Mostrando entradas con la etiqueta Solly McLeod. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Solly McLeod. Mostrar todas las entradas

Ciudad de las Estrellas

🌟🌟🌟


De chaval yo siempre iba con los soviéticos en cualquier pelea que emprendieran. Les animaba en la Guerra Fría y en los Juegos Olímpicos; en los Mundiales de Ajedrez y en las batallas de “Top Gun”; en los Mundiales de Fútbol y en las películas de Stallone. Un día de estos, sólo por chinchar, pondré a Iván Drago en todos mis avatares. Yo fui el único niño que lloró su derrota en el cine Condado de León, tomado por aquella turba capitalista que aplaudía emocionada. 

Me hice prosoviético el mismo día que Lamo Castillo, aquel árbitro falangista, les atracó a mano armada en el Mundial 82, jugando contra Brasil. Recuerdo que mi padre le gritaba a la tele que siempre igual, que vaya hijo de puta, que siempre robando a los rusos porque querían el reparto de la riqueza y el consuelo de los pobres... Así fue como me enteré, con apenas diez años, de que eran ellos, los que llevaban la CCCP en el pecho, los que sostenían nuestra esperanza y nuestro orgullo de pobretones. 

Aquella noche de junio me hice comunista para siempre y desde entonces he ido surfeando las olas y las tempestades. He renegado de la hoz las mismas veces que me reconcilié con el martillo. Una vez nadé muy lejos, engañado por la publicidad, pero las olas -turbulentas, inmisericordes con los parias- me devolvieron a la playa. 

Nunca me sentía más orgulloso de los tovarichs que cuando lanzaban con éxito sus naves espaciales. Cada vez que los americanos fracasaban en una aventura yo descorchaba una botella de KAS Naranja para celebrarlo; cada vez que un astronauta ruso llegaba sano y salvo a la Estación MIR, hacía lo mismo con una botella de KAS limón. El prestigio de la URSS se jugaba más en las estrellas que en los tartanes del atletismo, y los americanos, que lo sabían, les arruinaron el invento con una lluvia de billetes.

Ahora, en las series de la tele, los yanquis hacen escarnio de aquellos logros cosmonáuticos. Y yo pienso, sin embargo, que parece mentira que los rusos pudieran levantar todo aquello con cuatro rublos miserables y más psicópatas armados que ingenieros competentes. 





Leer más...