Mostrando entradas con la etiqueta Juanjo Menéndez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juanjo Menéndez. Mostrar todas las entradas

Jenaro, el de los 14

🌟🌟🌟


En los tiempos de Jenaro no había Primitivas ni Euromillones. El Gordo era menos gordo que ahora y las franquicias de Sportium eran un invento indistinguible de la magia.  La única manera de hacerse millonario sin ser un ladrón o un preboste del régimen era acertar una quiniela de 14, y además una muy rara, de un único acertante, con resultados imposibles que sólo marcarían un loco o un desinformado.

El método de Jenaro consistía en asomarse a la ventana y ver pasar a la gente de su pueblico, allá en Extremadura. Si pasaba una mujer, un 1; si pasaba un hombre, un 2; y si pasaba un invertido (sic), una X. Los tiempos de Jenaro eran así, con un pie en el Medievo y otro en la Transición que estaba por llegar. 

Por lo menos, en la película, al mariquita del pueblo (insisto, sic) ya no lo tiran al pilón. De hecho es el dueño del bar donde toman sus vinos, impertérritos, las fuerzas vivas del lugar: el señor alcalde, el señor cura y el jefe bigotudo de la Benemérita. 

Recuerdo que mi padre, para rellenar sus quinielas de millonario quimérico, tiraba un dado que había comprado en el estanco. El dado tenía tres caras con el 1, dos con la X y una con el 2. Lo fiaba todo al azar como un turista de Las Vegas. A veces, si estaba de buenas, me dejaba manejarlo con mis dedos infantiles. Otras veces, si me ponía muy pesado, me dejaba rellenar el resultado del Madrid. Pero sólo el del Madrid. La quiniela era un asunto muy serio que no podía recaer en los niños, y mucho menos en los niños merengones. La quiniela, ya que éramos ateos y anticlericales, era nuestra fe milagrosa de cada domingo. Y por eso el Señor nos castigaba.

“Jenaro, el de los 14” es, como yo me esperaba, una película muy mala. No saltó la sorpresa en "La Condomina". Pero es un paseo por la España de 1974 y eso tiene un valor incalculable. Es, como diría Mercedes Milá, "un experimento sociológico". Hay cosas que han cambiado mucho y otras que no han cambiado nada. Ser rico, por ejemplo, aunque seas un paleto y un canijo, sigue siendo un afrodisíaco irresistible. Medio siglo de revisionismo cultural no puede borrar millones de años insertados en los genes. 




Leer más...

Un millón en la basura

🌟🌟

Si yo -como José Luis López Vázquez en la película- me encontrara un millón de euros en una maleta, abandonada en una papelera, y en ella hubiera una tarjeta que señalara a Fulano de Tal y Tal, banquero de profesión, empresario en sus ratos libres, como dueño del botín extraviado, me iban a ver a mí, por las narices, en la comisaría más cercana de mi pedanía... 

Como a cualquiera de ustedes, me imagino, a poco que crean en la justicia social y en la redistribución de la riqueza. Sólo los justos recalcitrantes, los boy scouts de pacotilla, los amedrentados por el Ojo que todo lo ve, devolverían la maleta extraviada a un fulano que ha robado -legal o ilegalmente, eso es lo de menos- una cantidad de dinero semejante. No existe el dilema moral, en este caso: sólo el miedo. Dice un proverbio árabe, o un refrán de los hindúes, o si no me lo invento yo ahora mismo, que el dinero que cae del cielo, regalado por los dioses, hay que regalarlo del mismo modo a los semejantes necesitados, por aquello del karma, y del equilibrio universal. Y yo, sin duda, sin ser árabe ni hindú, procedería inmediatamente a hacer el bien en mi comunidad tras quedarme, por supuesto, con una pequeña comisión en concepto de hallazgo y gestión financiera.

    Otro gallo cantaría si en la maleta no hubiera tarjeta alguna, ni documento identificativo. El gusanillo de la conciencia del que nos hablaban en el parvulario emprendería su sorda labor de roernos las redes neuronales. Un millón de euros abandonados tienen el 99% de probabilidades de proceder del narcotráfico, o de un señor muy despistado que iba a hacer un pago en B en una trama corrupta del PP. Pero siempre cabe la posibilidad, ay, de que ese dinero sea, por ejemplo, el pago por el rescate de un ser querido, y que nosotros, sin quererlo, hayamos metido las narices, y la pata, en la papelera justo en medio de la operación. O que un trabajador honrado haya juntado los ahorros de su vida para irse de jubilata a Benidorm y en un hecho inverosímil, en una carambola casi sacada de la imaginación de Ibáñez el dibujante, se haya dejado los dineros en una papelera de la vía pública. Qué hacer, ay, en tal caso, mientras los viandantes pasan al lado, y uno, abrazado a la maleta, todavía no sabe en qué dirección echar a correr con ella.



Leer más...