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El político

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La democracia está tan devaluada que la moraleja de “El político” ya no escandaliza a los espectadores. Estamos vacunados de espanto. Casi ochenta años nos contemplan desde que Robert Rossen denunciara los mecanismos de la corrupción, aunque sea la corrupción en los campos de Montana. Al final todas las corruptelas se parecen. El parecido físico de Broderick Crawford con Jesús Gil ayuda mucho a establecer paralelismos.

El ciudadano del siglo XXI ya tiene asumido que la democracia es una farsa necesaria. Un engañabobos. La democracia es el palco del Bernabéu, estúpido, y la cacería en la sierra, y la regata en aguas gallegas. La democracia es eso que nunca trasciende a los medios informativos. La democracia, despojada de palabrerías y oropeles, no es más que la salvaguarda incruenta de los intereses comerciales. Pero ojo, no nos engañemos: en el momento en el que fallan las cuentas, los mandamases organizan golpes de estado más o menos públicos, más o menos espectaculares, y eligen otra democracia más ajustada a las matemáticas.

Es tristísimo, sí, pero siempre será preferible la dictadura numérica de las empresas a la dictadura sangrienta de los militares. Mejor Guatemala que Guatepeor. Si hay que elegir entre un gobernador corrupto de Montana y un general bigotudo con el arma calentita, es preferible taparse la nariz y celebrar la fiesta de las urnas. Eso es, en definitiva, lo que se dirime en un domingo decisivo: la esperanza de encontrar una cara amable y una intención noble, aunque solo sea eso, la intención. Las empresas, al menos, te mantienen vivo, aunque cabreado, para que sigas comprando sus productos, y tienen el buen gusto de no organizar desfiles marciales de tiburones trajeados y de ejecutivas agresivas. No, al menos, en plena calle.




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