🌟🌟🌟🌟🌟
Hace exactamente 10 años menos un día, el 30 de octubre de 2016, yo también estaba viendo “Jóvenes prodigiosos” tumbado en mi sofá. Lo recuerdo porque esa noche conocí a Nefernefernefer. O mejor dicho: la conocí en carne y hueso, porque ya la conocía de antes, chateando en internet. Hasta esa noche, justo antes de Halloween, Nefernefernefer era una mujer digital enmascarada bajo avatares medievales: siempre guerreras pelirrojas que blandían espadas como Juana de Arco enardecida.
Tuve que haber sospechado, pero me pudo la curiosidad.
Iba a decir que antes conocí su cuerpo que su voz, como en la canción de Sabina, pero no es cierto. Recuerdo que después de ver “Jóvenes prodigiosos” regresé al ordenador para escribir, o al menos para intentarlo, un poco como Michael Douglas en la película. Y un poco también con sus pintas: desaliñado, mal afeitado, con una bata de andar por casa mal anudada. La diferencia es que yo no era famoso ni estaba escribiendo una segunda novela. Escribía, de hecho, estas mismas sandeces de ahora: eran los inicios de este diario en marcha, de esta ocurrencia sin final.
De pronto recibí la llamada de un número desconocido. “Soy yo, la guerrera. Te espero dentro de media hora en el bar que me digas. Ven aseado. Si en media hora no apareces, me piro”. Le dije hora y lugar y ella colgó al instante.
Tuve que haber sospechado -todavía más, porque yo nunca le había dado mi número de teléfono- pero andaba calenturiento y quería pasear.
Lo que pasó esa noche -y los tres años siguientes- es material comprometido. Está disponible en la versión de pago porque contiene pecados mortales que asustarían al mosén. La verdad es que no éramos jóvenes, ni prodigiosos. Solo diré que no fue una comedia con final feliz, como éste de la película. Eso solo pasa allá, en Jolivú, como decía la lista de mi abuela.