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¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

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A veces me sorprendo canturreando “Qué hace una chica como tú en un sitio como éste” por los pasillos de mi colegio. Es el legado más duradero de la película: esa canción pegadiza que ilustra los encuentros extraños y benéficos. Un sonsonete eterno en la lista de los 100 Grandes Éxitos Generacionales. Casi un himno -me atrevo a decir- para celebrar que a veces, en entornos poco propicios, aparecen mujeres maravillosas como mariposas de colores.

La canturreo una vez por curso, tal vez dos, cuando recala en nuestra misión la sustituta de una sustituta -esto es la enseñanza pública y basta una manicura fallida para coger una baja- y quedo sorprendido por su belleza sin igual. O, cuando entablo conversación, porque quedo admirado de su agudeza chispeante. Alguna vez coinciden la belleza y la perspicacia en una misma Carmen Maura de película y entonces ya se produce el acabose. Es entonces, en esas apariciones marianas, cuando la canción de “Burning” ya no suena en el licorice pizza de mis neuronas, sino directamente por megafonía, a todo meter, para dar fe de que ha llegado una persona extraordinaria y que tal vez habría que festejarlo con pasteles en el próximo recreo.

De todos modos, la película de Colomo no cuenta la historia de una interina que viene a cubrir una baja laboral, sino la mala vida de una peluquera casada con un hijoputa en la España sin divorcios. Los espectadores modernos lo damos tan por supuesto, lo del divorcio, que al principio no entendemos por qué ella no lo manda a la mierda y le tranca la puerta con siete cerrojos inexpugnables. Pero es que era, so bobo, la España de los curas, que todavía coleaba. Lo que Dios había bendecido ya sólo lo podía separar un tribuno de la Rota. 

Parece todo muy lejano, casi como de la época victoriana, pero sólo nos separa una generación de aquel régimen de talibanes con alzacuellos. Así que ojo, mucho ojo, que amenazan con volver.



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La araña negra (cortometraje)

🌟🌟🌟🌟


Lev Yashin, "la Araña Negra", fue aquel portero soviético que siempre iba vestido de negro y parecía haber nacido, al igual que los arácnidos, con cuatro brazos y cuatro piernas. En “Los lunes al sol” había un emigrante ruso, también despedido de los astilleros, que les contaba a Santa y compañía que los rivales pedían perdón a Yashin cada vez que le marcaban un gol, tal era su aura de cancerbero impenetrable.

Yashin, en mi recuerdo, cuando jugaba para la Unión Soviética, llevaba las letras CCCP estampadas en el pecho al igual que sus compañeros. (CCCP, por cierto, no significa Cucurrucú-Paloma como dicen los enemigos del pueblo, sino Союз Советских Социалистических Республик, que es un asunto mucho más serio). Pero ahora, desengañado por el cortometraje, y por más que busco imágenes en la IA, siempre encuentro a Yashin vestido de negro riguroso, sin letras, como de luto perpetuo por algún gol imperdonable y decisivo. 

(Supongo -porque si no le habrían traspasado al Siberia C. F. o al Lokomotiv de Morituri- que Yashin tenía permiso del comisario político para no llevar esas siglas cirílicas que predicaban las bondades del comunismo). 

La historia de “La araña negra”, el cortometraje, se non è vera è ben trovata, que diría un italiano. Sin embargo, no hace mucho, en la radio, le preguntaron a un periodista italiano por el origen de esta expresión y dijo que no la había escuchado jamás. Da igual... 

En Madrid, en 1964, la noche anterior a la final de la Eurocopa entre España y la CCCP, un comando de patriotas engaña a Yashin y se lo lleva de putas a un meublé muy limpio y distinguido. Una vez desfogado, y todavía abrazado a la mujer, varios fotógrafos conchabados irrumpen en la habitación. Lo siguiente que vemos, en una elipsis muy elegante, es el histórico gol de Marcelino en el NODO y el no menos histórico pasotismo de Yashin ante el cabezazo decisivo. La del cortometraje es una explicación tan válida como cualquier otra para aquel desinterés. 

No es por echarme flores, pero yo siempre sostuve que había algo muy raro en ese gol.





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