Cosas que hacen que la vida valga la pena
Alatriste
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En su biografía ficticia se dice que el capitán Alatriste nació en la provincia de León en 1582. No podía ser de otro modo: Diego Alatriste es un tipo alto, atractivo, noble y valiente donde los haya. El amigo más fiel de su amigos y el enemigo más encarnizado de los malvados. Un caballero con un gusto exquisito para las mujeres, además. Un hombre callado, y solemne, pero en el fondo un espíritu confiable y elevado. Un leonés de pura cepa.
Es por eso que Viggo Mortensen, para preparar el personaje del capitán, recorrió de incógnito nuestras montañas para impregnarse del acento que allí pervive desde los tiempos del Siglo de Oro, o incluso de los anteriores. Y no sólo del acento, sino del acervo propio, porque en León hablamos un castellano mezclado con muchas palabras del asturleonés que aprendemos de chavales sin saber que pertenecen a otro idioma de los tiempos de la Reconquista.
No sé qué llevaría puesto Viggo Mortensen para que nadie le reconociera por los andurriales. Me lo imagino con el mostacho afeitado, y con lentillas de colores, y con un gorro de invierno para disimular la pelambrera. Así dicen que anduvo durante semanas, quedándose con nuestra idiosincrasia, hasta que en el bar de Valdeteja, allá por el Curueño, una chica reconoció en él a Aragorn, el hijo de Arathorn. La historia le he leído en internet y justo en este punto se vuelve más extraña que la ficción: que Aragorn se presente en tu villorrio para pedirte un café con leche es el primer síntoma de la locura o del abuso de sustancias. Pero la chica, al decir de las crónicas, muy convencida de su cordura, le espetó:
- Tú eres el de “El señor de los anillos”, ¿no?
Poco después, Viggo Mortensen fue entrevistado por la prensa local y nombrado Hijo Predilecto de León. De vez en cuando todavía se deja caer por el bar de Valdeteja, a saludar a los parroquianos. Allí, en una pared, frente al brasero, pervive el testimonio fotográfico de que el capitán Alatriste anduvo entre los leoneses montaraces antes de enrolarse en los Tercios de Flandes.
Anatomía de un instante
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A los militares, al final, les apaciguaron con dinero. Es una práctica muy eficaz que ya se usaba en tiempo de los romanos.
- ¿Cuánto cuesta tu patriotismo, tu españolía, tu huevada peluda dentro del calzoncillo? ¡Pues toma, como estos!
Así les dijeron desde el gobierno de la UCD -que apenas duró unos meses más tras el golpe de estado- y luego desde el gobierno de los socialistas, que ya eran ex socialistas por entonces y nos enteramos mucho después a fuerza de desengaños.
En el colegio teníamos un conocido que era hijo de un capitán y pasó de la noche a la mañana de ser un purrela como nosotros a ser un burgués alejado de nuestros gustos: de pronto ya vestía con mejores ropas, y jugaba al tenis en el cuartel, y veraneaba en un apartamento que les concedía el Ministerio de Defensa a orillas del Mediterráneo. Su padre era un bocazas fascista que no volvió a proclamar en público sus desavenencias con la democracia. La democracia era una cosa inventada por los rojos que sin embargo le había sonreído con una lluvia de billetes.
Así fue como terminó todo: con un soborno. Los militares se retiraron a sus cuarteles de invierno y prometieron no volver a sacar los tanques a pasear. Solamente –se sobreentendía- si el Partido Comunista ganaba las elecciones o si los catalanes se escindían de la patria. La propaganda oficial, sin embargo, nos decía que los militares se habían convertido, o reconvertido, que sólo quedaban cuatro fachas nostálgicos y cuatro tarados belicosos. ¡Ya hablan inglés!, nos decían, como si hablar inglés te curara las veleidades.
El golpe de Tejero ya parecía una cosa ridícula de beneméritos bigotudos hasta que un día los comunistas gobernaron en coalición y los catalanes amagaron con convertirse en europeos de verdad. De pronto se oyó otra vez el ruido de sables y los milicos pidieron más dinero para dejar de entrechocarlos. En los cuarteles, mira tú, brotaron los fachas como setas. Estaban ahí. Siempre estuvieron ahí, vigilándonos. La patria es suya y solamente nos la prestan. Con condiciones. No me lo invento yo: lo decían en sus wasaps.
Gente en sitios
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Gente en sitios... Eso es lo que somos: gente en sitios. Y poco más. El título vale para esta película y también para todas las demás. Incluso para la vida real, que también es gente en sitios. Hace un rato yo era gente que estaba en su sitio viendo la película. Y así todo.
Es un resumen de la vida en tres palabras misteriosas: gente en sitios... El devenir de los humanos y la madeja de los destinos. Está todo ahí. Y también la nada. La nada que somos. Despojada de adjetivos y de palabrerías, la vida es tan simple como eso: gente en sitios. Si prescindimos de la literatura y del arrebato, solo somos gente que pulula y luego descansa. O gentuza. Gente que nace y mata, que construye y destruye, que folla los sábados por la noche o reza los domingos por la mañana. Gente en sitios, públicos o privados, haciendo cosas o jodiendo la marrana. Produciendo o molestando. Desproduciendo.
Qué será, dentro de nada, esta pesada Navidad que ya se anuncia en los supermercados, sino gente en sitios, aunque casi toda desubicada y fuera de lugar, en casa de mamá o en casa del cuñado, contando las horas para volver al sitio propio, al hogar donde uno puede darse la razón y poner los cojones encima de su mesa.
Gente en sitios... Es una idea enigmática, pura, casi oriental. Un haiku uni-versal de los japoneses
“Gente en sitios”, la película, es una sucesión de sketches con gente rara sorprendida en lugares comunes. Como espectador a veces sonríes y a veces te rascas la cabeza, desubicado. Es difícil saber qué pretendía Juan Cavestany con esta sucesión de surrealismos chanantes. Pero te queda un poso, un provecho, un algo indefinido sobre lo estúpido e impredecible de la gente. Un desasosiego. Hay algo muy turbio en “Gente en sitios”. Una misantropía soterrada. Una advertencia del peligro que nos acecha en cada esquina. No salgas a la calle cuando hay gente, cantaban los Golpes Bajos.
Marco
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“¿Y quién no ha mentido alguna vez?”, dice Enrique Marco con la voz muy baja y la mirada perdida, cuando por fin reconoce que ni estuvo en el campo de concentración de Flossenbürg ni se le esperaba por allí. “Todos mentimos”, insiste, cuando al fin confiesa que todo su rollo de abuelo cebolleta contando que él también sufrió trabajos forzados y que vio las chimeneas terribles que funcionaban 24 horas al día, no era más que un producto de su ego necesitado de atención o de cariño.
Toda la película pivota sobre esa escena decisiva. Los espectadores ya sabemos que Enrique Marco era un impostor porque su caso salió mucho en los telediarios y fue un escándalo del copón. Lo que esperamos es ese momento de derrota para saber si hay que apiadarse del pobre diablo o llamarle hijo de puta haciendo coro con los verdaderos supervivientes. En esa escena decisiva, la película lo apuesta todo a la actuación de Eduard Fernández: de la inflexión de su voz o de su mirada de cordero degollado depende que entremos en el maniqueísmo del insulto o en el reino de los grises.
Yo, por mi parte, reconozco que en ese momento siento algo de pena por el personaje. Porque todo el mundo miente, como sostenía el doctor House, y Enrique Marco simplemente fue un campeón de la mentira. Mintió en algo muy sagrado y por eso se merece nuestro repudio. Lo que nos espanta es la gravedad de su pecado, no el pecado en sí mismo, puesto que todos somos pecadores y quebrantamos continuamente el octavo mandamiento. Que tire la primera piedra el que no viva dentro de una mentira sostenida en el tiempo. Enrique Marco fingió su victimismo como otros fingen su heroísmo cotidiano, su estirpe inventada, su rendimiento sexual, su nivel de inglés, su trabajo ímprobo, su entrega a la causa, su cultura inabarcable... No conozco a nadie que no se tire el rollo. Yo también lo hago. Son mecanismos evolutivos. Lo que pasa es que casi siempre nos quedamos en ínfulas veniales, en soberbias de barra de bar. Nada muy dañino o muy ofensivo en realidad. Mentirijillas de andar por casa. Lo de Enrique Marco mancilló a muchos héroes de verdad y además lo vimos todo por televisión.
El 47
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En La Pedanía no podemos quejarnos porque aquí llegan cuatro autobuses que nos unen con la civilización: el 2, el 5, el 6 y el 7. El servicio municipal llega justo hasta el número 7 y además hay una línea circular que recorre el perímetro de Ciudad Capital y que siempre transita vacía de viajeros. Son esos misterios de la administración competente, que lo mismo deniega líneas necesarias que pone otras donde nadie las pidió.
(Para llegar a tener un autobús con el número 47 estos territorios tendrían que multiplicar por siete su población, un objetivo utópico dado el cierre de las industrias y el tren de Mínima Velocidad que todavía nos une con la Meseta).
Los autobuses no llegan a La Pedanía porque aquí viva mucha gente, sino porque hace treinta años edificaron el Hospital Comarcal sobre una laguna donde vivían felices las ranas y las cigüeñas. Desconozco si antes de 1994 llegaban los autobuses municipales hasta aquí. Yo vine a vivir en el año 99 y me da pereza averiguarlo. Sea como sea, esto, desde luego, no es Torre Baró, con sus cuestas empinadas y su lejanía en la montaña, sino una planicie cortada a cuchillo por una línea recta y asfaltada. La logística, en el caso de La Pedanía, era prácticamente nula, pero tampoco creo que estas gentes hayan necesitado jamás el servicio municipal. No me imagino a ningún pedáneo autóctono secuestrando un autobús al grito de “¡A tomar por el culo!”.
Aquí todo el mundo siempre ha tenido un coche -e incluso dos- y una moto, y un tractor, y una furgoneta, y hasta un quad para el hijo que nació medio tonto, y jamás he visto a uno de mis vecinos -los oriundos, digo, los que hablan esa mezcla de gallego y castellano que es el idioma de la tierra- coger un autobús para hacer nada en la capital. Los usuarios de los autobuses -dejando aparte a los que vienen y van del Hospital– somos los charnegos del lugar, los chavales semiautónomos, las viudas que nunca aprendieron a conducir y los tolais que dejamos la bici aparcada en el invierno porque aquí ir en bici -ni siquiera para recorrer 5 kms. escasos – es jugarse el pellejo en cada rotonda y en cada adelantamiento de los Fitipaldis.
Perfectos desconocidos
Los renglones torcidos de Dios
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Recuerdo que la novela estuvo dando
vueltas por mi casa cuando yo era pequeño. Una edición del Círculo de Lectores que nos trajo su comercial. La leímos todos en orden jerárquico, como leones devorando a su presa: primero mi padre, que siempre dejaba los libros con manchas de nicotina
y pequeñas quemaduras de cigarrillo; luego mi madre, que leía las novelas a
ritmo de tortuga con sus dioptrías siempre jodiendo la marrana; y luego yo, que
recibía los libros de tercera mano, ya impregnados del olor de la casa y con
las páginas cruciales dobladas por la esquinas.
Por entonces todas las
familias teníamos “Los renglones torcidos de Dios” en la librería del salón. La
novela de los locos era el libro de moda. Un best-seller del copón. La gente de derechas la compraba porque don Torcuato
era un adepto y un garante del orden divino, y el resto, supongo, se dejaba llevar
por la publicidad. Luego no sé qué pasó que nuestro volumen se perdió: seguramente
se lo dejamos a alguien y luego no lo devolvió, como suele suceder. En mi opinión,
los que no devuelven los libros también son renglones torcidos de Dios.
Por fortuna, mi memoria
no guardaba ningún recuerdo de la novela, así que me enfrenté a la película
libre de prejuicios. Yo en realidad no quería verla porque me habían dicho que
si la veías, pues bien, y si no la veías, pues nada. Que daba un poco igual.
Por ver a Bárbara Lennie si acaso... Pero T. se quedó una noche en vela y la descubrió,
y le gustó, y me animó a verla para alimentar el debate cinéfilo y el intercambio de pareceres.
Y lo cierto es que la cosa iba bien al principio. No me gusta mucho Bárbara Lennie teñida de rubia, pero tampoco era cuestión de montar un pitote por eso. La intriga se sostiene y tal. A la media hora aparece Eduard Fernández haciendo de director del manicomio y piensas: “Bueno, esto mola...” El problema es que de pronto te viene a la memoria no la novela de don Torcuato, sino “Shutter Island”, la película de Scorsese, de la que “Los renglones...” es como una versión ibérica y ajamonada, y ya te coscas del final sin ser para nada un genio de la deducción. Era elemental, querido Watson,
En la ciudad
Una pistola en cada mano
Yo tuve un amigo que de
chaval, cuando veíamos el porno clandestino, se excitaba tanto que mientras se acariciaba el bulto del pantalón exclamaba, con un tono de chiste y de
gran drama personal a la vez: "¡Dios, quién pudiera tener dos
pollas...!" Como si la única que le fue otorgada por Yahvé no le bastara
para dar salida a tanto deseo. Como si le superara el número de mujeres que
veía en pantalla, o le sobrepasara la temperatura de una caldera interior que
necesitaba dos válvulas para aliviar tanta presión acumulada.
He recordado a mi amigo mientras veía “Una
pistola en cada mano”, que es el retrato de varios cuarentones que viven un
poco así, con dos pollas asomando por la bragueta. Una es la polla real, con la
que cometen sus infidelidades o santifican el lecho conyugal según como vengan
los aires del Mediterráneo. Y la otra es la polla virtual, con la que fantasean
sus peripecias en paralelo, proezas de machos que merecen un galardón del
folleteo.
Mi amigo de la adolescencia se hubiera alegrado de saber que los hombres -aunque sea de un modo metafórico- sí venimos al mundo con dos pollas disponibles. Y también con dos inteligencias, y con dos de casi todo, como decía Javier Bardem en “Huevos de oro”. La primera inteligencia es la práctica, que nos ayuda a ubicarnos en el mapa y nos permite hacer cálculos aritméticos. Y la segunda es la inteligencia emocional, esa que ni siquiera sabíamos que existía hasta que un buen día la descubrimos leyendo los suplementos del periódico. Por eso somos tan torpes con ella, y por eso las mujeres nos dan mil vueltas en su manejo. Ellas sabían de su existencia desde los tiempos de Maricastaña y no nos dijeron nada del asunto...
Es por eso que en el mundo real, como en el mundo de la película, los hombres siempre quedamos un poco ridículos cuando hablamos de sentimientos. Balbuceamos, dudamos, nos contradecimos. Se nos ve poco sueltos, poco cómodos, como si hiciéramos pinitos en un idioma desconocido. Pero últimamente lo estamos intentando, y nos esforzamos, y hay mujeres que eso lo valoran mucho. Toca perseverar.
Los últimos de Filipinas
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Está mal esto que ponen en la Wikipedia. Los últimos de Filipinas -o al menos lo que yo entiendo por Filipinas-
no fueron estos soldados del Baler, abandonados a su suerte por la burguesía
española, que siempre tuvo como lema: “Muerto el negocio, que se joda la
infantería. Porque los hijos de los pobres -y aquí hago un inciso revolucionario-
sólo servían para esto: para poner el pecho ante las balas, por Dios, y por
España, y por la larga vida de los Borbones, que ahí siguen, claro, nos ha
jodido, sin haber perdido jamás a nadie en combate, preservando el apellido... Ahora
que los pobres ya sólo sirven para poner copas, tengo que reconocer que hemos
mejorado mucho en lo político y en lo social. ¡Vivan las cadenas!
Estos desgraciados del sitio del Baler -y los obtusos de sus
oficiales, que hay que ser obtuso, e hijo de puta- fueron los últimos defensores
de Filipinas como islas, como territorio colonial ubicado en el Pacífico. En
eso, por supuesto, no tengo nada que objetar. Pero ni siquiera ellos fueron los
últimos balaceados del Imperio Español. El sargento Arensivia, aquel chusquero
que se dejaba hasta la última gota de sangre en las viñetas de “El Jueves”, pasó
su aguerrida juventud sirviendo en el Sidi
Ifni, y tragando arena del desierto mientras izaba la bandera rojigualda.
Filipinas -quiero decir- es un símbolo, una manera de hablar,
un referente mítico que engloba nuestro pasado colonial: el nacionalcatolicismo
que viene de Felipe II, y el sueño de horizontes victoriosos y muy españoles,
que diría don Mariano. Los últimos soldados de estas Filipinas ampliadas -de
estas Filipinas 2.0- tienen que ser, en justicia, los últimos que sufrieron aquella
mierda, aquel orgullo estúpido de ser el faro de Occidente. Filipinas era un
estado mental, un patriotismo casposo, un ideal maloliente. Los últimos de Filipinas
-los que yo pondría verdaderamente en la foto de la Wikipedia- somos nosotros,
la generación del 89 de los Maristas de León, la última que no fue mixta, que
se educó a la antigua, sin chicas en clase, pero con muchos curas fascistas dando po'l culo. Una generación adoctrinada, asustada, embaucada en los valores
eternos de la España decadente. Nosotros -sí nosotros- fuimos las últimas víctimas
del Imperio Español: del territorial, y del ideológico, y de sus lunáticos
defensores. La putada es que ahora están regresando...
30 monedas
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El Bien y el Mal no existen. Sólo, quizá, en los contextos
escolares, cuando la seño corrige los exámenes o revisa los deberes. El bien y
el mal -como metáfora de su relativismo, y de su cercanía- siempre se han
escrito con el mismo bolígrafo de color rojo. O de color verde -como hacía una profesora
mía de la EGB- para que el examen corregido
no pareciera una carnicería en la ausencia de saberes. El verde, definitivamente,
era un color más ecológico y compasivo.
Lo otro, la pugna de la Luz contra la Oscuridad -que es el
tema que anima a los buscadores de las 30 monedas - es un maniqueísmo tonto que
ya no se sostiene, aunque sirva para hacer series tan entretenidas como ésta. No existen ni Dios ni el Demonio. O, como aseguran
los cainitas, el Demonio sólo es un funcionario al servicio del primero. Ya lo
cantó Joaquín Sabina mucho antes que el padre Vergara: “Cómo decirte, que el
cielo está en el suelo, que el bien es el espejo del mal / Cómo decirte, que el
cuerpo está en el alma, que Dios le paga un sueldo a Satán.”
El Bien y el Mal se deciden por mayoría parlamentaria, por
normalidad estadística, por consenso de la civilización, pero no son valores
absolutos. Lo que ahora nos parece un crimen, hace siglos era el mandato de los
dioses bondadosos. Puede que ahora nos sintamos orgullosos de algunas conductas
que dentro de algún tiempo causen espanto en nuestros descendientes. Quién
sabe. Para agarrarnos a una certeza ética que recorra todas las épocas, sólo
tenemos una moral natural de andar por casa, que viene a ser más o menos la misma
que heredamos de los monos: cuidar la prole, colaborar en comunidad y defender
lo que es nuestro. El Bien y el Mal, como mucho -y quizá ya es bastante, todo
un logro evolutivo- residen en el milagro empático de nuestras neuronas espejo.
En un puñadico de bioquímica que cabe en la yema de un dedo.
30 monedas, la serie, empieza como un huracán
divertidísimo. Todo es cachondo y terrorífico a partes iguales. Marca de la
casa. Luego la cosa se estanca porque era imposible mantener un ritmo tan
delirante. Para compensar, Álex y Jorge nos muestran el cuerpo desnudo y
palpitante de Megan Montaner en varias escenas de sexo artístico, exigido por el guion, lo que anima -al
menos a este espectador- a no desistir en el empeño. Por fin, en el último episodio, esperábamos asomarnos al Averno verdadero y sólo vimos a un Antipapa saludando
desde un balcón de la provincia de Segovia. Bajonazo.
Truman
Mientras veo Truman, en el penúltimo frescor de la primavera, lanzo miradas de interrogación a Eddie, mi perrete, que dormita y se estira de vez en cuando en su sofá. ¿A quién se lo encasquetaría yo, si me dijeran que voy a morir dentro de un mes, o de dos, como le dicen a Ricardo Darín en la película? La gran preocupación de su personaje -aparte de la de morirse, claro, y de hacerlo dignamente, y no como yo, que sería un premuerto esperpéntico e insoportable - es a quién dejar a ese perro suyo tan enorme y tan mayor, en el entorno urbano de los pisos angostos, y de las aceras como tallarines de ancho de Madrid.
La hija de un ladrón
Mientras dure la guerra
Lo primero que pienso cuando veo una película sobre la Guerra Civil -y más si, como la de Amenábar, cuenta los primeros días del alzamiento militar- es que yo no hubiera sobrevivido demasiado tiempo al 18 de Julio, seguramente balaceado en una cuneta, o fusilado en una tapia. En 1936, enardecido por el triunfo electoral del Frente Popular, yo hubiera pronunciado izquierdismos de todo tipo en los bares de la época, en las gradas del fútbol, en las tarimas del colegio donde sería sin duda un maestro al servicio de la República. Un maestro rojillo, o rojeras, de los que sólo pisaría las iglesias por despiste, o por interés artístico, y que hubiera sido denunciado al instante a las autoridades militares que venían haciendo la limpia.
Todos lo saben
Existe una leyenda urbana que asegura que el 10% de los niños que juegan en los parques, o que se dejan la miopía en la Playstation, no pertenecen al padre que los cría. Pero esta cifra, obviamente, es una exageración de periódico sensacionalista, de tabloide científico que ponen al cierre del telediario. Carnaza para Ana Rosa Quintana y su escuela de imitadoras.
El método
Yo, por temperamento, por condiciones naturales, por esta cara de panoli que los dioses me otorgaron al nacer, estaba predestinado a ser cura de parroquia o funcionario de provincias. A vivir muy lejos de la City de Madrid donde los personajes de El método se navajean los trajes muy caros para conseguir un puesto de trabajo.
La Zona
El carbón ya no alimenta el corazón de las centrales térmicas. El cambio climático ha secado los saltos de agua que movían las turbinas. Cuatro hijos de puta se llenan los bolsillos para que los aerogeneradores estén donde no deben o sean insuficientes para responder a la demanda. Un nuevo portaaviones de los americanos se ha plantado en el Golfo Pérsico para subir el precio del petróleo hasta precios inasumibles. Otra vez el barril de Brent por las nubes y otra vez que no nos explican quién coño era Brent, o dónde narices está Brent.
Ficción
Álex es un guionista en crisis que decide tomarse unos días de respiro en el Pirineo catalán, a ver si allí resulta más reconocible para las musas de la escritura, que al parecer, con tanto tráfico, y tanta polución, y tanto artista creativo como pulula por Barcelona, no acaban de encontrarlo para descender sobre su cabeza.
El hombre de las mil caras
Algo falla en El hombre de las mil caras cuando en un momento de la película empezamos a sentir pena por Luis Roldán, ese hombre. Le vemos tan enamorado de su señora -y quién no estaría enamorado de una señora como Marta Etura-, le conocemos tan asustado por su futuro, tan arrinconado en ese piso-zulo de París donde Paesa y sus adláteres lo engañan como a un laosiano, que la simpatía empieza a ganarle terreno a nuestra repulsa. Tanto es así que casi dan ganas de levantarse del sofá para besarle la calvorota a este ladronzuelo tan entrañable: un tipejo que entre la alopecia, la barriga incipiente y la cara de tonto bien podría ser cualquiera de nosotros, los infortunados de la vida.




















