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A los escritores malos, y a los poetas mediocres, nos debería corresponder una parte de la gloria. Deberían pagarnos una regalía, aunque sea mínima, cada vez que se vende un bestseller en la librería. Un poco más si se trata de los Diez Libros Más Vendidos que moran en los altares. Es lo justo, digo yo, porque alguien tiene que fracasar para que otro se encumbre sobre nosotros. Y porque además, cuantos más soldados caemos en el intento, más alta es la montaña, y mejor y más claro se divisa el horizonte.
Nosotros, los juntaletras, estamos en el primer eslabón de la cadena alimenticia. Somos como el plancton, o como la mosca cojonera. Sin nosotros, los escritores de éxito no podrían darse aires de superioridad. Servimos para comparar la buena literatura -o la literatura sagaz- con la que se queda en el camino. Valemos tanto como las películas malas, como los deportistas que caen eliminados. Somos contingentes pero al mismo tiempo necesarios. Somos un dilema filosófico. El mayor placer de que te inviten a simposios y a gañotes es pensar que otros mil se han quedado en las puertas con un chusco de pan y su de cara de merluzos. Como ésta de Óscar Restrepo, sin ir más lejos, el poeta de la película.
Para vivir en lo alto de la pirámide hay que poner muchas piedras en la base semienterrada. Por cada Gabriel García Márquez encumbrado, por cada Juan Gómez Jurado que vende libros como churros y va de sarao en sarao conociendo mujeres interesantes, tiene que haber mil Augustos Faronis -yo mismo tomé prestado el nombre de un escritor fracasado- que naufraguen en el mar. O se pierdan en la estepa. Mil mindundis que no tengan talento, o lo tengan desaprovechado, o no cuenten con padrinos, o no están a la guay de lo que se vende e interesa. El éxito tiene pocos caminos de llegada; el fracaso, en cambio, es un aeropuerto de mil pistas. Lo mismo en la literatura que en la vida. Cada uno se busca su propia ruina como sabe, o como puede.
