Breaking Bad. Temporada 4

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Viendo la cuarta temporada de "Breaking Bad" me dio por pensar en las mujeres que compartieron la serie junto a mí, en el sofá de mi casa, o en el sofá de la suya, precalentando el amor o enfriándolo tras el ardor. O sin amor a la vista, que era lo más frecuente, porque ese día me habían castigado o porque no estaba el desierto para bollos. La noche, lejos de Albuquerque, a veces era fría y rencorosa. 

- ¿Vemos otro episodio de “Breaking Bad”?

- Bueno...

También me acordé de aquella otra mujer que se negó a ver la serie en redondo, y en cuadrado, porque la consideraba tóxica y violenta. Un producto grasiento de los americanos. Nada que objetar: la viña del Señor es pródiga en variedades y todas producen su vino peculiar. Pasados los años me reencontré con ella y me preguntó, olvidadiza, mi opinión sobre “Breaking Bad”. A ella, por cierto, le parecía una serie maravillosa, puede que entre las cinco mejores de la historia. Le recordé aquellos melindres de juventud y me dijo que me estaba equivocando de ex amante, como si yo hubiera tenido tantas en realidad...

Pensaba, mientras Walter White luchaba por sobrevivir, que todas ellas, sin mí, hubieran descubierto “Breaking Bad” mucho más tarde, o a destiempo, o en boca de otro hombre menos entregado al entusiasmo. A falta de lujos y de hombrías, al menos quedó eso por mi parte: una contribución a su cultura. Una semilla plantada en la maceta, aunque alguna germinara con años de retraso. Una labor de apostolado, quiero decir. Una predicación voluntaria, no gratificada, que a veces vale más que las campañas muy costosas de merchandising.




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