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Por las mañanas, mientras me ducho, no hago aquello
que hacía Lester Burnham para animarse, sino pensar en
la película que veré cuando lleguen las diez de la noche y la
realidad comience a disolverse. La película que disfrutaré después de los dolores, como
diría Chiquito de la Calzada.
Para Lester Burnham lo mejor del día estaba justo ahí,
en la ducha matinal, y en aquello otro, y el resto era aburrimiento y decadencia. Pero para mí es
justo lo contrario: el comienzo del día es una tortura y luego le voy cogiendo
el tranquillo hasta llegar a su desenlace, que es la hora de la peli. La happy hour.
El reposo alternativo del guerrero.
Hay días que tengo la película elegida de antemano
y otros que me dejo llevar por el impulso. O por una recomendación llovida de
los cielos, en forma de radiación. A veces, en los podcasts, sueltan el nombre de una película que hace tilín en mis meninges y
se convierte en una visión urgente, inaplazable, como una comezón que hubiera
que rascarse cuanto antes.
Ayer, en las ondas, empezaron a hablar de “L.
A. Confidential” y me di una palmada en la frente como aquella del niño de los donuts:
“¡Hostia, L. A. Confidential!” Sentí un poco de vergüenza porque la tenía arrumbada en mi recuerdo. Malgasto medio vida viendo
películas bobas e intrascendentes y luego, para recobrar los clásicos indudables, necesito que alguien me grite a través de los auriculares. Es el
desgobierno cognitivo de los cinéfilos de segunda.
“L. A. Confidential” es, además de una obra maestra,
un desafío para la mente. En 1997 sólo tenían teléfono móvil los muy ricos, o
los muy gilipollas, así que nos sentábamos a ver la película con
los ojos bien abiertos. Nunca nos perdíamos en esta trama diabólica de detectives
corruptos y prostitutas operadas. Ahora cuesta. La tentación no vive arriba,
sino que yace a nuestro lado. Hoy he superado la prueba de “L. A. Confidential”, pero he terminado turulato. Me he sentido treinta años más viejo, que parece una obviedad,
pero yo sé lo que me digo.
