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La araña negra (cortometraje)

🌟🌟🌟🌟


Lev Yashin, "la Araña Negra", fue aquel portero soviético que siempre iba vestido de negro y parecía haber nacido, al igual que los arácnidos, con cuatro brazos y cuatro piernas. En “Los lunes al sol” había un emigrante ruso, también despedido de los astilleros, que les contaba a Santa y compañía que los rivales pedían perdón a Yashin cada vez que le marcaban un gol, tal era su aura de cancerbero impenetrable.

Yashin, en mi recuerdo, cuando jugaba para la Unión Soviética, llevaba las letras CCCP estampadas en el pecho al igual que sus compañeros. (CCCP, por cierto, no significa Cucurrucú-Paloma como dicen los enemigos del pueblo, sino Союз Советских Социалистических Республик, que es un asunto mucho más serio). Pero ahora, desengañado por el cortometraje, y por más que busco imágenes en la IA, siempre encuentro a Yashin vestido de negro riguroso, sin letras, como de luto perpetuo por algún gol imperdonable y decisivo. 

(Supongo -porque si no le habrían traspasado al Siberia C. F. o al Lokomotiv de Morituri- que Yashin tenía permiso del comisario político para no llevar esas siglas cirílicas que predicaban las bondades del comunismo). 

La historia de “La araña negra”, el cortometraje, se non è vera è ben trovata, que diría un italiano. Sin embargo, no hace mucho, en la radio, le preguntaron a un periodista italiano por el origen de esta expresión y dijo que no la había escuchado jamás. Da igual... 

En Madrid, en 1964, la noche anterior a la final de la Eurocopa entre España y la CCCP, un comando de patriotas engaña a Yashin y se lo lleva de putas a un meublé muy limpio y distinguido. Una vez desfogado, y todavía abrazado a la mujer, varios fotógrafos conchabados irrumpen en la habitación. Lo siguiente que vemos, en una elipsis muy elegante, es el histórico gol de Marcelino en el NODO y el no menos histórico pasotismo de Yashin ante el cabezazo decisivo. La del cortometraje es una explicación tan válida como cualquier otra para aquel desinterés. 

No es por echarme flores, pero yo siempre sostuve que había algo muy raro en ese gol.





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Alatriste

🌟🌟🌟


En su biografía ficticia se dice que el capitán Alatriste nació en la provincia de León en 1582. No podía ser de otro modo: Diego Alatriste es un tipo alto, atractivo, noble y valiente donde los haya. El amigo más fiel de su amigos y el enemigo más encarnizado de los malvados. Un caballero con un gusto exquisito para las mujeres, además. Un hombre callado, y solemne, pero en el fondo un espíritu confiable y elevado. Un leonés de pura cepa. 

Es por eso que Viggo Mortensen, para preparar el personaje del capitán, recorrió de incógnito nuestras montañas para impregnarse del acento que allí pervive desde los tiempos del Siglo de Oro, o incluso de los anteriores. Y no sólo del acento, sino del acervo propio, porque en León hablamos un castellano mezclado con muchas palabras del asturleonés que aprendemos de chavales sin saber que pertenecen a otro idioma de los tiempos de la Reconquista.

No sé qué llevaría puesto Viggo Mortensen para que nadie le reconociera por los andurriales. Me lo imagino con el mostacho afeitado, y con lentillas de colores, y con un gorro de invierno para disimular la pelambrera. Así dicen que anduvo durante semanas, quedándose con nuestra idiosincrasia, hasta que en el bar de Valdeteja, allá por el Curueño, una chica reconoció en él a Aragorn, el hijo de Arathorn. La historia le he leído en internet y justo en este punto se vuelve más extraña que la ficción: que Aragorn se presente en tu villorrio para pedirte un café con leche es el primer síntoma de la locura o del abuso de sustancias. Pero la chica, al decir de las crónicas, muy convencida de su cordura, le espetó: 

- Tú eres el de “El señor de los anillos”, ¿no?

Poco después, Viggo Mortensen fue entrevistado por la prensa local y nombrado Hijo Predilecto de León. De vez en cuando todavía se deja caer por el bar de Valdeteja, a saludar a los parroquianos. Allí, en una pared, frente al brasero, pervive el testimonio fotográfico de que el capitán Alatriste anduvo entre los leoneses montaraces antes de enrolarse en los Tercios de Flandes.






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Cerrar los ojos

🌟🌟

Cosas que hice en los 162 minutos que duró “Cerrar los ojos”:

- Parar la película al cuarto de hora para ver los minutos finales del Real Madrid en la cancha  del ASVEL Villeurbanne. Al final, victoria blanca muy apretada. 

- Buscar mentalmente sinónimos de pedantería: cursilería, epatamiento, estomagamiento, pretenciosidad... (¿En qué cueva ha vivido Víctor Erice todos estos años para no saber cómo es el habla coloquial de la gente?)

- Responder a mis contrincantes del Apalabrados, que se me estaban subiendo a las barbas.

- Levantarme para ponerme una copita de vino blanco, a ver si así la película me entraba mejor por el gaznate.

- Parar otra vez la proyección para ver los minutos finales del Arsenal-West Ham de la Premier League. 0-2. Sorpresa mayúscula. Mi Liverpool vuelve a ser líder.

- Hacer memoria de la filmografía de Víctor Erice. “El espíritu de la colmena” era muy bonita; “El Sur”, una obra maestra; “El sol del membrillo”, una pose para culturetas. Creo que no había más, no sé.

- Cerrar los ojos durante diez segundos, no más.

- Quitarme un resto de roña interdigital en el pie derecho. 

- Comprobar en el Instagram que no ha bajado el número de mis seguidores. Virgencita, virgencita, que me quede como estoy.

- Imaginar, con envidia cochina, la vida sexual que ha llevado José Coronado a lo largo de su videa: un tipo que vive en mis antípodas mujeriles y que se ha quilado a todo lo quilable del panorama nacional y gran parte del internacional.

- Entrar, precisamente, nada, unos segundos, en Tinder, a ver si algún pez de río o de mar había picado el anzuelo. No ha habido suerte.

- Levantarme a por un yogur.

- Entrar, ya que andábamos, en el Facebook, a curiosear un par de giipolleces.

- Cerrar los ojos otra vez, pero solo veinte segundos, no más.

- Levantarme para ir a mear, pero no como un acto miccionante, sino más bien como una distracción del espíritu. Llevaba los cascos puestos para no perderme ripia de la trama.

-Atender los mensajes de Whatsapp de un amigo, que quería concertar una caminata para mañana.

- Cerrar los ojos, contar hasta sesenta, y comprobar que he clavado el minuto en mi reloj de pulsera.

- Cerrar los ojos.




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A puerta fría

🌟🌟🌟🌟

No me gustan los vendedores. Me dan miedo. Los de tienda, los de gran superficie, los de puerta a puerta... Me da igual. Ellos vienen muy preparados, dispuestos a liarte. Van a cursos de psicología, de cucología, de técnica de ventas, y cuando ven a un pardillo como yo se lanzan en picado como lechuzas sobre el ratoncillo. Desconfío de ellos como de cualquier otro depredador de la selva urbana. Van a lo suyo, y no a lo mío, porque el cliente nunca tiene la razón y se parece mucho a un pollo por desplumar. 

    Sin embargo, en las películas que los retratan, uno simpatiza con sus dramas personales, porque suelen ser tipos que mienten por necesidad, que necesitan un par de whiskies antes de enfrentarse a la comedia de la ganga y del compadreo. En aquella obra maestra que se titula Glengarry Glen Ross, los comerciales eran unos pelmazos peligrosos cuyo objetivo era endosarle al cliente una finca de escaso valor. El espectador, sin embargo, omnisciente desde su sofá, sabía que estos tipos vivían amenazados por el despido, despreciados por sus mujeres, alcoholizados y fumados hasta el  borde del infarto. Uno acababa compadeciéndoles, y deseándoles la mejor de las suertes, a costa de estafar a los pobres incautos que preguntaban por sus productos. Una simpatía difícil de explicar, pero ustedes ya me entienden.


            A puerta fría es una película española que ha pasado sin pena ni gloria por los adjetivos calificativos. La he descubierto gracias a que en ella trabaja Antonio Dechent, que es un actor por el que siento una estima especial, y al que investigo de vez en cuando, a ver en qué proyectos anda metido. En A puerta fría, Dechent es un vendedor como aquellos de Glengarry Glen Ross, cincuentón y amortizado, al que están a punto de despedir en la empresa porque anda desganado y no sabe ni papa de inglés. Sólo la venta de cien videocámaras a los minoristas le salvará de la quema, y de la sustitución por una joven promesa del negocio. El problema de las videocámaras es que siendo cojonudas son carísimas, y ningún comerciante las quiere en sus escaparates, por miedo a comérselas con patatas fritas pasados los meses. En los dos días que durará la feria comercial, Dechent bajará a los infiernos para hacer acopio de todas las triquiñuelas: mentirá, enredará, amenazará, corromperá... Y entre decisión y decisión, se meterá varios lingotazos de whisky en el bar del hotel, sopesando a los clientes, escuchando a los compañeros, preguntándose por el futuro incierto de esta perra vida que le tocó en suerte.




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Justi&Cia

🌟🌟🌟

Uno -que lleva dentro a un Che Guevara que jamás encontró el valor ni la oportunidad de tirarse al monte- agradece la mala hostia vengativa que van dejando Justi y su compinche Cia por la geografía española, como unos modernos Don Quijote y Sancho Panza a lomos de la Carboneta. Y además son de León, coño, o al menos trabajaban en las minas de León, antes de que la política energética y el latrocinio empresarial cerrara los negocios. Y uno, que es del terruño, y que simpatiza con su causa, lo pone todo de su parte desde el primer fotograma, que es una panorámica de la ciudad con la Pulchra Leonina recortada sobre el cielo. Que uno será ateo, coño, pero la Catedral es muy bonica, y de algo hay que presumir cuando se conversa con otros provincianos de la península.


       Justi&Cia es una película necesaria porque alguien tenía que poner en celuloide, o en digital, esta fantasía delictiva que otros sólo soñamos en lo más crudo de los telediarios, o en lo más encarnizado de las tertulias. Esto sí que es hacer justicia verdadera, y no paripé carcelario, con los corruptos que siempre escapan de rositas. Justi y Cia, con sus mordazas, sus cintas aislantes, sus pollas de goma, se encargan de sublimar nuestra agresividad durante un ratico después de comer, y eso sirve de terapia para nuestra buena salud de ciudadanos. 

    Pero Justi&Cia, con ser necesaria, no es suficiente. Como divertimento revolucionario te hace levantar el puño casi sin querer, como hacía a la inversa el doctor Strangelove, pero como película deja de interesar a la media hora. Demasiadas arritmias, demasiadas lagunas, demasiadas preguntas en el aire. Con otra película uno hubiera desistido del empeño, y se hubiera puesto a zapear por los canales deportivos, o a juguetear con el teléfono móvil. Pero Justi y Cia, que ya son los Batman y Robin de León, se merecían el apoyo moral de nuestra mirada. Y Álex Angulo, el homenaje.


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Smoking Room

🌟🌟🌟🌟🌟

Completo este miniciclo patrio sobre los ejecutivos con Smoking Room, película donde Eduard Fernández sienta magisterio sobre cómo es un español dando el coñazo a todas las putas horas, dale que dale, más allá de que tenga razón o no en su cruzada para que le habiliten una habitación donde poder fumar: la smoking room que no se le cae de la boca. Soberbia, la película; acojonante, Fernández; certerísimo, el revival de aquel Don Erre que erre que reclamaba al banco sus 257 pesetas, contantes y sonantes.

Me encuentro en Smoking Room, por tercera vez en tres días, con Juan Diego. Ha sido una sorpresa. No recordaba que saliera aquí, haciendo -cómo no- de directivo insidioso y malévolo. ¿Ha sido la casualidad? ¿O ha sido el inconsciente quien me ha llevado hasta él mientras yo pensaba que era el tema de los ejecutivos quien me servía de hilo conductor? ¿Qué diría Freud de todo esto? ¿Soy yo quien decido la película de la noche en  pleno uso de mis facultades mentales? ¿O es mi otro yo, el escondido entre las sombras, el que nunca da la cara, quien maneja los mecanismos ocultos de mi pretendida voluntad? ¿Quién ha ido construyendo, en realidad, compra a compra, grabación a grabación, esta filmoteca que tanto me alegra la vida y tanto me agobia al mismo tiempo? ¿Yo, que apenas sería la punta del iceberg de lo que sucede en mi cabeza? ¿O el otro, el subterráneo, el subacuático, el que dirige y gobierna la mayor parte de mis procesos?

También me reencuentro en Smoking Room, por primera vez en mucho tiempo, con ese fulano que siempre que lo veo me saca un aplauso, pero que tan poco se prodiga en las películas y en las series que a mí me gustan: Antonio Dechent. Ese monólogo que se marca aquí, en la azotea del edificio, contándole a Eduard Fernández sus desventuras laborales y matrimoniales mientras se fuman un pitillo, es de lo mejor que uno ha visto en años del cine español. “Lo que pasa es que… la escopeta la tengo en casa, y no puedo entrar… Anda, hombre, y que se vayan a tomar por el culo, joder…” 



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