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Honey Don't!

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El comisario de policía, que parece sacado de "Torrente", no acaba de entender que a Honey le gusten más las mujeres que los hombres. El comisario no parece un mal tipo -de hecho será el varón menos nocivo de la película- pero es claramente un imbécil y un desfasado. Una vieja masculinidad atrapada en un poblacho de Nuevo México. 

El hombre malo de la película -el más malo, quiero decir- es un predicador evangelista que ha convertido su púlpito en un glory hole para su polla bendecida. Pero como no es católico, en vez de tentar a los niños tienta a las feligresas. Es otra vía del sacerdocio. El hijoputa es guapísimo y tiene un éxito arrollador. Posee un olfato especial para detectar zumbadas y descarriadas. Es un lobo de manual y un traficante de pastillas. Un chuloputas. Su ayudante, por cierto, es un asesino chapucero que se aprovecha de las migajas. Él es la hiena que se encama cuando el león desaparece.

La familia de Honey también tiene lo suyo. Su padre es un maltratador que de niña le pegaba hostias como panes; el cuñado, un violador conyugal que ya ha depositado siete embarazos dentro de su hermana; y el novio de su sobrina, otro maltratador orgulloso de votar al Partido Republicano. ¿Algún otro maltratador en esa pequeña comunidad? Pues sí: el padre de MG, la novia de Honey, que fue un héroe de guerra con la mala costumbre de traerse los combates a su casa.

Para completar la panoplia aún hay más hombres tóxicos paseando por “Honey Don’t!”, aunque ya sean personajes secundarios o terciarios. Del cuaternario, incluso. Que yo recuerde hay un chicano que explota a su abuela, un barman con pinta de colgado y un vejestorio que no disimula sus cerdeces. ¿Una distopía heteropatriarcal? No creo. Simplemente un retrato de nuestros días. El día a día de Nuevo México, extrapolable por entero a la vida en las Españas. 

Para los que ya estén pensando mal -y no era ése, desde luego, mi objetivo- les diré que salen dos mujeres asesinas en la película. Pero una, la francesa, mola la hostia, y la otra, ay, no es culpable de sus actos. Así que nada: seguimos. Es la moda. Leña al mono. Al mono peludo. Un ajuste de cuentas esperpéntico. Cansino todo.




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Dos chicas a la fuga

🌟🌟🌟


Ahora mismo, la comidilla entre la cinefilia más gafapasta es que el hermano listo de los Coen era finalmente Joel, y no Ethan, porque Ethan es el perpetrador de esta comedia sin gracia ni sustancia. “Dos chicas a la fuga” es una road movie al estilo Cohen que podría haber sido, qué sé yo, una de los hermanos Calatrava, o de los hermanos Cadaval, buscándole un dildo a Omaíta. Incluso las películas de los hermanos Farrelly, tan averiadas e imperfectas, tenían más chicha y argumentos para provocar.

También es verdad, como decía Chiquito de la Calzada, que una mala tarde la tiene cualquiera, y yo estoy por subrayar estas palabras juiciosas del maestro malacitano. Prefiero pensar que lo de Ethan Coen, en comandita con su señora, coescritora del guion y cómplice de sus soplapolleces, ha sido una tontuna pasajera y un divertimento casi familiar, de domingo por la tarde mientras llovía tras la ventana. Me niego a creer que Ethan Coen sea un mentecato permanente, el hermano tonto que siempre apareció junto al hermano listo en los títulos de crédito para que nadie pudiera distinguirlos. De hecho, en nuestra monarquía, tuvimos -y seguimos teniendo- una infanta de España que por mucho que apareciera junto a su hermana en los actos oficiales no tenía disimulo posible. Hay veces que ir con el listo -como cuando vas con el guapo- no sirve de disimulo, sino de trágico contraste.

“Dos chicas a la fuga” sería una suprema estupidez y no una estupidez a secas si sus protagonistas no fueran dos lesbianas guerrilleras y una de ellas no llevara la belleza prestada por los genes de Margaret Qualley. Toda la gracia del asunto reside en que son dos mujeres echadas p’alante que llevan su condición sexual sin ningún tipo de complejos, adentrándose en el territorio enemigo de los estados republicanos. Corre el año 2024 y no acabo de entender dónde está la provocación o la reivindicación. Los convencidos de la tolerancia ya comparecemos convencidos ante la pantalla, y los que no, los fachas recalcitrantes, ya no tienen cura posible. 




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La tragedia de Macbeth

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El guion de la película es cojonudo, pero eso ya lo sabíamos todos: es de William Shakespeare, o de quien se hiciera pasar por él, que lo mismo nos da. Y además está afinado por Joel Coen, que es como si un centro medido de Michel lo rematara Hugo Sánchez de chilena, y perdónenme la pincelada del fútbol vintage, casi medieval. Pero es en lo que estamos, ¿no? En los viejos tiempos del arte y de la escena.

El chiste que corre como un caballo de Escocia por los foros culturetas es que ya sabemos cómo se repartían las tareas Joel y Ethan Coen cuando trabajaban con el seudónimo de los hermanos Coen: Ethan se encargaba de los laterales del encuadre y Joel del 3x4 central, como en aquel concurso de la tele que presentaba Julia Otero, tan guapa y tan lista, el 3x4... Todos pensando que los hermanos se repartían las tareas de guion y dirección y resulta que no, que se repartían el fotograma por secciones. Es un chiste, ya digo.

 Porque sí: la película de Joel Coen, divorciado de su hermano, es una propuesta arriesgadísima que adopta el formato cuadrado y pinta las escenas como si esto fuera una película de Dreyer, o de Bergman, solo que la suya se entiende, a diferencia de aquellas, aunque a veces las retóricas de Shakespeare haya que rebobinarlas para quedarse bien con la metáfora.

Macbeth es un texto complejo que toca muchas pasiones y muchas miserias: la avaricia, la traición, la culpa, la venganza... Pero yo me quedo con las brujas y con las predicciones del futuro. Porque sí creo que el futuro está escrito y que hay gente capaz de vislumbrarlo. Los físicos teóricos dicen que la vida ya está vivida. Que todo ha sucedido mucho antes de que lo transitemos y que somos como visitantes de nuestro propio museo, descubriendo los cuadros colgados a medida que los vivimos. Yo me entiendo... Lo que pasa es que no hay manera de adivinar nada. Todo está muy oscuro por ahí delante. Pero hay gente que tiene no sé, una linterna, una precognición, un poder asombroso. Como las brujas de Macbeth. Yo conocí una vez a una bruja. Me lanzó una maldición que no entendí demasiado bien. Por eso vivo despreocupado, que si no...





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