Cosas que hacen que la vida valga la pena
Por cien millones
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Hace un par de semanas, frente a la estatura dedicada a Quini en “El Molinón”, yo me preguntaba qué pensaría el propio Quini si pudiera ver esta serie ridícula que cuenta los pormenores de su secuestro. Porque los responsables de “Por cien millones” han confundido el culo con las témporas. Y la velocidad con el tocino. Han interpretado muy mal eso de que la comedia es igual a tragedia más tiempo.
Es cierto que Quini, en el juicio, habló bien de sus secuestradores y pidió una rebaja de condena porque no le habían tratado mal durante los 24 días que lo mantuvieron en un zulo. Pero joder: ¡lo retuvieron en un zulo! No fueron unas vacaciones en las Maldivas. Sus secuestradores podrían haber sido unos lunáticos, unos etarras, unos chapuceros con nervios muy poco templados... Pero de ahí, del perdón de Quini, de la bonhomía de Quini, a convertir su secuestro en una comedia como de “Atraco a las 3” media un abismo cinematográfico. “Por cien millones” es una charlotada en el sentido peyorativo de la expresión. Un sainete de actores incongruentes o pasadísimos.
Por lo demás, la serie no me ha servido ni como enganche para la nostalgia. Es todo tan mortadélico, tan filemónico... Recuerdo que el 1 de marzo de 1981 apareció un demonio de 9 años en mi hombro izquierdo para susurrarme que el secuestro de Quini nos iba a venir de perlas a los madridistas para ganar aquella Liga de pelos largos y campos embarrados. Quini era por entonces el pichichi, el goleador temible, el arma definitiva al servicio de los malvados azulgranas. La Estrella de la Muerte. Cada disparo suyo terminaba con una noble esperanza de mis héroes, no tan galácticos por entonces.
Es cierto que el Barsa, por culpa del secuestro, se fue descolgando de la Liga, pero al final, en el último minuto del último partido, Zamora, el centrocampista de la Real Sociedad, marcó aquel gol precisamente en “El Molinón” y nos dejó con cara de imbéciles a los pecadores de pensamiento.
Un fantasma en la batalla
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Hace un par de semanas, en un programa cultural de la fachosfera, entrevistaron a Agustín Díaz Yanes para promocionar “Un fantasma en la batalla”. Los amigos, o amiguetes, le llamaban “Tano”; los demás, Agustín a secas. Digo esto porque algunas de esas amistades son... peligrosas, como aquellas de Choderlos de Laclos. No sé si “Tano” las aprecia de verdad o si al colgar el teléfono se olvidó de que existían.
Tratándose de una película sobre ETA me temía lo peor. Y lo peor, aunque tardó en llegar, era tal cual yo lo imaginaba. Mientras entrevistaron a “Tano” todo fue más o menos civilizado. Hablaron de la película como película y también como recordatorio de la barbarie. “Un fantasma en la batalla” es un thriller estimable pero también un documento de la época. A mi hijo, por ejemplo, que tiene 26 años, le hablas del terrorismo de ETA y es como si le hablaras, yo qué sé, del Muro de Berlín, o de los tecnócratas de Franco. De chaval, en los telediarios, él ya sólo conoció los asesinatos muy espaciados y desesperados.
Cuando despidieron a “Tano”, los tertulianos de la radio "plural" metieron un poco de publicidad y a la vuelta ya estaban todos atizándole al Gobierno. Estaba claro que no iban a desaprovechar la ocasión. A su izquierda todo es ETA y Pedro Sánchez es un hijoputa. No lo dicen exactamente así porque son cultos y refinados, pero su audiencia no es tonta y sabe completar los puntos suspensivos. Ni siquiera hace falta que los amos les llamen por teléfono. Ellos son como son y ya saben dónde están. Se juegan el pan de sus hijos y yo esas cosas las entiendo. Lo que me jode es el oportunismo y la contradicción. Toda esta gentuza se tiró años pidiendo que la izquierda abertzale rechazara las armas y entrara en el juego democrático; y ahora que lo han hecho, lo que piden, casi a gritos, es marginarlos para ver si vuelven al monte y empuñan de nuevo la Parabellum.
El terrorismo fue muchas cosas terribles, pero también un negocio cojonudo. Una excusa patriotera. La sonrisa maligna del facherío.
Gente en sitios
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Gente en sitios... Eso es lo que somos: gente en sitios. Y poco más. El título vale para esta película y también para todas las demás. Incluso para la vida real, que también es gente en sitios. Hace un rato yo era gente que estaba en su sitio viendo la película. Y así todo.
Es un resumen de la vida en tres palabras misteriosas: gente en sitios... El devenir de los humanos y la madeja de los destinos. Está todo ahí. Y también la nada. La nada que somos. Despojada de adjetivos y de palabrerías, la vida es tan simple como eso: gente en sitios. Si prescindimos de la literatura y del arrebato, solo somos gente que pulula y luego descansa. O gentuza. Gente que nace y mata, que construye y destruye, que folla los sábados por la noche o reza los domingos por la mañana. Gente en sitios, públicos o privados, haciendo cosas o jodiendo la marrana. Produciendo o molestando. Desproduciendo.
Qué será, dentro de nada, esta pesada Navidad que ya se anuncia en los supermercados, sino gente en sitios, aunque casi toda desubicada y fuera de lugar, en casa de mamá o en casa del cuñado, contando las horas para volver al sitio propio, al hogar donde uno puede darse la razón y poner los cojones encima de su mesa.
Gente en sitios... Es una idea enigmática, pura, casi oriental. Un haiku uni-versal de los japoneses
“Gente en sitios”, la película, es una sucesión de sketches con gente rara sorprendida en lugares comunes. Como espectador a veces sonríes y a veces te rascas la cabeza, desubicado. Es difícil saber qué pretendía Juan Cavestany con esta sucesión de surrealismos chanantes. Pero te queda un poso, un provecho, un algo indefinido sobre lo estúpido e impredecible de la gente. Un desasosiego. Hay algo muy turbio en “Gente en sitios”. Una misantropía soterrada. Una advertencia del peligro que nos acecha en cada esquina. No salgas a la calle cuando hay gente, cantaban los Golpes Bajos.
La habitación de al lado
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Tengo la impresión de que Almodóvar ya sólo rueda películas para que se vea que es un tipo cultísimo con gustos exquisitos. La metamorfosis completa del provocador de La Movida... Pues bueno: yo también sé reconocer un cuadro de Hopper cuando lo veo, y conozco el monólogo final sobre la nieve de “Dublineses”, y hasta sé que hubo una pintora llamada Dora Carrington porque una vez vi una película con Emma Thompson que la interpretaba. Y ya ves: vivo en la provincia y soy un funcionario de lo más gris y secundario.
Es como si Almodóvar aprovechara cualquier resquicio de sus tramas -o más bien, como si construyera las tramas alrededor de los resquicios- para que se vea que ha dejado muy atrás las cáscaras de gambas y las batas de boatiné. Y es una pena, la verdad, porque sus películas más transgresoras o más apegadas al terruño siempre fueron las preferidas de todos los defraudados que ya sólo vemos sus películas para sostener una opinión ante la avalancha publicitaria y la monserga en las tertulias.
Cuando Almodóvar defiende una causa en las conferencias de prensa o en las entrevistas para El País yo casi siempre estoy de su lado. Si el mundo se divide en barricadas él, desde luego, combate a nuestro lado. El problema es que su discurso, en las películas, está metido con calzador. Casi nunca viene a cuento y además es contradictorio, porque lo defienden ultrapijos liberales y ultrapetardas ensimismadas. En eso, “La habitación de al lado” es la quintaesencia del nuevo Almodóvar, un personaje pedante, redundante, sofisticado, internacional... Progre pero altanero. De izquierdas, pero fascinado por el estatus.
¿El paisanaje de la película?: pijas cultísimas y maromos supersensibles. ¿El paisaje?: unos apartamentos de lujo y una casa en el campo para flipar. En el nuevo mundo de Almodóvar ya no hay ruidos de tráfico ni mochufa molestando. Tilda Swinton y Julianne Moore ni siquiera hacen ruido al masticar las barritas de zanahoria. Viven en un mundo tan límpido que casi parece imaginario. El cielo antes de la muerte, quizá.
El caso Asunta
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La he visto casi de un tirón, pero eso no quiere decir nada. No me creo a ningún personaje. Aquí todo el mundo chirría, o sobreactúa, o imposta un acento gallego que da un poco de vergüenza. Hay gente que también habla en castellano o en andaluz y no se le entiende nada de nada. La Rosario Porto de las imágenes reales aún tenía un pase (mínimo) como mujer devorahombres. Pero su recreación... Jodó.
Solo me creo a Tristán Ulloa haciendo del señor Basterra, quizá porque le miro de lejos y me veo un poco a mí mismo (en lo físico, digo, no jodamos): un tipo alto, desgarbado, con gafas de concha y pelo medio canoso. Parco en palabras y contenido en las emociones. Es el único que no ha hecho caso de los consejos y por eso construye el personaje más verosímil. Lo demás es una feria de histriones.
También me molesta mucho la banda sonora, esa cosa horrísona y machacona de gaitas y tamboriles. Ese subrayado melodramático para algo tan morboso que podía defenderse por sí mismo. Deduzco que la audiencia de Netflix necesita el redoble de emociones para creerse que hay gente mala por el mundo. La gente es estúpida del culo.
Por lo demás, todos conocemos a parejas que también están hasta los cojones de sus hijos. Gente que se dio el caprichito, que cedió a las presiones familiares, que se apuntó a la última moda entre el coro de amistades. Gente, incluso, que los tuvo de buena fe o que los adoptó en un arrebato de bonhomía, pero que luego se vio desbordada por la responsabilidad o porque tuvo que vérselas con un diablo de esos que te hacen la vida imposible. También los hay.
A estos niños no deseados les salva que existen los abuelitos y que las parejas aberrantes como los Basterra-Porto son más bien infrecuentes. Si es verdad que fueron ellos, se tienen bien merecida la condena. Pero ojo: nunca seremos una sociedad madura hasta que esos hijos de puta que también adoptan perros y luego los abandonan en la carretera o los cuelgan de un árbol sufran las mismas penas de cárcel. Merecen la misma saña mediática en las televisiones. Nombres y apellidos, por favor. Yo nunca he visto la diferencia entre una niña china -o de cualquier lado- y un perrete que era todo amor y fidelidad.
Voy a pasármelo bien
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En el recuerdo yo tenía a los Hombres G por unos pijos insufribles, ¿En qué se parece un Volkswagen Golf a un preservativo?: en que los dos llevan el pijo dentro. Era un chiste de la época...
En la película, sin embargo, nos recuerdan que David Summers quería asesinar al niño pijo que le había robado a su novia. Aquel mamón del “Ford Fiesta blanco y un jersey amarillo”. Así que no sé. Puede que yo esté equivocado. Han pasado tantos años desde aquella movida... Casi tantos como media vida.
En los títulos de crédito aparecen los Hombres G cantando “Voy a pasármelo bien” -rodeados de la chavalería que actúa en la película- y se nota mucho que David Summers está usando la guitarra, amen de para tocar las notas necesarias, para ocultar una barriga impropia de quien fue el ídolo de las nenas y la envidia de los mancebos.
Debe de ser eso, ahora que lo pienso: que yo les tenía mucha envidia por lo mucho que follaban, siendo como eran unos músicos más bien básicos, y unas megaestrellas más bien del tipo tolai. Que los de Radio Futura se pusieran de follar hasta las botas pues mira, se lo ganaban con su talento. Un guitarreo de Enrique Sierra y una letra de Santiago Auserón se merecían cualquier jolgorio que las muchachas les propusieran. O los muchachos, da igual. Pero los Hombres G...
La casualidad ha querido que esta mañana yo descubriera por azar a los Smushing Pumpkies en un programa de la radio (sí, lo sé, es lamentable). Ellos son, en la traducción, los “machacadores de calabazas”, esas que yo cultivaba en mi jardín mientras los Hombres G no daban abasto.
(Por cierto: ver a esa
chavalada de la pelicula coreando algunos versos de “Voy a pasármelo bien”
puede herir la sensibilidad de las maestras de Primaria y etapas aledañas. Yo
aviso por si acaso)
“Porque voy a convertirme
en hombre-lobo,
me he jurado a mí mismo
que no dormiré solo.
Porque hoy, de hoy no
pasas,
y voy a pasármelo bien.
Voy a cogerme un pedo de
los que hacen afición,
me iré arrastrando a casa
con la sonrisa puesta.”
Apagón
🌟🌟🌟
El día que caiga el viento
solar sobre La Pedanía será el primer día de mi muerte. No sé los días que sobreviviré,
pero sin duda serán pocos. La lucha será a muerte, y yo, a muerte, no dispongo
de las armas necesarias. ¿Qué usaré cuando haya que acojonar, agredir, matar..?
¿Libros arrojadizos? ¿DVDs como cuchillas de Batman? ¿Mi perro peligroso, que
se llama Eddie y apenas levanta 6 kilos con sus patitas? Pobre Eddie, también. En
la serie “Apagón” nadie se acuerda de los animales. Ellos, que no usan
teléfonos móviles ni queman carburante para moverse, serán las primeras
víctimas de la ausencia de electricidad.
Cuando los jinetes del apocalipsis vengan a cerrar los supermercados, ellos, mis vecinos, que ahora son muy amables y me regalan los tomates que les sobran, se volverán lobos para el hombre y se armarán con la lupara para defender a tiro limpio sus huertos y sus viñedos, sus castaños y sus cerezos. Todo ese monte que poseen. En el bar se quejan todo el rato: dicen que son pobres, que no tienen para nada, que los socialistas les roban a manos llenas, pero luego resulta que viven en casas heredadas, que solo van al super a comprar papel higiénico, que se mueven por la vida con unos todoterrenos de la hostia donde cargan las cosechas sin fin y los animales abatidos.
Ellos, mis vecinos, no dudarán en apretar el gatillo cuando nosotros, los desheredados de la tierra, los funcionarios que solo sabíamos hablar en jerga y administrar gilipolleces, nos aventuremos a robarles un higo que cuelga o un racimo que se descuelga. Las tomateras valdrán entonces tanto como el oro, sino más. Nos asesinaremos -nos asesinarán- por darle un mordisco a una manzana podrida o a una calabaza yaciente. La comida de los cerdos será ambrosía y motivo de celebración. Ser funcionario valdrá tanto como ser rata de alcantarilla o paloma que defeca.
La tierra es para quien la trabaja, decían
los viejos anarquistas. Y es verdad. Cuando llegue el fin del mundo -a no ser
que caiga un meteorito y lo pulverice todo- ellos, los agropecuarios, serán los
supervivientes que protagonizarán la próxima entrega de “Mad Max”.
Los europeos
🌟🌟🌟🌟
Termino de ver “Los europeos” casi a la una de la madrugada,
rendido de sueño. Sin embargo, antes de apagar la tele, vuelvo sobre algunas
escenas de la película. He seguido la trama sin mayores dificultades, pero me
he perdido varios diálogos que quería recuperar. Podría hacerlo al día siguiente,
con la mente despejada, y ahora meterme en la cama con los reyes de la noche.
Pero me puede la impaciencia: tengo que
verla otra vez, a ella, a la actriz francesa...
Esta vez mi desatención no provenía del teléfono móvil, ni
del desinterés por la película. Yo soy muy de Víctor García León, desde los
tiempos de la pena y la Gloria. Y aunque esta vez la crítica oficial venía tibia
y poco entusiasta, yo he vuelto a encontrar en su cine las grandezas y miserias
que nos definen como celtíberos. Esa cosa azconiana que además, esta vez, venía sustentada en una novela del propio Azcona. Con el cine de García León te ríes,
sí, pero sólo a veces, y a media sonrisa, como movido por un escalofrío. A
veces te ríes por no llorar. Y en la segunda parte de “Los europeos” ya ni
eso...
No: esta vez me he perdido porque me quedaba mirando el
rostro de esta actriz llamada Stéphane Caillard y no me lo creía. Su primera
aparición se produce más o menos a las doce de la noche, y es como si se
hubieran juntado el hoy con el mañana, y la vigilia con el sueño. La fantasía de
lo imaginado con la crudeza de lo existente. Hay un momento de duda en el que pienso
que acabo de morirme y que ella es el ángel encargado de recogerme.
Esta misma tarde, en la terraza del bar, en conversación recurrente
y animada, yo le decía al amigo que la mujer más hermosa del mundo era Christina
Rosenvinge, la cantante que hacía ¡chas! y aparecía al lado de un tipo con mucha
suerte. La vi el otro día en una entrevista y se me quedó su recuerdo... Pero
si esta misma tarde volviera a juntarme con el amigo, le diría que es esta
chica, la francesa, sin duda... Stéphane tiene algo que comunica directamente
con mi entraña. Algo que no puedo explicar con palabras: es como si ella fuera
el resumen de las aspiraciones imposibles, o de las poesías inacabadas. Era la
una y media de la madrugada y yo seguía repasando las escenas.
Mi obra maestra
Hoy quiero confesar -como cantaba Isabel Pantoja antes de coleccionar bolsas de basura- que alguna vez, desesperado por la ausencia de lectores, por la inoperancia de mi escritura, he pensado fingir mi propia muerte para que este blog -con la tontería del artista fallecido- coja vuelo y remonte sus estadísticas. Fabricarme una esquela falsa y elevarme al estatus de leyenda literaria. Como hizo en su día Francisco Paesa, el agente secreto. O como hace el pintor Nervi en Mi obra maestra, que tras anunciarse como muerto en las necrológicas de Buenos Aires, se exilia a las montañas del Jujuy -allá donde Jesús perdió el mechero en sus predicaciones- para añadir varios ceros al precio de sus cuadros.
Antidisturbios
🌟🌟🌟🌟🌟
A veces basta con ver medio episodio de una serie para saber que no va contigo. A veces, como en Antidisturbios, bastan tres minutos para
saber que has dado en el clavo y que ya vas a engancharte hasta el final, a pesar
de las sospechas iniciales, de los recelos del bolchevique que esperaba la primera
excusa para darle al stop y recular.
Porque yo, la verdad, venía a Antidisturbios sin mucha
confianza, sólo porque un amigo me la recomendó la última noche de los bares,
antes de que los cerraran, y porque en los títulos de crédito figuraban Rodrigo
Sorogoyen e Isabel Peña, aunque eso último que perpetraron en Madre no
tenga perdón de Dios. Mi pedrada con Antidisturbios es que nos las
iban a endiñar, los del gobierno, ahora que la cosa se pone cruda en lo
económico, y que las calles se llenarán de pobres a los que habrá que meter otra vez en vereda porque se manifiestan andando y no en coches, y sin portar banderitas rojigualdas.
Y dentro de nada, los catalanes, ya cíclicos como la gripe, a los que también
habrá que reconducir cuando se empeñen en votar, ¡en una democracia!, que dónde
se habrá visto semejante despropósito.
Tenía yo la imagen clavada del Jefazo de la Policía que en
las ruedas de prensa de Fernando Simón, allá por la primavera, salía junto al
generalote y el picoletísimo como diciendo: llevamos cuarenta años sin salir al
recreo y ya nos tocaba disfrutar un poquitín. ¿Y si Antidisturbios
-pensaba yo- fuera una campaña de blanqueamiento? ¿Una cosa de Movistar + subvencionada
por el gobierno para reclutar jovenzuelos como hacen los americanos cuando
emprenden una nueva guerra, y cantan las bondades de su ejército en las
películas belicosas?
Pero no, no hay nada de eso en Antidisturbios. Ni siquiera se aborda la cuestión. Esto va de otra cosa. Todo es gris, contradictorio, ambivalente, en sus personajes. En los que hacen de antidisturbios y en los que no. Aquí te tratan como un espectador inteligente, que puede sacar sus propias conclusiones. Aquí no hay santos ni bestias, ni buenos ni malos: sólo gente que hace su trabajo y que tiene muchas debilidades, y un sueldo que perder, como todo hijo de vecino. Bueno sí: hay unos malos impepinables, que son los corruptos de toda la vida, los del traje y la corbata. Esos cabrones que hacen la pasta gansa a costa de todos nosotros, de los currelas y de los antidisturbios, que en realidad vivimos en el mismo saco de los enculados. En la próxima movida, a los polis de la porra, volveremos a invitarlos a que se pongan de nuestro lado, en la barricada, porque son nuestros hermanos, aunque ellos todavía no lo sepan.
Gordos
Gordos es una película muy incómoda de ver. A mí, al menos, me obliga a retorcerme varias veces en el sofá. Por momentos reniego de haberla vuelto a ver. Quién me mandaba, idiota de mí, en la tarde reposada, plácida, que por fin escondió el sol justiciero tras las nubes…
El plan
Quizá lo que nos asusta no es morirnos, sino morirnos de algo para lo que no estamos preparados. Hasta hace cuatro días, lo normal era morirse de un disparo en la guerra, o de un catarro mal curado. De un parto que se atravesaba, o de una herida que no se limpiaba. Había mucha resignación, en nuestros antepasados, que caían como moscas...
Tarde para la ira
Si la venganza es un plato que ha de servirse frío para conquistar los paladares más exigentes, el ajuste de cuentas que prepara Antonio de la Torre en Tarde para la ira es un producto que dejará satisfechos a los gourmets de morro muy fino. Una delicatessen confeccionada con extracto de bilis, reducción de rencor y mala hostia caramelizada que precisa ocho años de cocción a fuego muy lento, en los infiernos del alma.
Negociador
Los crímenes de ETA acapararon durante años las portadas de los periódicos y las aperturas de los telediarios. Y eso fue así, como quien dice, hasta ayer mismo. Todos los que hemos nacido sin un teléfono móvil en las manos recordamos aquel goteo incesante de muertos en las calles.
Las ovejas no pierden el tren
Treintañeros que luchan por salvar su matrimonio. Cuarentañeros que ya lo han perdido tras la refriega. Otoñales que aún no han apagado la última llama del deseo. Emparejados que no quieren desemparejarse, y desemparejados que buscan al emparejador que los vuelva a emparejar. Un trabalenguas de personajes que se buscan para el amor y no siempre se encuentran. Que a veces sólo se rozan, o chocan con tanta energía que se abrasan. O que simplemente no se entienden. Amantes -y aspirantes a amantes- que se engañan y son engañados con la mejor de las intenciones. Y niños por el medio. Y ancianos a los que cuidar. Y las apreturas económicas. Y los hombres, que son de Marte, y las mujeres, que proceden de Venus. La jungla de la jodienda, que no tiene enmienda, como dice el proverbio. La soledad de la cama, que es más llevadera en verano, pero muy jodida de soportar en invierno. El miedo a que pasen los años y llegue la enfermedad, y la demencia, y el amor exultante ya se vuelva del todo imposible. El sueño extinto de una plenitud perdida. La búsqueda de la última oportunidad, o de la penúltima, si hay un poco de suerte. Madrid y sus madrileños enamoradizos.
Cien años de perdón
Me siento a ver Cien años de perdón convencido de que los ladrones que son robados por otros ladrones son los mafiosos que esquilmaron las arcas públicas de Valencia, y que lo hicieron, además, con el beneplácito de los votantes, de los telediarios, del mismísimo papa Benedicto, que con esa manía que tienen los papas de bendecir al aire, al tuntún, sin ningún objetivo en concreto, lo mismo santifican a las gentes honradas que a los chorizos que los reciben al pie del avión.
Hablar
España, en agosto, como dice el personaje de Juan Diego Botto en Hablar, echa el cierre. Se paralizan los negocios, las administraciones públicas, y también, durante el día, las bocas parlantes, porque a esas horas hasta las lenguas permanecen quietas, a la sombra del paladar, no sea que el esfuerzo provoque ríos de sudor. Qué va a decir uno, además, cuando el calor sofríe las seseras, y sólo se pueden musitar jaculatorias para que llegue la noche, y ese cabrón amarillo se esconda en el horizonte para decepción de los guiris, y alegría de nosotros, los norteños de Invernalia.

















