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Incontrolable

 🌟🌟🌟


Del mismo modo que Dustin Hoffman se volvió autista de verdad mientras rodaba “Rain Man”, o que Daniel Day Lewis quedó paralítico perdido en el rodaje de “Mi pie izquierdo”, aquí, en “Incontrolable”, yo apostaría 100 dólares a que Robert Aramayo contrajo el síndrome de Tourette tras un electroshock pactado con la productora.  

El suyo es un despliegue descomunal, desconcertante. Él solo, con su galería de tics, con su acervo de procacidades, sostiene una película que es poco más que un telefilm de sobremesa: una historia de superación personal y bla, bla, bla. La enésima historia del náufrago que se salvó; la enésima omisión de las mil historias de sus compañeros que se ahogaron. “Incontrolable” la hemos visto tantas veces que ya nos la sabemos de memoria. Ninguna sorpresa nos aguarda en las calles de Edimburgo.

“Incontrolable” termina con el personaje siendo condecorado por Isabel II de Inglaterra. Largos años de labor comunitaria han conseguido colarle en la lista de meritorios. Se supone que esa ceremonia es la escena cumbre de la película. La culminación de la historia real que sustenta su guion. Pero yo, desde mi sofá, quizá porque padezco un síndrome de Tourette antimonárquico, también muy involuntario e irremediable, no dejo de pensar en la ironía de que la reina de Inglaterra, como el rey de aquí, o la infantita, condecore a alguien que se ha deslomado por el bien de sus vecinos.

Los reyes, y las reinas, y las infantas peponas, son los últimos garantes del orden establecido, de la explotación legal del hombre por el hombre. Ellos firman las leyes que nos hacen más pobres, recortan nuestros derechos o nos envían a la guerra para defender sus vidas y sus haciendas. No nos representan. No queremos que nos representen. Sus premios no son nuestros premios. Acostumbrados a condecorar a militares y a ladrones, esta medalla otorgada a un pobre enfermo neurológico no deja de ser un acto de hipocresía. Un blanqueo institucional. Yo no hubiera ido a recogerla.








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