🌟🌟🌟🌟🌟
La película que dejé para el final del verano, atenazado por la desidia, resultó ser la mejor de todas. La que quedará para siempre en mi memoria. Me sucede con cierta frecuencia y empiezo a preocuparme. Soy un cinéfilo muy poco socrático, que no se conoce a sí mismo como debiera.
Aunque la descargué en un acto voluntario, luego me pasé meses sorteando “Little Amélie” con otros estrenos, con series maratonianas, con alguna sesión de cine clásico que me escocía en la conciencia. Un auténtico desdén. Hace unos años, cuando Retoño era pequeño, el cine de animación no me producía tanta pereza. Estaba más atento a los estrenos y a las calificaciones, motivado por sentarme junto a él: por verle esos ojos abiertos como platos, como los ojos de Amélie. Y de paso, a veces, descubrir una maravilla reservada para adultos, codificada en nuestro lenguaje. Preparada para nuestra mirada ya menos asombrada, pero más sabia y reflexiva.
Me preguntaba, mientras veía a la pequeña Amélie dando tumbos por Japón, cuándo fue la última vez que yo puse los ojos así, desorbitados ante la belleza, o ante el enigma de la naturaleza (las mujeres de gran hermosura no cuentan para estos cálculos). En Noruega, quizá, el último verano, pero ya con la presbicia de la edad… Y además, en mi caso, con unos ojos negros que no pueden competir en fotogenia con unos ojazos verdes diseñados por el software.
Pero al final, mi retina, y mi nervio óptico, aunque menos espectaculares, funcionan de la misma manera que los demás. O funcionaban, cuando lo veía todo por primera vez y levantarse de la cama era casi como nacer cada mañana.

No hay comentarios:
Publicar un comentario