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Parks and Recreation. Temporada 1

🌟🌟🌟


Sonrío, pero no me río. Carcajadas ni una. La idiosincrasia de “Parks and Recreation” puede ser inescrutable. En eso se parece mucho a los designios del Señor. Es la segunda vez que quiero entrar en este universo y casi no paso de la puerta. ¿Habrá un tercer intento? No creo. El tiempo se agota y las ficciones se multiplican. Todo es exponencial: el paso de la edad y el ritmo de las productoras. Dentro de poco harán falta un millón de vidas para ver sus diez millones de ocurrencias.

Debería reafirmar mi disidencia con alegría, casi con orgullo, pero no soy capaz. En público, para fardar, presumo mucho de mis gustos raros y tangenciales, pero aquí, en el diario, siempre he confesado que soy un apóstata involuntario. Me gustaría ser más como los demás. Vivir en el mainstream y en la concordia. Me siento... excluido, señalado, viendo las altas calificaciones de “Parks and Recreation”. Es como si me perdiera algo que los demás sí ven y celebran. Y hasta carcajean. 

“Parks and Recreation” me sabe a poco. A comedia comodona que no quiere molestar. Podría perseverar si todas sus temporadas fueran como ésta, seis episodios por tanda y muy cortos además. Pero he visto que la serie tiene ¡126 episodios! ¡Tate!, pues. ¿Para qué tener una segunda cita -y ya no te digo nada una tercera, o una cuarta- con alguien que no ha electrocutado tu corazón? Greg Daniels, sin Ricky Gervais, es solamente eso, Greg Daniels. Un hacedor de risas blancas. “Parks and Recreation” se aparece a “The Office” sólo en el formato. Carece de mordiente y de mala leche. No hay ni rastro de veneno: sólo bobolones y tontalanas. Servidores públicos disfuncionales y erráticos, pero salados. El mundo funcionarial en el que yo vivo no es así ni de coña. Esto es puro veneno y absentismo. Es más “The Office” que otra cosa. Sólo se parece a “Parks and Recreation” en la restricción del presupuesto. Ahí sí que somos hermanos y colegas.





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