Mostrando entradas con la etiqueta Margot Cottens. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Margot Cottens. Mostrar todas las entradas

No desearás al vecino del quinto

 🌟🌟


Yo deseaba a mi vecina del cuarto. Primero con la inocencia de la niñez y luego con la lascivia de la pubertad. Pero una lascivia enamorada. 

Se llamaba Eva y era dos años mayor que yo. Ahora que ya estamos creciditos sería una distancia irrisoria, pero entonces era un abismo inabordable. Cuando me enamoré de ella, siendo todavía un colegial de pantalón corto, Eva ya iba de la mano con novios imbatibles, que tenían moto o estaban a punto de obtenerla. Eva fue mi primer amor platónico; el primero de una larga lista que todavía no ha colocado su último nombre. Mi primer crush, que dirían ahora  los chavales. 

En mi casa no había ascensor, así que me la cruzaba por la escalera cuando íbamos y veníamos de los colegios. Yo me azoraba, la dejaba pasar, le decía hola con un hilillo de voz amordazado, y ella, a cambio, me sonreía sin intención, tan distante como educada. Eva era rubia y tenía los ojos como el mar. Un poco pija, quizá, ahora que la repienso. Sus padres, aunque vivían en nuestro bloque de proletarios, tenían una casa cojonuda en un pueblo de las montañas. Veraneaban en agosto, y eso, en mi calle, ya era una práctica de aristócratas. Eva y yo ni éramos coetáneos ni pertenecíamos a la misma clase social. Eva era inalcanzable y etérea, tal vez un recuerdo imaginado. 

Pero no: no era un recuerdo imaginado. Su perfil apareció hace pocos meses en mis sugerencias de Instagram. Quitando un par de desconchones está tan guapa como siempre... Juro que yo no la busqué, sino que fue el algoritmo, ese demonio juguetón, quien hizo sus cuentas y me la ofreció. El algoritmo se ha vuelto tan sabio que ya lee directamente en nuestros corazones. O ha hecho sus cálculos esotéricos y ha llegado a la conclusión de que después de cuarenta años buscando a otra mujer, Eva, tan originaria y primordial, es el cierre y el comienzo. El alfa y el omega. El punto de llegada de una peripecia circular. 

(¿La película?: horrorosa. Muy mala. Tan casposa como necesaria. Pero digo yo: para saber adónde vamos es necesario saber de dónde venimos).





Leer más...

La ciudad no es para mí

🌟🌟🌟🌟

La primera vez que pisé Madrid, en una excursión organizada por los hermanos Maristas, un compañero y yo nos descolgamos del grupo nada más bajar del autobús. Lo habíamos hablado durante el viaje en conciliábulo secreto: en el primer semáforo que cruzásemos, por esas avenidas inconcebibles en León de tres carriles o más en cada sentido, le haríamos un homenaje a Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí”, que era una película que pasaban mucho por la tele y que nos gustaba mucho a los paletos de provincias.

    Don Agustín, al salir de la estación de Atocha y enfrentarse por primera vez al tráfico moderno, se las veía y se las deseaba para cruzar por la glorieta de Carlos V, desesperando al guardia urbano encargado de enseñarle la diferencia entre el disco verde y el disco "colorao", porque rojo no se podía decir en las películas de la época. Mi compañero y yo, que éramos cinéfilos porque no teníamos novia -que si no de qué- queríamos imitar la gansada de no entender el semáforo, de entrar y salir de los carriles con aire de despistados, mirando hacia los lados como quien se ve atrapado en una estampida de bisontes.

Y casi lo conseguimos. Nuestro grupo ya estaba en la mediana de la primera gran avenida -creo recordar que la Castellana, a la altura del Museo Arqueológico- cuando nosotros, veinte metros por detrás, y silbando la musiquilla ye-yé de las películas sesenteras, pusimos un pie en el asfalto con el semáforo de nuevo cerrado en rojo. O en colorado... Dimos dos o tres pasos entre el tráfico como si fuéramos Chiquito de la Calzada en uno de sus chistes -quietoorr, noorr, cuidadín- cuando de pronto, a punto de retroceder para reiniciar el numerito, dos manos poderosas, la izquierda y la derecha de nuestro tutor, nos jalaron con fuerza hasta la acera y al llegar allí nos soltaron un par de capones muy certeros en el pescuezo. Los hermanos Maristas, en eso de arrear hostias, eran unos karatekas muy consumados porque también tenían misiones en Japón y en Indochina y creo que los destinaban allí por turnos rotatorios. 



Leer más...