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¿Quién puede matar a un niño?

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De los seres humanos ya se han vengado todas las criaturas imaginables en la ficción. Lo hicieron los pájaros de Hitchcock y los árboles de “El incidente”. También una orca que perdió a su familia en “Orca, la ballena asesina”. Y los monos, por supuesto, en “El planeta de los simios”. Me falta una de toros empalando a sus toreros para montar un ciclo de cine pedagógico.

Nos lo tenemos merecido. No hay nada que nos exima. El ser humano es una desgracia para cualquier ecosistema donde se pose: depredamos, asesinamos, contaminamos... Somos la plaga bíblica que no figuraba en las Escrituras. Y cuando se trata de lidiar con nuestros semejantes, somos más salvajes todavía: para esa lucha inventamos la bomba atómica, el napalm, la cámara de gas...

Faltaban los niños, esas criaturitas, por vengarse de nosotros. Vengarse a palos, quiero decir: a cuchilladas, a guadañazos, a disparos de metralleta. Lo que haga falta. Esa película de terror se le pudo ocurrir a cualquiera pero se le ocurrió al barbas que dirigía el “Un, dos, tres”, ya ves tú. 

Los niños sufren las guerras, las hambrunas, los accidentes de tráfico y las travesías en patera. Ellos heredan la locura, el alcoholismo, la estupidez... Son sujetos pasivos con derecho al pataleo. Son víctimas en el sentido más inocente de la palabra. Su única esperanza es que caigan muy rápido las hojas del calendario.

El problema de “¿Quién puede matar a un niño?” es la definición misma de la niñez. En Almanzora -esa isla imaginaria entre Algeciras y Estambul- hay niños asesinos que son como querubines y niños creciditos -muy parecidos a Javi y a Pancho en “Verano Azul”- que ya se hacen pajas indudables. Hay niñas con miradas angelicales y adolescentes resabiadas con chispazos de Lucifer. Los límites de la niñez no quedan aclarados. Es otro de los misterios que se llevó la brisa marinera. 




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La piel quemada

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José tiene la piel quemada de tanto trabajar a pleno sol de peón albañil. No sé si en 1967 los obreros de la construcción ya se ponían crema para prevenir un melanoma. No lo parece, desde luego. El tarado de Marcos Llorente aplaudiría con sus orejas de burro si viera la película. Es el callo solar, estúpidos.

Si hacemos caso de “La piel quemada”, cualquiera que se echara por entonces una capa de Aftersun corría el riesgo de ser llamado maricón. Los colegas de José no se andan con hostias: son hombres duros, recios, forjados a la intemperie. No admiten malentendidos ni quintacolumnistas. Dicen lo que piensan y se quedan tan anchos. Y tan orondos. Tienen pelos en todos los rincones del cuerpo menos en la lengua. 

La lengua, por cierto, también la tienen quemada de tanto sacarla a pasear. Cada vez que pasa una gachí por debajo del andamio -y si pasa en bikini camino de la playa ya no te digo nada- José y sus compañeros incurren en no sé cuántas ilegalidades verbales que ahora mismo están muy castigadas. Ya digo que son tipos de pelo en pecho que no se dejan una hombría en la recámara. No parece que el horno esté para bollos: cualquiera que saque una cremita de la tartera puede convertirse en el hazmerreír sempiterno de la cuadrilla. 

Estos tipos, además de tostados, porque es verano y trabajan en Lloret de Mar, también van quemados por debajo de la piel. José y su pandilla son emigrantes andaluces que se han venido a Cataluña sin sus esposas. El relato oficial es que se las traerán cuando ganen lo suficiente, pero mientras tanto, libres como pajarillos, le tientan a la suerte. Las españolas y las catalanas no les hacen  ni puto caso, pero las guiris les encuentran atractivos, exóticos. Latin lovers de ocasión. Pero esas cosas sólo suceden por la noche, después de trabajar, así que José and company no tienen la piel de la polla quemada. Sólo escocida.  




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