¿Quién puede matar a un niño?

🌟🌟🌟🌟

De los seres humanos ya se han vengado todas las criaturas imaginables en la ficción. Lo hicieron los pájaros de Hitchcock y los árboles de “El incidente”. También una orca que perdió a su familia en “Orca, la ballena asesina”. Y los monos, por supuesto, en “El planeta de los simios”. Me falta una de toros empalando a sus toreros para montar un ciclo de cine pedagógico.

Nos lo tenemos merecido. No hay nada que nos exima. El ser humano es una desgracia para cualquier ecosistema donde se pose: depredamos, asesinamos, contaminamos... Somos la plaga bíblica que no figuraba en las Escrituras. Y cuando se trata de lidiar con nuestros semejantes, somos más salvajes todavía: para esa lucha inventamos la bomba atómica, el napalm, la cámara de gas...

Faltaban los niños, esas criaturitas, por vengarse de nosotros. Vengarse a palos, quiero decir: a cuchilladas, a guadañazos, a disparos de metralleta. Lo que haga falta. Esa película de terror se le pudo ocurrir a cualquiera pero se le ocurrió al barbas que dirigía el “Un, dos, tres”, ya ves tú. 

Los niños sufren las guerras, las hambrunas, los accidentes de tráfico y las travesías en patera. Ellos heredan la locura, el alcoholismo, la estupidez... Son sujetos pasivos con derecho al pataleo. Son víctimas en el sentido más inocente de la palabra. Su única esperanza es que caigan muy rápido las hojas del calendario.

El problema de “¿Quién puede matar a un niño?” es la definición misma de la niñez. En Almanzora -esa isla imaginaria entre Algeciras y Estambul- hay niños asesinos que son como querubines y niños creciditos -muy parecidos a Javi y a Pancho en “Verano Azul”- que ya se hacen pajas indudables. Hay niñas con miradas angelicales y adolescentes resabiadas con chispazos de Lucifer. Los límites de la niñez no quedan aclarados. Es otro de los misterios que se llevó la brisa marinera. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario