. Dentro del cuadro hay muchos Wallys desnudos, muchos pecadores de la pradera enredando por las esquinas.
Había olvidado por completo aquel empeño cultural hasta que esta noche, viendo “Las delicias del jardín”, mencionaron el cuadro como fuente de inspiración para ese pintor ficticio que encarna Fernando Colomo: un fistro que quiere plasmar en un tríptico los pecados modernos asociados al capitalismo -la avaricia, el fascismo, el postureo-, dejando de lado la lujuria porque la lujuria, en el siglo XXI, ya ni siquiera es pecado para los curas.
Pero su personaje tiene una mano boba, y una inspiración ya marchitada, y no tendrá más remedio que confiarle la obra a su hijo descarriado: un pintor demasiado fumado que además adora a Javier Milei y cree que el capitalismo ha venido a salvarnos de la barbarie. Así que “Las delicias del jardín” tendrá que ser replanteado una y diez veces en esta nueva ocurrencia de Fernando Colomo como director.
Hacía diez años que Colomo no rodaba nada decente desde “Isla Bonita”. Y es una pena, la verdad, porque Colomo fue un referente en los tiempos insubordinados. Uno de los nuestros. El otro día, in ir más lejos, me puse a canturrear “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” por el pasillo del colegio. Puro Burning. Puro Colomo. Acababa de cruzarme con una compañera que no pertenece a este jardín errático y errado que el Bosco hubiera retratado como nadie.
¿Qué fue de Jorge Sanz? 5 años después
A no ser que te toque la lotería o que te asalte una
enfermedad incapacitante, cinco años no te cambian la vida ni el talante.
Algunos dirán que cinco años son tiempo suficiente para encontrar el amor
verdadero o reconciliarte con Jesús nuestro Señor. Incluso para viajar a la
India y conocerse a uno mismo mirándose en el Ganges. Pero a partir de ciertas
edades los espíritus, como las venas, se esclerotizan y se vuelven inflexibles para el cambio.
Hace cinco años, por ejemplo, yo estaba más o menos
como ahora: el trabajo, el perrete, la cinefilia, el snooker cuando toca y el
fútbol los domingos y fiestas de guardar. Los amigos de siempre y el hijo por
encauzar. Existe el Dia de la Marmota y también el Año de la Marmota.
Eso sí: estos cinco años han teñido de blanco tres
cuartos de mi cabellera, y me han dejado tres puntos de dolor de esos que
crujen al levantarse y ya nunca se recuperan. Son las abolladuras de la vieja
carrocería. Pero por dentro todo está más o menos igual: los órganos y el
madridismo, y la misantropía, y el desencanto continuo con la izquierda. Quizá
me he vuelto un poco más maniático, lo reconozco, pero son las mismas manías de
siempre y además he comprobado que le pasa igual a todo el mundo.
Cinco años tampoco le cambiaron la vida a este Jorge
Sanz que es un poco el Jorge de Schrödinger, medio real y medio ficticio, en
dos estados superpuestos de la existencia. En esta segunda parte de su Quijote
de los Madriles, Jorge sigue en decadencia artística pero en plena forma
sexual, porque las titis nunca le faltan al muy suertudo: unas por famoso,
otras por medio guapo y otras porque vive en un ecosistema muy favorable al
folleteo. Le ponía yo en mi entorno laboral, a ver qué rascaba el muy galán...
La gracia de esta segunda temporada es precisamente
ésa: que nada ha cambiado, ni Jorge Sanz ni la caterva que le rodea. Se les ve
a todos un poco más gordos, eso sí, un poco más dejados, pero con la misma mala
pata de bobos entrañables. Yo soy de los que niega el cambio al estilo de
Parménides y siempre me río mucho con lo invariable.
¿Qué fue de Jorge Sanz?
La buena estrella
🌟🌟🌟🌟
No hace mucho tiempo que nuestra querida Pam, la secretaria de Estado de Igualdad -la mujer que posee la colección de pollas disecadas más extensa de la Península- se escandalizaba porque en una encuesta que analizaba el bienestar sexual de “les españoles”, un 80% de las mujeres todavía prefería el contacto con un varón para alcanzar el orgasmo, en detrimento de otras prácticas según ella más liberalizantes y empoderadoras, como la masturbación íntima o el contacto mutuo femenino.
Para Pam, el hombre ya sólo existe para hacer desgraciadas a las mujeres, matar a las arañas peludas y abrir los botes de conservas, y cualquier otro uso le parece un atavismo que habría que erradicar por la vía de la educación, y si no, por la vía de la ley. Pam, por supuesto, es una fanática, una analfabeta funcional, una de las mujeres que ha conseguido que los viejos bolcheviques antaño ilusionados con Podemos ahora busquemos otras alternativas “sumariales” más respetuosas con el medio ambiente.
Hablo de Pam porque me divierte imaginármela viendo “La buena estrella” y descubriendo que la protagonista -esa australopiteca fascista de Maribel Verdú, según ella- no solo prefiere el coito con un varón, sino que prefiere el coito con DOS varones, aunque no de manera simultánea, eso también es verdad, porque Ricardo Franco era un director serio que nunca hizo pinitos en el mundo de la pornografía. Por el día, Maribel se acuesta con Resines porque él cuida de su hija y además es el dueño de la casa; y por la noche, porque Resines es impotente y no puede dejarla satisfecha, se acuesta con el macarra del barrio que hace tiempo le daba de hostias en plena calle, y al que tendría que haber rajado entonces sin miramientos. Y en eso, mira: yo estoy con Pam y con su pandilla de pandilleras.
En eso, como en otras muchas cosas, “La buena estrella” es una película imposible de creer. No se puede querer a dos personas al mismo tiempo y además no se puede ser tan gilipollas como el personaje de Resines. Y, sin embargo, la película sigue funcionando. Yo creo que son los actores -y la actriz, sí, Pam- que hacen verosímil lo inconcebible.
Sentimos las molestias
🌟🌟🌟
Aún me quedan 20 años
para llegar a estas ancianidades de “Sentimos las molestias”. Y eso con
suerte... Pero no es lamento de previejo, o de quejica profesional: es una
prevención estadística, nada más. Hay unas tablas, unas estadísticas, unas
esperanzas de vida... Por otro lado estoy viendo la segunda temporada de “Frasier”
y me siento mucho mejor que el doctor Crane con diez años de más: más lúcido,
más en forma, más... Si hay una procesión del infortunio, ésta va por los
adentros, recitando su letanía.
Pero aunque me falten dos
décadas para estar como Resines y Rellán -la doble R del sonotone, de la Viagra,
del hueso rechinante en cada levantarse del sofà- conviene ir haciendo una
visita por esas edades para tomar conciencia del futuro. No es que uno no sepa,
o que no tenga seres queridos, pero yo, las cosas, hasta que no me las explican
en una ficción, es como si no terminara de creérmelas del todo. Si las personas
cabales buscan certezas en la realidad, yo, atravesado de nacimiento, perdido
para siempre en la otra dimensión, necesito que la pantalla del televisor me diga
que sí, que en efecto, que las cosas son así. Que dentro de unos años me espera
la pitopausia con todas sus complicaciones y también con todas sus
simplicidades. Hay jodiendas que aparecen y jodiendas que, de pronto, se
esfuman en el aire.
Digo esto porque a Resines
y a Rellán les pasan muchas cosas en la serie -tontas y serias-, pero la mayor
parte de sus tribulaciones provienen de aquel verso de Franco Battiato que últimamente
repito mucho en los escritos:
“Y los deseos no
envejecen
a pesar de la edad”.
A ellos también les pasa,
y ahí se dan presos, como diría Rafael Azcona, que hablaba del alivio que le supuso
la pérdida del deseo. El tiempo que se ahorraba, y las energías que reconcentraba.
Maneras de verlo. Dentro de 20 años ya emitiré una opinión.
Ópera prima
🌟🌟🌟🌟🌟
Se titula “Ópera prima” porque es la primera película que dirigió
Fernando Trueba. Y, también, porque cuenta la historia de un hombre llamado Matías
que encontró a su prima en la salida de Ópera, en el metro de Madrid. La casualidad.
Corre el año 1979 y las relaciones entre primos todavía no
están bien vistas en democracia. Son tiempos oscuros que ya ven la luz del sol,
pero todavía quedan zonas en penumbra. Matías y Violeta no son creyentes, pero
por si acaso, para no dar lugar a habladurías, deciden encerrarse en la buhardilla
donde ella vive para ver pasar la vida desde un edredón. De todos modos, si no
lo han entendido mal, lo que es pecado mortal es casarse y procrear, a no ser
que le pidas una dispensa al Papa. Pero follar, como ellos follan, con toda la
inocencia del mundo, y además con una inocencia enamorada, no es más que un
pecado venial por ser una relación extramatrimonial. Y de esas hay muchas por
ahí.
Mientras que abajo, en Madrid, van germinando la movida
musical y la movida socialista, ellos, en la buhardilla, encerrados bajo siete
llaves a no ser que haya que trabajar, o que bajar al supermercado, viven la
movida del amor, que es siempre la misma desde que el mundo es mundo. En un
momento determinado, Matías le confiesa a su amigo que está viviendo la
felicidad absoluta. Se lo dice por teléfono, desde la cama, con Violeta a su
lado, desnuda y dormida. “Si la felicidad no es esto, no sé qué es...” Y yo
estoy con Matías: la felicidad es poco más que eso: la buhardilla, y la mujer
amada, y el deber que no llama, como cantaba Javier Krahe. Lo demás es superfluo,
engañifa, mercancía de embaucadores.
“Ópera prima” no estaba prevista en mi programación. No quedaba
ni un hueco en mi agenda de chotado. Pero ayer, en el Caralibro, un amigo puso un
pasaje descacharrante de Óscar Ladoire arremetiendo contra tirios y troyanos
alrededor de una mesa de comedor. Su personaje de Matías es memoria
sentimental. Envidia cochina de la palabra. Matías es demoledor, ocurrente,
tierno y odioso. Ahostiable en ocasiones.
Un genio. Le adoro. Y tuve que ver la película completa, claro. Otra vez.
El club del paro
🌟🌟🌟
La gran suerte que yo he tenido en la vida -porque de las
otras suertes casi siempre he ido con lo justo- es no haber estado nunca en el
paro. Bueno, sí, una vez, recién salido de la Universidad, cuando me apunté con
la única intención de engrosar las estadísticas y joder un poco la marrana. De
sumarme simbólicamente al gran drama de los parados de verdad, los que tenían
un hogar y una familia y vivían con la verdadera angustia que yo de momento no sentía,
todavía en casa de mis padres, en la habitación del fondo, preparando las
oposiciones que iban a salvarme de la incertidumbre.
Lo cierto es que este paréntesis de parado ficticio, o de
parado solidario, no duró demasiado tiempo. Iba a decir que gracias a Dios,
pero como no creo en Dios, sino en Billy Wilder, como dijo Fernando Trueba
cuando recibió su Óscar, voy a decir que fue gracias a la Suerte, que es la
verdadera diosa de los designios. Estudiar de nada nos vale, y el tesón... Conozco
gente muy trabajadora que nunca terminó de asomar la cabeza, siempre derrotada en
el último detalle, o en el estúpido revés. Vidas trágicas de verdad. Esta retórica
del esfuerzo no es más que mierda de emprendedores, basura neoliberal. Propaganda
de los tiempos modernos. Es la Suerte, estúpido, y lo demás, literatura de
muleta.
Lo que a mí me separa, por ejemplo, de estos cuatro personajes
que constituyen “El club del paro”, allá en su bareto de la barriada, es que el
día de mi examen de oposición dormí bien, me respetaron los nervios, salió un
tema que dominaba, no trastabillé al recitarlo, me salió este vozarrón de
autoconvencimiento que solo esconde una timidez patológica y unas ganas locas
de escapar. Coincidió que le caí en gracia al tribunal y que los demás, mis rivales,
patinaron en un tema que tenía sus aristas y sus trampas. Demasiadas
casualidades que ese día, para mi bien, se alinearon como planetas propicios. Como
dioses complacidos con mi presencia y con mi estampa, vaya usted a saber la
razón.
El vuelo de la paloma
Cuánto nos reíamos, en los años ochenta, de los fachas... En las películas españolas los ridiculizaban como espantajos risibles del pasado. Y nosotros aplaudíamos felices y liberados. Qué tontos fuimos.






