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Sólo he visto tres episodios. No he podido más. Ni me río ni me sonrío. Nada. Carcajadas ni una. Dobles sentidos sí, pero vamos, de patio de colegio. De carnicería de Alfredo Landa. “¿Le gusta el solomillo, señora?” “¡Hoy tengo la morcilla reventona!”. Cosas así, de vergüenza ajena. Gracietas que ya estaban superadas en 8º de EGB. Los chistes de “Cochinas” -si es que son chistes- no me pasan ni rozando. Oigo los disparos, pero no siento los impactos. Sus guionistas, es obvio, disparan con balas de fogueo, o disparan a otras dianas.
Ay, el porno... El porno es como el Scotch Brite: no se puede estar sin él. Otra cosa es debatir su naturaleza, su proceso de elaboración. Sus ingredientes más o menos ecológicos. La ética del pringue. Discutir qué son los panes y qué son las tortas cuando llega la hambruna o se vive en el jolgorio. Pero cada vez que conozco a un hombre que asegura no caer en la tentación, pienso que estoy ante un mentiroso o ante un degenerado. En cualquier caso, alguien muy poco recomendable.
Con las mujeres es otro cantar. Prefiero no meterme ahí. Metes el dedo gordo del pie y sales escaldado. No están los tiempos para bollos. En "Cochinas" dirían que sí para bolleras: ése es el nivel. Yo solo pensaba que luego ponen una película de Pajares y Esteso y se arma la mundial: que si casposos, que si machirulos, que si cosificadores de la mujer... “Cochinas” -al menos hasta el tercer episodio- cuenta la historia de unas amas de casa que descubren la pornografía y se lo pasan teta -¿aún es legal esa expresión?- viendo pollas en acción. Son el reverso femenino de Pajares y Esteso y a todo el mundo le parece cojonudo. A mí también, por cierto. Yo estoy hablando de otra cosa... Malena Alterio y sus amigas cosifican -qué engendro de palabra- a los actores porno y aquí no ha pasado nada. Un hombre viendo porno se degrada a la categoría de marrano; una mujer, en cambio, según “Cochinas”, da rienda suelta a sus anhelos y se libera. A mí me parece fenomenal. Bienvenidas a la fiesrta. Pero jolín.

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