Mostrando entradas con la etiqueta Alana Haim. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alana Haim. Mostrar todas las entradas

The Mastermind

🌟🌟🌟


Existe un género de películas dedicado a los atracos fallidos y a los robos fracasados. A los crímenes chapuceros que van dejando pistas por doquier. Unas veces la culpa es de la mala suerte y otras de la incapacidad del ejecutor. Del “mastermind” que comanda la operación.

Había, por cierto, un juego llamado “Mastermind” cuando era adolescente. No sé si lo siguen fabricando. Recuerdo que había unas fichas de colores y un código a descifrar. Lo jugué una vez en casa de unos amigos y me extravié en el razonamiento. Typical, muy typical... Yo también hubiera sido, por la vía del delito, otro mastermind lamentable como éste de la película: un ladrón sin plan, impulsivo y catastrófico. Mi carrera criminal habría durado lo mismo que la suya: un suspiro vergonzoso. La delincuencia, si es profesional, si es como Dios manda, también exige que el talento y la dedicación vayan de la mano.

La gran película de este subgénero fue “Atraco perfecto” hasta que los hermanos Coen rodaron “Fargo” y crearon todo un universo en expansión. Los criminales de Minnesota comen aparte en la mesa de los tarados. “The Mastermind” transcurre en Massachusetts y ya no tiene ni la nieve ni los apellidos escandinavos. Es una película rara, curiosa, a veces hipnótica y a veces aburrida. La banda sonora te trae y te lleva, eso sí. En los viejos tiempos, cuando la película no era gran cosa, decíamos que nos encantaba su fotografía.

“The Mastermind” no se acerca ni de lejos a las obras maestras de la chapuza. Si no fuera por Josh O’Connor habría que quitarle otra estrella en el firmamento. Su directora, Kelly Reichardt, tiene pinta de ser una excéntrica de cuidado. “First cow”, otra película suya, creo que no llegué ni a terminarla. Ni siquiera los adjetivos de la crítica pudieron con mi paciencia.




Leer más...

Una batalla tras otra

🌟🌟🌟🌟🌟


Este año, me temo, tampoco haremos la revolución.  La revolución ha quedado aplazada sine die. Yo confiaba mucho en el año 2017, por aquello del centenario, pero habrá que esperar a un bicentenario que yo ya no veré. “A ver si alguien se anima”, me decía yo entonces. Tampoco hace falta que tomemos Manhattan en primer lugar, como cantaba Leonard Cohen. Con un palacio estratégico de Madrid nos vale. Y a partir de ahí, lanzarnos a soñar. Todo el poder para el soviet. 

Pero pasó el año 2017 y nadie recibió una instrucción del comisario de Moscú. De hecho, no sabemos nada de él desde el año 1989. O le han pegado un tiro o se ha sumado a la francachela de Vladimir. 

Las cosas están más o menos como estaban. O incluso peor. Los medios de producción están en manos de los mismos y las fuerzas del orden siguen dando hostias a mansalva. Los ejércitos no están con nosotros y el soviet ha pasado de ser un concepto histórico a una utopía de camaradas. En caso de ponernos burros, ¿qué armas podríamos oponer a las suyas? ¿Un cóctel molotov? ¿Un tirachinas? ¿La escopeta del abuelo? Estos anarquistas de la película al menos viven en Estados Unidos y disponen de armas de fuego que pueden comprar en las tiendas de juguetes. Y aun así, su esfuerzo es bastante tonto y baldío. Suicida. Contraproducente incluso. Menuda imagen que dan de psicópatas y de colgados... La revolución se hace a lo grande o no se hace. Y organizada, coño, dirigida desde arriba. Todo esto, sin el camarada Lenin, es una chapuza lamentable.

Nos quedan las urnas, sí, pero las urnas están diseñadas precisamente para impedir la revolución. Se trata de elegir entre Guatemala y Guatepeor. Si algún día nos diera por votar una propuesta revolucionaria de verdad, ellos sacarían los tanques a la calle o le pegarían un tiro al presidente. Estas cosas no las inventa mi paranoia: ya han sucedido de verdad. Así que está todo perdido. Cautivos y desarmados los ejércitos rojos y las facciones clandestinas, ya solo nos queda pelear por las migajas: un porcentaje, una regulación, una ayudita... Una batalla tras otra.






Leer más...

Licorice Pizza

🌟🌟🌟🌟🌟


“Licorice Pizza” es la metáfora visual de un disco de vinilo. Los discos parecen pizzas y son de color negro como el regaliz. Y los discos, como el regaliz, nos traen nostalgias del pasado... Ahí residía el misterio del título que en la película nunca se desvela. O que se desvela, pero que nosotros, en el sofá, Eddie y yo, no fuimos capaces de colegir. Y eso que lo mirábamos todo boquiabiertos, con cara de cinéfilos deslumbrados. Porque “Licorice Pizza” es una película rara, rara de cojones, pero no puedes dejar de perseguirla. En un momento dado nos miramos y nos dijimos al unísono: “Esto es muy... extraño. Pero adictivo.” Así es también la relación entre un perro y su amo: extraña, pero adictiva.  Así es la vida en general, diría yo.

El otro misterio -el principal y nunca revelado- sería saber qué le pasa a Paul Thomas Anderson por la cabeza cuando rueda sus películas. Ahora que tanto se abusa de la palabra genio, resulta que él es un genio verdadero. Uno fetén. Él nunca mira las cosas como las miramos los demás. Los demás vivimos en el mainstream de las narraciones sentimentales. Pero él no. Y no lo hace por epatar, o por dárselas de listo: es que es así, dislocado y original. Un genio, ya digo. Un puto genio. Tú le das una historia de amor entre un chaval de 15 años y una mujercita de 25 y no te hace una película convencional, de rollo melodramático, ni tampoco de comedia disparatada. No: él hace sus mezclas, sus diseños, su anomalía neuronal, y le sale una película como “Licorice Pizza” que no se puede clasificar, ni resumir a los amigos, ni explicar con oraciones que tengan una coherente ligazón. La suya es una película imposible e inabordable.

“Licorice Pizza” viene a decir eso tan trillado, pero tan verdadero, de que dos personas condenadas a entenderse al final se acaban entendiendo. También dice que la madurez no se adquiere con la edad, sino que viene otorgada de nacimiento. Unos la llevan y otros no, como los pimientos de Padrón. Y da igual las experiencias que vivas, ocho mil o ciento una. La madurez es un regalo de los genes; la inmadurez, otra putada de las suyas. Yo pienso lo mismo que Paul Thomas.




Leer más...