Pelle el conquistador
Las mejores intenciones
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A veces, en el amor, porque el amor no deja de ser un fenómeno de la física, los polos opuestos se atraen y quedan adheridos para siempre. Es un magnetismo más de la naturaleza. Un fenómeno inusual aunque varias veces validado. El mundo es muy grande, y el sexo universal, y eso da lugar a millones de combinaciones de las que algunas, por pura estadística, desafían cualquier pronóstico que tú hagas.
Hay parejas por las que no darías ni un duro y ya ves, duran para siempre, o al menos el tiempo necesario para reírse de tu apuesta. Otras veces, en cambio, apostarías diez dólares a que Fulano y Mengana son la pareja ideal y justo en ese mismo momento, sin que tú lo sepas, ya están rompiendo a través del teléfono o en una discusión tremebunda en el dormitorio. El amor es tan aleatorio e imprevisible como el tiempo atmosférico. Más allá de una semana cualquier previsión sobre el sol o la lluvia es un ejercicio de jactancia.
Los padres de Ingmar Bergman eran el ejemplo perfecto de una pareja destinada a enamorarse pero no a entenderse. Iban a durar menos que tu atención en una película soporífera de los escandinavos -lo que no es, gracias a Odín, el caso de “Las mejores intenciones”- y sin embargo, pese a todos los impedimentos familiares y a los exilios helados en la taiga, forjaron un matrimonio desconchado pero con un núcleo de hierro indestructible.
El progenitor no gestante de Ingmar Bergman es Henrik, un pastor luterano con cien heridas en el alma y un talante que oscila entre la negrura y la mala hostia consagrada; Anna, en cambio, la progenitora gestante, es una pija alegre de la alta sociedad a la que jamás se le ha negado un capricho de niña boba y consentida. Lo único que les une, quizá, es una idea del sexo algo pacata y victoriana: un fuego más bien de braserillo, de hacer la cucharilla en el invierno con dos camisones de por medio. Henrik y Anna jamás conocerán la pasión desbordada ni la frustración sexual, y quizá, por eso, cuando el sexo salga por la puerta, ellos no tendrán que saltar por la ventana y durarán muchos años entrelazados.
La impaciencia del corazón
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En lugar de enseñar tantas tonterías en el colegio -el análisis sintáctico de las oraciones, o los afluentes por la derecha del río Tajo- habría que introducir una asignatura que se llamara “Aprender a decir no”. Porque eso sí que es útil para la vida. También lo sería una asignatura que enseñara a los chavales los rudimentos de la economía, pero no una como quieren los empresarios y los emprendedores, que trataría básicamente de cómo ganar dinero engañando a los demás, sino justamente la contraria: una sabiduría básica que desvelara las trampas perversas del capitalismo, sus mecanismos y su germanía.
En esa otra asignatura que yo proponía –y que podríamos llamar, más académicamente, “Asertividad”- la muchachada aprendería a tener opiniones resueltas y a no dejarse mangonear por sentimientos inducidos. La RAE define asertividad como la habilidad que permite a las personas expresar de la manera adecuada, sin hostilidad ni agresividad, sus emociones frente a otra persona. O sea: un sí es sí, o un no es no, según la circunstancia. Y aunque es cierto que la asertividad depende en gran parte del carácter, y que a quien Dios se la dio San Pedro se la bendice, no estaría de más, para los tímidos sin remedio, para los que hemos jodido nuestra vida a base de callar lo que pensábamos y luego soltarlo en una erupción verbal, no estaría de más, digo, aprender algunos trucos que también enseñan en las clases de retórica: el control del plexo solar, la mirada fijada en un punto, el uso de muletillas verbales que nos guíen por el recto sendero de nuestra verdad.
Al teniente Anton, en la pelicula, también le hubiera venido de puta madre ser asertivo en sus relaciones con Edith, la hija del barón. Decirle que bueno, que sí, que es una mujer muy guapa, pero que su parálisis en las piernas la convierte en un partido improcedente para alguien que tiene que presumir de hombría ante los soldados de su tropa. Pero claro: si se lo hubiera dicho en la primera escenanos habríamos quedado sin melodrama. Y sin los minutos de metraje de Clara Rosager, que si el teniente Anton no la quería, pues mira, pa’ mí.
Corazón silencioso
Hace un par de semanas que ya tenemos el asunto solucionado.
Es el progreso -por lo menos el social- que tarda mucho en llegar, a veces de
cojones, pero al final llega. Luego, dentro de veinte años, esos indeseables
dirán que esto de la eutanasia -como el aborto, como el divorcio, como el
matrimonio homosexual, como la pensión de su puta madre- está bien que así sea,
y que responde a las demandas justas de la sociedad. Que ellos, en realidad, nunca se opusieron a nada. Son vomitivos.
Menos mal, que ya se aprobó la ley, porque todavía se me
revolvía la bilis recordando al presidente Zapatero en el estreno de Mar
Adentro, en plena efervescencia del "no nos falles" y del
"dales caña", diciendo a los reporteros que él estaba allí para
apoyar al cine español, pero sonriendo con picardía a los fotógrafos, porque
todos sabíamos que había ido a airear el debate, a crear ambientillo, a ir preparando
la ley que por fin permitiría morir en paz a los sufrientes. Pero luego se
cagó, reculó, dijo que se llamaba andana porque un asesor le susurró al oído
que el centro católico estaba perdido si daba un paso más en esa dirección. Así que era mejor
disimular, y ponerse a silbar, y decir que eso, que él había estado allí sólo por
el cine español, y nada más, porque Mar adentro, además, era una película
cojonuda.
Recuerdo todo esto porque yo pensaba, antes de
ver Corazón silencioso, que en la Dinamarca tantas veces alabada estaban
más avanzados en estos trances del buen morirse. Pero se ve que no, y menuda sorpresa, porque esta familia camina clandestina por la casa de campo,
urdiendo coartadas para la ambulancia que descubra el cadáver, y para la
policía que venga luego a hacer las pesquisas. La abuela Esther está a un solo paso de
la parálisis, de la respiración asistida, del dolor insoportable, y antes de
convertirse en un guiñapo ha decidido que sus hijas y sus yernos, su marido y
su amiga del alma, la acompañen en las últimas horas. Algunos se arrepienten
del apoyo prometido, otros se mantienen firmes en la decisión, y aprovechando
que hay bronca y discusión, todos sacan a relucir los reproches que suelen
guardar las en el termo del café. Lo habitual, vamos, cuando
la misma sangre comparte comedor todo un fin de semana. Y más todavía
si es Navidad. Por muy daneses que sean.



