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Springsteen: Deliver Me From Nowhere

🌟🌟🌟


Viendo la película me acordé de aquella crónica de Martín Caparrós sobre la final de la Champions de 2018. Caparrós, como cualquier ser humano con corazón, se apiadó del portero del Liverpool cuando cometió aquel fallo entre absurdo y garrafal. Nadie en ese momento habría querido estar en su pellejo, presintiéndote carne de meme y objeto de desprecio. 

Pero al terminar el partido -imaginaba Caparrós- Karius se duchó, salió del estadio, se subió a su cochazo deportivo y recibió, para curarse las penas, el beso cariñoso de su novia supermodelo. Dos horas después de su cagada ante millones de espectadores ya todos queríamos ser otra vez como él: tan guapos y tan ricos, y tan novios de ese pibón inalcanzable. “El fútbol -decía Caparrós- me ha vuelto a engañar”. 

Bruce Springsteen se pasa toda la película más o menos así, a lo Karius, tristón y deprimido. Los flahsbacks de su infancia vienen a explicar que no es un sentimiento pasajero, sino un malestar muy jodido y arraigado. Sentimos pena por él hasta que conoce a esa chica maravillosa que trabaja en la cafetería y Springsteen, para nuestro asombro, en un arrebato entre mustio y melancólico, de héroe poético del rock and roll, decide alejarla de su vida. El 99’99% de los varones que vieron esa escena se quedaron con la mandíbula desencajada. Los hay que hubieran vendido a su madre por tener una cita con esa mujer. The Boss, en cambio, harto de elegir y descartar, ahíto de éxitos y placeres, la había desechado como quien tira una flor preciosa al empedrado. El rock, como el fútbol, nos había vuelto a engañar.

Desde ese momento se nos hace difícil empatizar con el Boss. “Que sí Bruce, que sí, que la vida está muy jodida. Anda y déjanos en paz”. Menos mal que a mitad de película suena “I’m on fire” y se nos pone la carne de gallina. No se puede sentir desdén por alguien capaz de componer una canción como ésa: tan sencilla, tan turbia, tan enigmática, hoy sin duda imposible de publicar.





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