Pelle el conquistador
Las mejores intenciones
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A veces, en el amor, porque el amor no deja de ser un fenómeno de la física, los polos opuestos se atraen y quedan adheridos para siempre. Es un magnetismo más de la naturaleza. Un fenómeno inusual aunque varias veces validado. El mundo es muy grande, y el sexo universal, y eso da lugar a millones de combinaciones de las que algunas, por pura estadística, desafían cualquier pronóstico que tú hagas.
Hay parejas por las que no darías ni un duro y ya ves, duran para siempre, o al menos el tiempo necesario para reírse de tu apuesta. Otras veces, en cambio, apostarías diez dólares a que Fulano y Mengana son la pareja ideal y justo en ese mismo momento, sin que tú lo sepas, ya están rompiendo a través del teléfono o en una discusión tremebunda en el dormitorio. El amor es tan aleatorio e imprevisible como el tiempo atmosférico. Más allá de una semana cualquier previsión sobre el sol o la lluvia es un ejercicio de jactancia.
Los padres de Ingmar Bergman eran el ejemplo perfecto de una pareja destinada a enamorarse pero no a entenderse. Iban a durar menos que tu atención en una película soporífera de los escandinavos -lo que no es, gracias a Odín, el caso de “Las mejores intenciones”- y sin embargo, pese a todos los impedimentos familiares y a los exilios helados en la taiga, forjaron un matrimonio desconchado pero con un núcleo de hierro indestructible.
El progenitor no gestante de Ingmar Bergman es Henrik, un pastor luterano con cien heridas en el alma y un talante que oscila entre la negrura y la mala hostia consagrada; Anna, en cambio, la progenitora gestante, es una pija alegre de la alta sociedad a la que jamás se le ha negado un capricho de niña boba y consentida. Lo único que les une, quizá, es una idea del sexo algo pacata y victoriana: un fuego más bien de braserillo, de hacer la cucharilla en el invierno con dos camisones de por medio. Henrik y Anna jamás conocerán la pasión desbordada ni la frustración sexual, y quizá, por eso, cuando el sexo salga por la puerta, ellos no tendrán que saltar por la ventana y durarán muchos años entrelazados.
Dune (1984)
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Solamente he recorrido la mitad del desierto. No he podido más. Para mí, el oasis prometido será un sueño inalcanzado. Me tumbaré aquí, ebrio de especia, hasta que el sol de Arrakis me extraiga la última gota y el último vapor. Es el fin. Mi amor confuso por David Lynch esta vez no ha sido suficiente. He... desfallecido. Su “Dune” es insoportable, cutre hasta el extremo. Inentendible si no fuera porque hemos visto las películas de Denis Villeneuve y más o menos sabemos de qué va la movida interplanetaria. He dicho "más o menos".
Las novelas no las he leído y creo que ya nunca las leeré. La verdad es que estoy un poco hasta los harkonens de los atreides. O viceversa: hasta los atreides de los harkonens. Estoy hasta el gorro de consultar si la especia que te pinta los ojos de azul y te pone en ventaja para conquistar a las mujeres se escribe melange, mélange o mèlange, con el dichoso acento bailando sobre vocales... ¿Se supone que el planeta Arrakis fue primero colonizado por los franchutes? ¿En esa segunda mitad de “Dune” que ya nunca veré aparece una colonia de franceses en el desierto, olvidada y anacrónica, como aquella que sobrevivía en las junglas de Indochina en "Apocalypse Now"? ¿O también habrán cercenado sus escenas en el montaje? ¿Existe una versión redux del “Dune” de David Lynch? Que Dios nos pille confesados...
La Teoría de la Fascinación por lo Cutre (TFC) que enunció el catedrático Pepe Colubi de la Universidad de Oviedo a veces funciona y a veces no. Hay cutreces entrañables y cutreces que echan para atrás. Existe una fascinación positiva y atractiva, sí, como cuando vemos “En busca del arca perdida” y nos importan un pimiento las cabeza de caucho y los rayajos en los fotogramas. Pero también existe una fascinación negativa, paralizante, a la que llamamos repulsión. El “Dune” de 1984 se ha quedado para los muy frikis, para los muy cafeteros. Para los entregados a la causa. Para los arqueólogos de la ciencia-ficción. No hay cinefilia provinciana que pueda con estos esfuerzos de la voluntad. La mía desde luego que no.
Conan, el bárbaro
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Antes de ser gobernador de California, Conan el bárbaro fue rey en Aquilonia. Pero la película no se centra en tales episodios gloriosos, sino en sus primeros pasos por el mundo de la política. Concretamente en cómo pasó de ser un huérfano muy parecido a Jorge Sanz a cargarse al rey de las serpientes en los parajes de Almería, y ganar renombre entre los habitantes de la Era Hiboria, al otro del océano y del tiempo.
Conan nació en Cimeria, que está muy cerca de Segovia, y pasó años musculándose como esclavo dando vueltas en una noria. Pero al contrario que los burros, él iba meditando, cavilando su ideología política para cuando un golpe de suerte le dejara libre por las estepas. Conan, por supuesto, es un neoliberal que predica el sálvese quién pueda y el acaparamiento de las riquezas, robándolas por la fuerza si hace falta. Y a quien proteste, un buen par de hostias si le pilla de buenas, o un mandoble de espada, si le pilla cabreado con la parienta o con un forúnculo en el culo. Y por encima de todas las cabezas, las cercenadas y las conservadas, el dios Crom desde su nube, que es otro dios de derechas como Dios manda, protector del abusón con musculitos o del mierdecilla armado hasta los dientes.
Cuando Conan se aburrió de gobernar en Aquilonia porque estaban muy atrasados en lo tecnológico y además ya se había tirado a todas las cortesanas, no le costó nada adaptarse a su puesto de gobernador en California, para el que fue elegido, eso sí, democráticamente, dada su fama y su halo de invencible, y su casamiento con la sobrina de John Kennedy, otro héroe mitológico del que en esta película no se dice ni mu, pero al que siempre tenemos presente en nuestras oraciones.
En fin... Que me he puesto a ver “Conan el bárbaro” no sé muy buen por qué. Porque me aburría, y porque me picaba la curiosidad. Porque una vez, de adolescente, por influjo de un amigo conanólogo de León que se compraba todos los cómics y todas las novelas, yo también llegué a saberlo casi todo del personaje. Y quería, no sé, bañarme un poco en la nostalgia. Comprobar lo que recordaba y lo que no, casi cuarenta años después de mi etapa hibórea, tan flacucho entonces y con acné.
Minority Report
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Los precog de Minority Report son unos genios de la
adivinación, unos mutantes de la neurona. Nada que ver con Rappel y su escuela de
nigromantes. Pero los precog también son -vamos a decirlo todo- bastante
limitados. Lo único que pueden ver en el futuro son los asesinatos. No sirven
para acertar un quiniela, para adivinar si lloverá, para saber si finalmente
fulanita me amará. No cuentes con ellos para saber si el gobierno agotará la
legislatura, si la luz seguirá subiendo de precio, si la novela encontrará
después de todo un editor... Para todo lo que no sea adivinar una muerte
violenta, Ágatha y sus hermanos sólo son un adorno, una curiosidad científica.
Y puede que también unos rehenes del Estado. Ellos mismos, las víctimas de un
delito.
Sucede, además, que hay muchas formas de matar, diferentes al
disparo o al apuñalamiento, y que ellos tampoco las sueñan en su piscina de los
iones. Se puede matar de hambre, o cerrando un hospital, o reduciendo un presupuesto
primordial. Se puede matar a disgustos, a insultos, a vejaciones. Se puede
matar, simplemente, olvidando al pre-muerto. Y para toda esta panoplia de
crímenes incruentos, ellos, los precog, están ahí como si oyesen llover.
Quiero decir que, después de todo, yo no soy tan distinto de
los precog de la película. Yo también tengo una parcela de futuro donde las
clavo casi todas, sin apenas equivocarme. Es la marcha del Real Madrid,
concretamente su sección de fútbol masculina, donde quizá más por viejo que por
perro, me las huelo todas con meses e incluso años de anticipación. No alcanzo,
en mis profecías, el refinamiento de estos precog de Philip K. Dick,, que
aciertan la hora exacta, y el lugar, y hasta concretan la escena con todo lujo
de detalles. Lo mío, al no ser yo mutante, es mucho más modesto, más de
aproximación en el diagnóstico, pero vamos: que si digo que fulano es una estafa
de jugador, o se cae en el invierno de las alineaciones o en el verano a más
tardar; y si digo que mengano es un pufo de entrenador, indigno de nuestro
club, tarde o temprano lo acaban largando por la puerta chica. Y todo así. Y
sin cables en la cabeza, ya ves tú.
La vergüenza
La
vergüenza -que a mí me ha parecido un truño, una
kafkianada tan grande como la catedral de Praga, o de Estocolmo- resulta, para
mi asombro, para mi humillación intelectual, que es materia de aclamación en
los círculos cinéfilos: ¡un análisis magistral sobre el hombre y su pesar, la
mujer y su carga, la humanidad y el vacío existencial! El drama modélico de un Ingmar
Bergman en plena forma que nos regala otra genialidad, otra disección profunda del alma humana. Pero sólo
a quien tiene ojos para apreciarlo, claro, y oídos para comprenderlo. E
inteligencia, para asimilarlo. Pues bueno. Cojonudo.
Así
que aquí yazgo, medio listo y medio tonto, en el sofá incómodo y recalentado ya
con los primeros calores. De nuevo en pantalones cortos, como un niño pequeño
que echa de menos las explosiones y las persecuciones. Harto de Bergman. Harto
de no comprenderle. Harto de vagar por la isla de Farö sin entender ni jota. Harto de la política nacional, de la marcha del Madrid, de
la lentitud de la justicia... De este cansancio físico y mental que ya entrado mayo perturba
mis ánimos.
El exorcista
Diana, la lagarta de la serie “V”, se comió el ratón de Susanita el 2 de febrero de 1985, sábado por la tarde, en Televisión Española, que era la única tele que existía por entonces. Lo he buscado por internet, y coincide ciertamente con mi recuerdo. O con mi no-recuerdo, mejor dicho, porque yo, que había ido al cine con unos amigos, me lo perdí. Todo el mundo recuerda ese momento del asco supremo, de la sorpresa mayúscula. Es un momento generacional a la altura de la muerte de Chanquete, o del último episodio de Hombre rico, hombre pobre. Aquel efecto especial de la garganta que engullía el bicho -tan cutre visto ahora, pero tan acojonante, visto entonces- yo tuve que verlo después, en alguna reposición, reenganchando a la serie como el último de la fila. Pero no maldigo mi suerte, como decía el cantar. Cuando aquel sábado de mis doce añitos -ya casi trece- mis amigos y yo salimos del cine, y regresamos al barrio, y los hermanos y las amistades nos iban diciendo “¡La hostia, lo que os habéis perdido...!”, nosotros, con una sonrisa muy estúpida de superioridad, les respondíamos: “No... ¡Lo que os habéis perdido vosotros!”
Nosotros, el Oscar y el Antonio, el Omar y el Menda, en el cine Abella de León, habíamos visto a una niña poseída por el demonio que se metía un crucifijo por el coño, y le gritaba “¡Fóllame!” a un cura arrodillado ante su cama, y luego giraba el cuello 360º sin palmarla en el intento dislocado. Lo del alienígena y el ratón palidecía en comparación con aquello... Nosotros habíamos visto a una chavala que levitaba sobre su cama, que hablaba del revés, que escribía “Help me” sobre su propia piel para pedir ayuda al exterior. Habíamos visto al puto demonio, en sus ojos trastornados.
Nosotros habíamos ido a ver “El exorcista” en una reposición de
película restaurada, con cuatro entradas gratis que mi padre nos facilitó. Mi
padre, por cierto, no nos advirtió de nada, el muy capullo: sólo nos dijo que
era una película cojonuda, un clásico imprescindible, y cuando a mitad de película
-pantalla grande, sonido atronador, penumbra en la sala- ya estábamos todos
acojonados, cagados de miedo, nadie quiso ser el gallina que tomara la iniciativa de largarse.
Recuerdo -con mucha vergüenza- que en el momento culminante de la película,
para exorcizar nuestro propio terror, los cuatro nos levantamos de la butaca para
gritar al unísono con el padre Merrin: “¡El poder de Cristo te obliga!, ¡el
poder de Cristo te obliga!”. Nosotros, que éramos alumnos en los Maristas, conocíamos bien la salmodia.
La escafandra y la mariposa
Un segundo antes del colapso, Dominique Bauby era un hombre envidiable, redactor jefe de la revista Elle, triunfador de la vida y de las mujeres, desenfadado y guapo cuando conducía sus coches deportivos cerca de Montecarlo. Un segundo después del colapso, Dominique Bauby se convirtió en el personaje de cuento de terror: uno que alguien podría haber narrado en aquellas veladas góticas de Mary Shelley, donde nacían monstruos de la imaginación calenturienta.
Los tres días del Cóndor
Y aquí seguimos, igualitos, cuarenta años después de que el agente Cóndor descubriera el tomate. A vueltas con el petróleo y con Venezuela, y con el Golfo Pérsico, que son los temas sempiternos mientras tengamos coches de combustión y calefacciones de gasóleo. En España nos darán la matraca con Venezuela hasta que los rojos vuelvan a quedar cautivos y desarmados, pero de los demás países petrolíferos seguiremos hablando, me temo, durante décadas.
El exorcista
Hannah y sus hermanas
En Hannah y sus hermanas conviven dos tramas que tienen muy poco que ver. La historia central, la que trata propiamente de Hannah y sus hermanas, es el relato de tres neoyorkinas que se reúnen en los restaurantes y en los saraos de la familia para ponerse verdes las unas a las otras, y hablar sobre el cultivo insatisfactorio de sus espíritus. Quieren ser actrices, escritoras, fotógrafas, profesoras de universidad... Tirarse a los hombres más inteligentes de Manhattan y formar parte de los círculos exclusivos de la cultura. Pero siempre hay algo que se interpone en sus caminos: los maridos, los novios, la competencia feroz de otras mujeres. Es un drama familiar que me interesa más bien poco. Crónicas insulsas sobre burguesas de la vida resuelta, que se aburren infinitamente en su tiempo libre y no paran de dar la castaña con sus sueños artísticos.
Vargtimmen
Sonaba bien, Vargtimmen, la película de Ingmar Bergman que me tocaba ver en este sufrido y autoimpuesto ciclo. Sin tener ni idea de sueco, uno intuía resonancias vikingas, neblinosas, en esa palabra -Vargtimmen- consonántica y rasposa, que traducida al castellano, La hora del lobo, sonaba como un peligro acechante, como un miedo que se adensa, como una inquietud que se agazapa en los paisajes helados de los nórdicos.
Los comulgantes
Quien esto escribe dejó de escuchar la voz de Dios hace mucho tiempo. A los diez años tuve que elegir entre la misa dominical y el "Tiempo y marca" en el UHF, y no me lo pensé. Dios es redondo, y está hecho de cuero...
El manantial de la doncella
Sigo viendo las viejas películas de Ingmar Bergman. Esta vez le ha tocado el turno a El manantial de la doncella, película ya vista en algún tiempo lejano, pero de la que sólo recordaba a la doncella en si, tumbada sobre la hojarasca. Ocurre que muchas veces no recordamos los pormenores de una película y, sin embargo, algo en nuestro interior resuena con alegría o con desagrado cuando escuchamos su título, como si codificada en tales palabras se preservara la significancia de los fotogramas que luego nuestro cerebro traspapela y olvida.
(spoiler)












