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Obsession

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No creo que Curry Barker, que es un chaval de la generación Z, haya leído nunca a Santa Teresa de Jesús -yo, por cierto, tampoco- pero tiene asumida una parte de su pensamiento. Es lo que tienen las verdades universales, las advertencias que llevan resonando desde el inicio de los tiempos. «Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas», dijo una vez santa Teresa con más razón que eso, que una santa. Y quien dice lágrimas, dice también, en el cine gore, sangre y vómitos, y otros líquidos indescifrables.

(Hay quien jura disfrutar con estos excesos viscerales e incluso partirse de risa en el sofá -seguramente unos anormales, o unos psicópatas. Pero yo, que padezco otras enfermedades del alma muy diferentes, me he pasado la última media hora de “Obsession” mirando de soslayo, o disimulando con el móvil, al mismo tiempo fascinado e impaciente por terminar).

“Hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea, porque puede hacerse realidad”: también se lo decía un general de su ejército a Alejandro Magno, en las novelas de Mary Renault. Ya digo que es un sabiduría ancestral. A mí me pasó una vez algo parecido a lo de “Obsession”: desear mucho que una mujer me deseara y hacerlo realidad. Y luego cagarme por la pata abajo... Pero en mi caso, porque la magia no existe en la vida real, ni siquiera la magia negra que ella practicaba, sus celos enfermizos ya venían de serie, incorporados en su genoma, sin necesidad de que ninguna vara de sauce los convocara.

Enamorarse sin ser correspondido es una dolencia del espíritu. Todos la hemos padecido alguna vez. O la seguimos padeciendo... Pero ser correspondido y descubrir demasiado tarde que nos hemos enamorado de una trastornada, o de un cabronazo, es un baldón sobre el honor. Un desdoro. Por eso, como el chaval de la película, muchas veces preferimos no asumirlo, hacer como que no es verdad, o como que no es para tanto, y así vamos dando pasos hacia el abismo, juntos de la mano. 




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