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El beso francés es el que recomiendan nueve de cada diez guionistas para ilustrar el amor en las comedias. El beso griego ya no. Es cierto que el primero puede ser la antesala del segundo si la pasión se desenfrena, pero el mar Egeo, su profundidad abisal y un pelín contaminada, ya es terreno pornográfico.
Pobre porno: tan denostado como está, es justo lo que viene después del “The End” en las comedias de Meg Ryan. El ¡oh, là, là! que se adivina mientras van cayendo las letricas. Los títulos de crédito, cuando se corta el bacalao, son el biombo del médico, la tinta del calamar, la mano del cura que obtura el proyector.
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Del mismo modo que Meg Ryan tarda media película en ver la torre Eiffel porque siempre se despista o se la tapan, uno de mis sueños recurrentes es que camino por París y no encuentro la torre por ningún lado. De un modo u otro, al estilo megryano, siempre se me escurre o se me oculta. Las variantes son infinitas: me pierdo, me lían, se estropea Google Maps. A veces pregunto a los viandantes y me dicen que eso no es París, sino su antesala, y que el París verdadero está más allá de las montañas.
Descreído del psicoanálisis, hace tres años viajé a París -entre otras cosas- para superar mi pesadilla. Vi la torre Eiffel, por supuesto, aunque tardé dos días en visitarla. Fue un viaje muy raro y atravesado... Mi pesadilla desapareció durante dos años de onirismo, pero ahora ha regresado con una fuerza inusitada. La torre Eiffel, tan fálica, significa algo muy profundo en mi inconsciente enrevesado.
Aquel viaje a París, como el de Meg Ryan en “French Kiss”, también tenía el objetivo de recobrar un amor que se moría. La diferencia es que mi amor no me esperaba allí, sino que viajaba conmigo, acojonada en el avión. Yo, como Kevin Kline, también le contaba bobadas para entretenerla mientras el avión despegaba o aterrizaba. París iba a ser el doble o nada, la terapia definitiva. ¡Qué pareja no viaja a París y se redescubre enamorada!
Pero luego, al pasear por el Sena, descubrimos que no había parejas haciéndose arrumacos. París, fuera de las películas, es una ciudad como cualquier otra, aunque con muchos monumentos. No hay magias, ni chispas, o las tienen escondidas para los turistas sin caché.
