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Jenaro, el de los 14

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En los tiempos de Jenaro no había Primitivas ni Euromillones. El Gordo era menos gordo que ahora y las franquicias de Sportium eran un invento indistinguible de la magia.  La única manera de hacerse millonario sin ser un ladrón o un preboste del régimen era acertar una quiniela de 14, y además una muy rara, de un único acertante, con resultados imposibles que sólo marcarían un loco o un desinformado.

El método de Jenaro consistía en asomarse a la ventana y ver pasar a la gente de su pueblico, allá en Extremadura. Si pasaba una mujer, un 1; si pasaba un hombre, un 2; y si pasaba un invertido (sic), una X. Los tiempos de Jenaro eran así, con un pie en el Medievo y otro en la Transición que estaba por llegar. 

Por lo menos, en la película, al mariquita del pueblo (insisto, sic) ya no lo tiran al pilón. De hecho es el dueño del bar donde toman sus vinos, impertérritos, las fuerzas vivas del lugar: el señor alcalde, el señor cura y el jefe bigotudo de la Benemérita. 

Recuerdo que mi padre, para rellenar sus quinielas de millonario quimérico, tiraba un dado que había comprado en el estanco. El dado tenía tres caras con el 1, dos con la X y una con el 2. Lo fiaba todo al azar como un turista de Las Vegas. A veces, si estaba de buenas, me dejaba manejarlo con mis dedos infantiles. Otras veces, si me ponía muy pesado, me dejaba rellenar el resultado del Madrid. Pero sólo el del Madrid. La quiniela era un asunto muy serio que no podía recaer en los niños, y mucho menos en los niños merengones. La quiniela, ya que éramos ateos y anticlericales, era nuestra fe milagrosa de cada domingo. Y por eso el Señor nos castigaba.

“Jenaro, el de los 14” es, como yo me esperaba, una película muy mala. No saltó la sorpresa en "La Condomina". Pero es un paseo por la España de 1974 y eso tiene un valor incalculable. Es, como diría Mercedes Milá, "un experimento sociológico". Hay cosas que han cambiado mucho y otras que no han cambiado nada. Ser rico, por ejemplo, aunque seas un paleto y un canijo, sigue siendo un afrodisíaco irresistible. Medio siglo de revisionismo cultural no puede borrar millones de años insertados en los genes. 




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Yo hice a Roque III

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Yo estuve una vez allí, en Madrid, en la Cuesta de los Ciegos, la que suben Andrés Pajares y Fernando Esteso en “Yo hice a Roque III”. Y perdí el amor de una mujer. 


Bueno, tanto como un amor no sé, porque ella tenía novio de nacimiento -tan guapetona y tan jovial-, pero yo a veces notaba que ella me miraba, como si tuviera monos en la cara. Por su sonrisa, tan tonta, yo deducía que debían de ser unos monos muy simpáticos, y que quizá, en otras circunstancias del amor, ella hubiese estudiado primatología como Jane Goodall para luego adentrarse en mi selva. Quién sabe: en el amor, como en el juego, hay muchos destinos no escritos, paralelos, multivérsicos...


Corría el año 95, yo vivía en Toledo, y en el colegio de Educación Especial todos éramos jóvenes recién aprobados, unos de Madrid, y otros de León, y otras, las más guapas, venidas de Asturias. Ella, mi Jane, era andaluza... Éramos la “crema y grasa” -como decía Benito- del magisterio nacional. Un crisol de culturas y de formas de ser. Uno de la pandilla era el logopeda, Santos, que se había criado en el Madrid profundo, el de la Movida, el de las referencias culturales y los garitos de moda, y todos los jueves nos llevaba de excursión, como los padres Agustinos, a conocer mundo y quitarnos el pelo de la dehesa. De Toledo a Madrid tardábamos una hora y cuarto escasa entre que llegábamos y aparcábamos, y luego, guiados por la sabiduría de Santos, hacíamos un rule primero cultural, luego gastronómico, y ya finalmente etílico, por los bares de Malasaña, que era donde él tenía su refugio y su noviazgo.


La primera vez Santos nos pidió propuestas concretas: ver esto, visitar aquello, fotografiarnos en tal lugar, y mientras en la pandilla salía el ramalazo cultureta del profesorado -que si la casa natal de Lope de Vega o que si el Museo Nacional del Macramé- yo, como un mandril, educado en lo peor de la filmografía nacional, propuse visitar las escaleras que subían Pajares y Esteso en Roque III. A Santos le hizo tanta gracia mi parida que allí nos llevó, al pie de la escalera, mientras los demás protestaban mi ocurrencia por lo bajini. 


Para mí aquello era como ser católico y estar a los pies del Calvario: un momento de euforia y de cercanía con los dioses, y así, en un arrebato de orangután, me dio por subir un tramo de escaleras mientras cantaba “The eye of the tiger...”, reencarnado en el Rocky Balboa de mi barrio. Nadie me siguió, claro. Al pie de los escalones, Santos se descojonaba; los demás se removían impacientes, ávidos de otra cultura; y ella, mi Jane, ya exGoodall del todo, miraba al suelo avergonzada... Nunca más volvió a dirigirme una sonrisa.






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