El espíritu del 45
La noche del cazador
🌟🌟🌟
La noche del cazador tiene momentos memorables y
momentos ridículos. Tres o cuatro cosas para el recuerdo y una sarta de
sandeces que ya no se sostienen. Nunca olvidaremos, por ejemplo, lo del “love”
and “hate” escrito en los nudillos del predicador. Porque quién no va por la
vida con el amor en un puño y el odio en el otro, preparado para lo bueno y
para lo malo. Amar es imprescindible, pero odiar también es sano, dignifica, te
posiciona ante la vida. Lo que pasa es
que el predicador odia las cosas que a nosotros nos gustan tanto, y por eso nos
cae como una patada en el culo. Aparte de que sea el hombre del saco, claro.
Curiosamente, en castellano, el amor y el odio también se
escriben con cuatro letras, lo que no puede ser una casualidad. Seguro que tiene
algo que ver con la Cábala, o con el carácter universal de las pasiones.
Además, qué narices: el amor y el odio son dos caras de la misma moneda, de la
misma luna. La cara visible y la cara oculta. Sólo se odia lo que se amó, o lo
que se desea amar y es inalcanzable. Lo otro es indiferencia, que se escribe
con muchas más letras, exactamente el triple.
Toda la parte final de La noche del cazador es un
porro fumado en Navidad. Siempre recuerdo a aquel internauta que escribió: “Es
obligatorio ver los clásicos, pero no es obligatorio aplaudirlos”. La “obra
maestra” de Charles Laughton se ha quedado vieja, muy vieja, pero los
nostálgicos, los que se acojonaron cuando la vieron de niños y ahora conducen
al pueblo elegido de la cinefilia, nunca van a reconocerlo. Me temo que el
emperador camina desnudo, pero son muy pocos los que se atreven a señalarlo. O
eso, o que los disidentes somos unos cinéfilos de pacotilla, provincianos, con
medias luces, incapacitados para apreciar la gran belleza de las cosas. No digo
que no, por supuesto. La gran belleza, por cierto, la película de
Sorrentino, sí que era una obra maestra...
En mi barrio también había un hombre del saco. Lo vimos una
vez, mientras jugábamos a la pelota. Subía por la cuesta sin el saco. Era un
hombre avejentado, sucio, mal afeitado, medio borracho o medio ido. Alguien gritó “¡Ése es!” y salimos todos
corriendo, acojonados. No me fijé si llevaba algo escrito en los nudillos.
Nunca lo volvimos a ver. No se casó con ninguna de nuestras madres. Ninguna
estaba viuda, y ninguna dejó a su marido por él. Tampoco había nadie con 10.000 dólares escondidos en un Geyperman. Nuestra infancia no fue gran
cosa, pero de esa mandanga sí que nos libramos, gracias a los dioses.
On the Rocks
🌟🌟🌟🌟
El mundo de Sofia Coppola es el mundo del pijerío. Se ve que lo conoce al dedillo porque vive en él, o porque le fascina su paisanaje. Lo normal sería que fueran ambas cosas, dado su pedigrí de nacimiento, los Coppola de toda la vida, con las mansiones y los viñedos, los apartamentos en Nueva York y las vacaciones en Europa. Pero quizá Sofia reniega de su condición, repudia a sus semejantes, y simplemente es que conoce bien el percal, y lo retrata como nadie en sus películas. Yo mismo, que me crie en el arrabal de León, fui a un colegio exclusivo donde era alumno desubicado y transgresor. Pero quedé tan marcado por mis compañeros del pijerío, por su modo de vivir y de comportarse, que veo a los personajes de Sofia Coppola y es como si les conociera de toda la vida, tan glamurosos, tan atildados, tan de ensalada en Pijo`s Cafe a 90 pavos la tontería.
Yo, como Sofia con su cámara, no dejaba de seguir asombrado a
mis pijos: su manera de hablar, sus ropas, sus preocupaciones crematísticas...
La perfección de sus dientes, de su vocabulario, de sus maneras educadas. Mis compañeros
nunca llevaban roña en las uñas, ni cerumen en el oído, ni legañas en el
lagrimal. Nosotros, los del barrio, nos lavábamos todas las mañanas, por
supuesto, pero al poco rato de estar en clase siempre manaba una disfunción
cutánea que delataba tu origen. Ellos, como los personajes de Sofia Coppola, lo
llevaban todo en su sitio, sin mácula, sin tacha. Impecables y pluscuamperfectos.
Eran odiosos, pero también eso, fascinantes, y no te digo nada las chicas
pijas, tan hermosas, tan repeinadas, con sus cabellos rubios que en mi barrio no
se cultivaban, y con sus diademas, y con sus faldas reglamentarias de las monjas...
Deberían de repatearme el culo, estos retratos del pijerío que
pinta Sofia en sus películas. Pero el amor, ay, nos iguala a todos en sus penurias.
En las alegrías no, porque hay amores de 5ª Avenida y amores de polígono
industrial. Pero en la desdicha, todos somos hermanos y hermanas. Que los ricos
también lloren cuando les va mal en la vida, pues mira, que les den por el
culo; pero si lloran por desamor, o porque temen perderlo, yo estoy con ellos, empático
y desclasado.
Polvo de estrellas (o el iPod de Proust)
Si Marcel
Proust viajó a su infancia tras probar una magdalena mojada en té, yo, estos
días, he viajado a la mía escuchando viejos podcasts en un iPod. Los de Polvo
de Estrellas de Antena 3, aquel programa de cine que Carlos Pumares
presentaba en las madrugadas de la radio justo cuando José María García tenía a
bien soltar el micrófono.
En las
últimas semanas, cada vez que salía a pasear por el monte, ponía en el iPod una
de aquellas emisiones, y entre que apenas me cruzo con nadie, y que la
naturaleza del monte podría ser casi la misma de antaño, porque aquí hasta las
furgonetas de los hortelanos siguen siendo las Citroën de toda la vida, el iPod
se me ha vuelto condensador de fluzo nada más rebasar yo la velocidad de 5
kms/h, y ha obrado el milagro del
retroceso en los relojes. Era tal, el efecto que obraban en mí los viejos
programas de Pumares, que, sugestionado, transportado a otra época de mi vida, yo
apretaba el paso por los senderos como hacía de chavalote, sin jadeos ni
fastidios, apurando los hectómetros como si ya no existieran las lorzas ni las oxidaciones
celulares.
Iba por el monte, sí, pero en realidad yo estaba vez otra vez tumbado en
mi cama, en León, a las dos o tres de la madrugada, haciendo como que repasaba
el temario para un examen, o dejando que transcurriera lánguidamente la madrugada.
Una verdadera sinestesia, ésa que me llevaba del archivo sonoro a la sensación
táctil de estar tumbado a oscuras, soñando con una vida futura más divertida y
excitante, que ya ves tú qué mierda, de mejoría... Mis paseos transcurrían en
el año 2020 del Señor, pero en el iPod salían oyentes que le preguntan a
Pumares si era mejor el sistema VHS o el Beta, y qué narices es eso del DVD
plateado que viene anunciado de América, o si merece la pena comprar un
televisor panorámico o seguir apostando por uno cuadrado tradicional. Oyentes
preocupados por si algún día se rodará la segunda parte de El Señor de
los Anillos en dibujos animados, o si algún día existirá un banco
de datos donde puedan hacerse consultas de cine sin confiarlo todo a la memoria prodigiosa
del señor Pumares... Y yo, teletransportado, pero con un pie puesto en el
presente para no despeñarme, no sabía si maravillarme por tanto disparate
anacrónico y echarme a reír, o si hacer la cuenta exacta de los años que han
pasado y dejarme llevar por la melancolía, allá en el monte solitario,
acompañado tan sólo por el perrete, que perseguía a los conejos y a los topillos
entre las viñas de las laderas.
Días de radio
🌟🌟🌟🌟
Ahora que sabemos lo que pasó -y lo que no pasó, y lo que dicen
que pasó- se hace extraño ver a Mia Farrow en las películas de Woody Allen cuando
era la actriz y la amante, la musa y la compañera. Es como si un amigo divorciado
te pasara el vídeo de su boda, o de su luna de miel, en Bora Bora, con esa
mujer que ahora le odia y desea su ruina completa. Eran tan dichosos entonces...
A todos nos ha pasado esto del vídeo traidor que te vomita el pasado feliz,
sólo que nosotros solemos tirar esas cosas a la basura, o a la
papelera de reciclaje, y ya no queda ni rastro de su hijaputez. O las guardamos
en discos duros tan ultrasecretos que luego ya no sabemos ni dónde están. Pero
las películas de Woody Allen son historia, patrimonio público, y sus tiempos
gozosos con Mia Farrow están a la vista de todos, como un recordatorio de que todo
es efímero y enclenque en el amor.
De todos modos, el papel de Mia Farrow en Historias de la
radio es episódico, intermitente, porque se trata de una película coral, sin
personajes principales, y estos pensamientos se diluyen en el resto de anécdotas
y recuerdos. Historias de la radio es el homenaje de Woody Allen a la
radio de su infancia, allá en Brooklyn,
cuando el invento de Marconi era el rey del salón, y toda la familia se reunía
a su alrededor para conocer las noticias del mundo, y las canciones de moda, y los
inventos maravillosos que se anunciaban en las pausas. Fue mucho antes de que
se inventara la tele, y siglos, eones, antes de que un ovni venido de Andrómeda
nos trajera lo de internet.
Aunque en mi casa teníamos televisor, la infancia radiofónica de Woody Allen se parece mucho a la mía, y quizá por eso la película me toca cierto tuétano de los huesos. En mi casa la radio estaba encendida a todas horas. Mi madre hacía sus labores llevando la vieja Grundig por todas las habitaciones, y eso empapaba la casa de ondas hertzianas, a veces lejanas, a veces cercanas, según dónde estuviera la tarea. Cuando mi padre llegaba del taller, comíamos con la radio puesta, para escuchar el parte. Todavía hoy, cuando visito a mi madre, comemos con la radio puesta, en la mesa de la cocina, para comentar las noticias... Yo me apropiaba de la Grundig por las tardes, para escuchar los partidos de fútbol, y Los 40 principales, cuando me entró la tontería. Luego, por la noche, mi madre hacía las cenas con ella puesta, al hilo del último noticiero, y cuando mi padre llegaba del cine, a las tantas, escuchaba los deportes con José María García, y yo a veces me asomaba por allí, a ver qué decían del Madrid...
Tengo muchos recuerdos de la tele, pero creo
que tengo más de la radio: de las voces, de las sintonías, de los anuncios.
Había unos puros que se llamaban como yo, y que tenían mucha vitola.
Steve Bannon. El ideólogo de Trump
🌟🌟🌟
Donald Trump no es republicano ni demócrata. No tiene ideología.
Bueno, sí, una: él mismo. El trumpismo, como aquí tuvimos el gilismo, en tiempos
de Jesús Gil, que es el personaje más parecido a Trump que puedo recordar. Si
Trump vive rodeado de misses del Universo y de top models de la Galaxia, Gil se
bañaba en un jacuzzi con chicas de Tele 5 que también estaban de buen ver. Marbellíes,
o traídas de Madrid, de la orilla del Manzanares. Por ahí poco que envidiarle, al
amigo americano. Por lo demás, Jesús Gil también era un prefascista, un chabacano,
un semianalfabeto, un deslenguado... Pero un tipo más listo que el hambre, como
el tío Donald, tan zafio y tan chusco como él. Y tan inteligente, y tan
peligroso.
Trump no es nadie en realidad. Sólo es el fantoche de sí
mismo. Un ególatra con suerte. Trump sale al escenario y hace su papel: mueve
los brazos, gira los pies, abre la bocaza, pero sólo es una marioneta de la que
nunca vemos los hilos. En eso no se parece nada a Jesús Gil, porque Jesús Gil
era genuino, autosuficiente, creado de la nada, como Dios nacido en un páramo
se Soria. Trump es un personaje creado. Un premio Oscar al mejor guion adaptado.
Una camarilla de ultraderechistas le vieron un día en la tele y pensaron: “¡Hostia!
Este tío, bien dirigido, bien repeinado, es oro puro para convencer al paria de
que vote contra sí mismo”. En Trump vieron al monologuista capaz de convencerte
de que un tiro en el pie es lo que mejor que puede sucederte Y el
americano medio -como el europeo medio, como el españolito medio- lleva años
pegándose tiros en el pie. A Trump lo auparon ideólogos como Steve Bannon,
que son tipejos de moral laxa, valores marciales, racismos rampantes... Paramilitares
con una especie de pedrada, o de sociopatía, de diagnóstico escabroso en
cualquier caso, criados en las universidades más prestigiosas de Estados
Unidos. Canela fina.
Digamos, para entendernos, que Steve Bannon fue a Donald Trump
lo que Miguel Ángel Rodríguez es ahora para Isabel Díez Ayuso. Creador y consejero.
Un Geppetto del muñegote. Yo también me pegaría
un tiro en el pie, si ella me sonriera con esos ojos tan sexys, y yo pudiera
votarla en mi circunscripción...
Cine Pasaje
En el revés de esa entrada figura la fecha de la sesión: 23 de agosto de 1979. También es casualidad, hombre... Mi padre no pudo rasgarla porque agosto era su mes de vacaciones, así que ni ese consuelo nostálgico me queda. Ese día, en la sesión de tarde, en vez de estar todos en casa, viendo la tele, o durmiendo la siesta, a la fresca, estaríamos buscando moras por los zarzales del alfoz, a la solana. A mi padre se la soplaba que hiciera 35 grados meseteños, o -35 siberianos. Decía que así nos curtíamos. Ésa fue otra película de la hostia.
Lo que piensan las mujeres
🌟🌟🌟
En El sentido de la vida, los Monty Python mareaban la
perdiz con muchos gags inolvidables para luego, en la última escena, confesar
que el sentido de la vida es una cuestión irresoluble, quizá un auténtico
engañabobos, y que mientras dure la fiesta hay que divertirse mucho, follar,
comer sano, portarse bien con los demás, y no pensar demasiado en la
trascendencia. El recetario simplón, pero sincero, que podría ofrecernos cualquier
libro de autoayuda.
Lo que piensan las mujeres es una película de Ernst
Lubitsch que prometía resolver el otro gran misterio de la vida. El más
desconcertante de todos, quizá, y también el más cotidiano. El que ha inspirado durante siglos las novelas, las poesías, las pinturas, las sinfonías... Un montón de películas, también, que rodaron
cineastas enamorados de Pepita o de Mary Elizabeth. Porque al fin y al cabo, lo
del sentido de la vida es una cuestión que sólo ocupa a los filósofos, y a los
onanistas, pero saber qué piensan las mujeres cuando nos miran así o asá, nos
aceptan o nos desdeñan, nos escriben en las redes o desaparecen tragadas por la
tierra, es un asunto que nos trae locos a los hombres desde los tiempos del
australopiteco. De colegir sus intenciones depende la supervivencia
de nuestros genes, y la salud de nuestro ego, y tales asuntos, por
supuesto, no pueden desdeñarse así como así, como el sentido de la vida, que después
de todo no es más que una paja mental, inorgánica y etérea.
La película de Lubitsch también marea mucho la perdiz para
luego dejarnos como estábamos. Su título, por supuesto, sólo era un estratagema comercial, y además la película es muy viejuna, de hace 80 años, y si hubiera
ofrecido una respuesta satisfactoria digo yo que nos habríamos enterado. De lo que piensa Merle Oberon cuando ama,
rechaza y luego vuelve a amar a su marido, sólo vemos las conductas
observables. Lo que pasa por su cabeza es una caja negra insondable, quién sabe
si un revoltijo de emociones, o si una inteligencia superior que se nos escapa.
Los hombres somos tan simples... En la película, como en la vida real, los
tipos que la cortejan sólo quieren acostarse con ella. Por lo menos una vez. Luego, el amor dirá...








