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El político

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La democracia está tan devaluada que la moraleja de “El político” ya no escandaliza a los espectadores. Estamos vacunados de espanto. Casi ochenta años nos contemplan desde que Robert Rossen denunciara los mecanismos de la corrupción, aunque sea la corrupción en los campos de Montana. Al final todas las corruptelas se parecen. El parecido físico de Broderick Crawford con Jesús Gil ayuda mucho a establecer paralelismos.

El ciudadano del siglo XXI ya tiene asumido que la democracia es una farsa necesaria. Un engañabobos. La democracia es el palco del Bernabéu, estúpido, y la cacería en la sierra, y la regata en aguas gallegas. La democracia es eso que nunca trasciende a los medios informativos. La democracia, despojada de palabrerías y oropeles, no es más que la salvaguarda incruenta de los intereses comerciales. Pero ojo, no nos engañemos: en el momento en el que fallan las cuentas, los mandamases organizan golpes de estado más o menos públicos, más o menos espectaculares, y eligen otra democracia más ajustada a las matemáticas.

Es tristísimo, sí, pero siempre será preferible la dictadura numérica de las empresas a la dictadura sangrienta de los militares. Mejor Guatemala que Guatepeor. Si hay que elegir entre un gobernador corrupto de Montana y un general bigotudo con el arma calentita, es preferible taparse la nariz y celebrar la fiesta de las urnas. Eso es, en definitiva, lo que se dirime en un domingo decisivo: la esperanza de encontrar una cara amable y una intención noble, aunque solo sea eso, la intención. Las empresas, al menos, te mantienen vivo, aunque cabreado, para que sigas comprando sus productos, y tienen el buen gusto de no organizar desfiles marciales de tiburones trajeados y de ejecutivas agresivas. No, al menos, en plena calle.




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Johnny Guitar

🌟🌟 

En realidad no tenía ninguna gana de ver Johnny Guitar. Ya lo intenté hace años, en una tarde tan vacía como ésta, seguramente también canicular y bostezante, y creo que no pasé de los primeros veinte minutos. Recordaba, de aquella primera intentona, que había un bar en el desierto, una dominatrix con dos pistoleras y un tipo que tocaba la guitarra porque si se liaba a tiros desde la primera escena, tan ducho en el arte de desenfundar y disparar, la película no iba a pasar del primer rollo, como se decía en los tiempos del celuloide. Recordaba que había vaqueros, whisky, pendencias, diálogos absurdos sobre que yo la tengo más larga que tú, forastero, y que a este lado del río Pecos las leyes son de otra manera, bastardo, y cosas así... La diligencia que paraba, los maleantes que sonreían, el sheriff que se veía desbordado por la situación... Cactus y polvo, y estepicursores, que lo he tenido que buscar en internet. Todos los clichés del western reunidos en un sketch alargado y decolorado, como una policromía erosionada por el tiempo.

Johnny Guitar es un truñete que figura en cualquier lista de clásicos imprescindibles, y es, por tanto, una de esas películas que me dejan mosqueado, reducido a cinéfilo de cuarta categoría, porque es más probable que uno sea un paleto insensible y provincial, que entre cientos de cinéfilos con pipa nadie se atreva a señalar la desnudez del emperador.. Esta vez, como ya venía avisado, cabizbajo y acomplejado, me he prometido llegar sólo hasta la famosérrima escena del “Miénteme y dime que me amas”, que el otro día, en un diálogo que ahora no viene a cuento, me vino a las mientes, en esas asociaciones libres que establece mi cerebro entre la realidad y las películas, tendiendo puentes tan férreos, y tan transitados, que a veces ya no sé ni donde estoy.

El diálogo entre Johnny y Vienna llegó allá por el minuto 43, o 44, cuando yo ya estaba a punto de claudicar. Una vez visto, y refrescado en la memoria, le di al pause y luego al eliminar. Me he quedado con la copla. Suficiente. 




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