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Altas capacidades

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Los niños normales son una especie en vías de extinción. Y no hay nada que pueda remediarlo. Cuando el último de su estirpe cumpla los 18 años, en algún rincón del planeta, habrán dejado de existir. Las próximas generaciones ya solo los conocerán a través de las películas.

Los expertos, en sus congresos, se afanan en encontrar una explicación a este fenómeno evolutivo -los microplásticos, los herbicidas, las cagadas de las palomas- pero sólo unos cuantos, los más inteligentes, se atreven a proponer la estupidez de los padres como la causa del problema: esa tontuna irremediable, tan dañina como universal, a la que habría que encontrar, a su vez, una etiología comprobada.

Yo lo venía sospechando desde hacía tiempo, observando mi ecosistema, pero el otro día, desde Barcelona, Carlo Padial expresó la misma idea observando a sus conocidos. Ahí fue cuando me dije: esto es una pandemia. Padial decía en su programa lo mismo que yo digo: que ya sólo nacen niños autistas o niños superdotados. O autistas superdotados, que todo lo acaparan. 

Nueve de cada diez progenitores encuestados opinan que su hijo es un superdotado o posee altas capacidades. Y el otro, el que no opina igual, es que está a punto de ser convencido por un buen profesional. Los psicopedagogos, entre otros servicios, ya ofrecen títulos de superdotación para que puedas presumir en las tertulias. Y da igual que el chaval parezca -y lo sea- medio bobo, o medio merluzo, como este Fernandito en  la película. Todos los padres terminan viendo signos, anécdotas, logros reveladores... las mismas proezas intelectuales que otros vieron en sus sobrinos, en sus vecinos, en los hijos de sus jefes. 

Nadie se queda atrás en la carrera por el Mensa. Lo bueno de la genialidad es que tiene mil bosques donde brotar, como las setas: en la música, en la aritmética, en la abstracción de las pinturas... Sólo es cuestión de ir probando, de ir invirtiendo dinerales. De encontrar al profesional dispuesto a corroborar. De entrar, con suerte, en un colegio superpijo donde nuestro hijo se sienta realizado.    




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Cites. Temporada 2

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“Cites” es una comedia romántica, no un pedazo de realidad. No pretende que el espectador se vea reflejado en sus personajes ideales. Ni siquiera los usuarios de las apps del ligoteo, que quizá buscaban aquí inspiraciones o soluciones. Aquí los tíos son todos muy guapos, o muy simpáticos, o las dos cosas a la vez, mientras que ellas están jamonísimas y además son agradables y comprensivas. 

En la primera temporada aún existía alguna concesión a la gordura, a la calvicie, al mal carácter de algún personaje. A la vida real. Pero en la segunda temporada, salvo un tronado y un viejo cascarrabias, ya todo es apostura y buen rollo. Han depurado los especímenes hasta dar con la raza destilada de hombres y  mujeres. En esa Barcelona ideal de “Cites” no existen los cavernícolas ni las trastornadas. La lorza está proscrita; la barba desarreglada también. Hasta los cincuentones y las cincuentonas parecen sacados de un anuncio web de Ourtime. Porque además hay mucho estilo, o mucho dinero, entre los comparecientes. Los burgueses se citan en restaurantes muy caros y luego follan en apartamentos de lujo con vistas al mar, mientras que los perroflautas, aunque no tienen un duro, viven en buhardillas muy molonas decoradas con gusto exquisito.

A mí lo que más me cruje es que nadie se enfada con nadie. Enfadarse de verdad, quiero decir. Como mucho, una rabieta temporal: un vete a tomar por el culo coloquial que en cualquier momento puede volverse un ven a tomar por el culo literal. Y eso que a veces las putadas son enormes, y las traiciones imperdonables. Mi amigo -que veía la serie en paralelo- dice que es porque son todos catalanes, y que aquello es más Europa que España, más civilización que meseta garbancera. Yo le doy un cuarto de razón, pero no más. Yo creo que al ser todos muy follables se lo perdonan todo y ya está: es la magia de la belleza. A un guapo le condonamos lo que a otro jamás le transigiríamos. Es el instinto, que es muy poderoso. Siempre existe una probabilidad matemática -por ínfima que sea- de acostarse con ese bellezón que interactúa con nosotros. Y en “Cites”, desde luego, los cálculos algebraicos son mucho más halagüeños. 





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