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Del mismo modo que otros, en verano, visitan el
pueblo de sus ancestros para beber hasta reventar y cantarle loas a la Virgen,
yo, que provengo del éxodo rural que lo vendió todo para emigrar, viajo en cada
canícula a la galaxia de Grogu y el Mandaloriano: la misma donde la familia Skywalker buscaba con denuedo el equilibrio de la Fuerza.
Desde que era niño, la galaxia de George Lucas siempre
ha sido mi destino vacacional. Allí tengo mi chalet en la costa y mi refugio en
las montañas. Mi casita rural en los planetas deshabitados. Mi Airbnb en el
espacio sideral. Primero hago un viaje por la Europa civilizada -que es, sin
exagerar, otra galaxia comparada con La Pedanía-, y luego, nada más aterrizar
en Barajas, y antes de coger el ALSA que me devuelve a la realidad, me subo en un
transbordador espacial que surca el hiperespacio camino de Mandalore, o de Tatooine,
según donde se desarrolle la última aventura. Aterrizo en un santiamén, echo
un vistazo, saludo a las viejas amistades y me vuelvo a esta
galaxia subdesarrollada donde me gano el sustento y veo el fútbol por
televisión.
En este último viaje he visto al Mandaloriano un poco decaído. Vulnerable, por primera vez. Y es que los años, aunque no sean años solares, pasan igual para todos. Allí son otras las estrellas, y otros los ecosistemas, pero la esperanza de vida para los humanos es más o menos parecida. La nuestra es una maldición genética que no conoce constelaciones.
Grogu, sin
embargo, que vivirá casi mil años, todavía es un bebé cósmico al que no termino
de entender. Los niños humanos cambian mucho cada año: crecen en centímetros,
se vuelven locuaces, dan mucho más por el culo... Pero Grogu, aunque mueva piedras cada vez más grandes, sigue siendo ese peluche desconcertante que lo mismo se
entera de todo que no se entera de nada, más pendiente de las chuches que de la
supervivencia de su estirpe.

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