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Following

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Seguir a la gente por la calle no es que esté mal: es que es delito. Como poco, puede resultar peligroso. El protagonista de “Following” es un tolai desinformado. Todavía no sabe que seguir a una mujer está castigado por la ley, y que seguir a un hombre puede ser castigado con una hostia de campeonato. O viceversa. Él responde, a quien le pregunta, que lo suyo es un experimento social, una fuente de ideas para su escritura paralizada, pero a todos nos parece que este tipo, simplemente, está mal de la chaveta.

(A veces, como en “Following”, crees seguir a alguien y es ése alguien quien te sigue a ti. Que camine por delante no significa nada. El orden de los factores a veces altera el producto. Existe el ojo del culo y también la maquinación de los malvados, que siempre llevan un paso anticipado).

No hay que seguir a nadie en general. Sólo al guía de la excursión, o al bombero que nos rescata. O al “safety car” de la Fórmula 1. O a los ingleses que nos enseñaban los rudimentos de su idioma en “Follow Me”. Cosas así: seguimientos de supervivencia y nada más. Todo lo demás es un acto de fe equivocado, o que tarde o temprano se torcerá. Seguir frívolamente sí, en Instagram, o en el Caralibro, pero siempre a distancia, por si hay que echar el freno y desdecirse de lo seguido.

“No tienen que seguirme. No tienen que seguir a nadie”, gritaba el pobre Brian de Nararet a los creyentes agolpados bajo su ventana. Pero ellos, ansiosos por encontrar al Mesías, no le hacían ni puñetero caso. Y así estamos un poco todos: siguiendo a gente escogida que nos guíe y nos enseñe. O que al menos nos entretenga. Y luego, claro, te llevas una decepción: cantantes que torean, escritores que desbarran, futbolistas que vaguean, políticos que defraudan... Mujeres que de cerca ya no brillan y amigos que de lejos se confunden con cualquiera.





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