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Mentiroso compulsivo

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Mentir es un mecanismo adaptativo. Un recurso de supervivencia. Todos, incluidos los católicos, provenimos de una larga saga de mentirosos. Los australopitecos que sólo decían la verdad se extinguieron muy pronto en el árbol genealógico. De hecho, cuando llegó el monolito de Kubrick ya no quedaba ninguno sobre la Tierra. No se puede soltar la cruda verdad ante un australopiteco armado con cachiporra, ni tampoco ante una australopiteca que se interesa por nuestros genes. Morir sin procrear es el destino de los sinceros. 

Los únicos que a lo largo de la historia tuvieron el privilegio de decir la verdad fueron los bufones de los reyes. Se les pagaba, de hecho, por soltar con gracia todo aquello que los lameculos no podían o no debían exponer. Las monarquías de entonces eran, en eso, mucho más civilizadas que las de ahora, que ya no admiten ni siquiera una caricatura jocosa en la portada de una revista.

Nadie saldría indemne de una maldición como ésta de la película: pasar 24 horas seguidas sin poder decir una sola mentira. Que cada pregunta que te hagan sea el preludio de una tragedia o de una hostia bien arreada. Se librarían, como mucho, los pastores en el monte, los monjes cartujos y los pacientes inconscientes. Los náufragos de una isla y los opositores encapsulados. Todos los demás, los obligados a vivir en pareja o en sociedad, o en un monasterio no consagrado al silencio, iríamos cayendo como moscas desadaptadas. Cuando terminara la maldición estaríamos todos abandonados, o pre-divorciados, y despedidos del trabajo. Quizá en la cárcel, y sin amigos, cancelados para siempre. 

Familias rotas, parejas ofendidas, jefes iracundos, vecinos airados, policías señalados...: he ahí la distopía de la sinceridad. La consecuencia última de cumplir a rajatabla el octavo mandamiento.





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Lazos ardientes

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Las nuevas masculinidades ya no se inmutan cuando dos amantes lesbianas se pegan el lote en una pantalla. Lo que hemos ganado en mansedumbre lo hemos perdido en alborozo y en capacidad de sorpresa. Los jóvenes han crecido en un mundo donde cualquier preferencia sexual ya no tiene más chicha ni más morbo que cualquiera; y los viejos, que han sido reeducados en clínicas muy caras de las montañas suizas, ya presumen en su mayoría de no excitarse con las mismas cosas de antaño.

Las viejas masculinidades, en cambio -al menos las que todavía no hemos entrado en la pitopausia demoledora- aún tenemos alegres erecciones cuando dos mujeres como Gina Gerson y Jennifer Tilly comienzan a acariciarse los pechos y a besarse con las lenguas juguetonas. Esta erección involuntaria -pero muy potente- que me ha sobrevenido en el momento más caliente de “Lazos ardientes” posee un 70% de orgullo -porque a mi edad ya no son todos los que pueden sostenerla- y un 30% de culpabilidad, por seguir, sí, excitándome con un amorío que ya no tiene nada de excepcional ni de morboso. Esta erección ha sido, como todas la erecciones, un acto casi reflejo, enraizado en capas muy profundas del subsuelo. Una reacción bioquímica irremediable. Una vergüenza, quizá, en un hombre decente del siglo XXI.

Hoy, en la piscina, en ese trance mental que llega cuando ya has perdido la cuenta de los largos y de los cortos, he ido elaborando un pódium de escenas para rebozarme todavía más en el barro primordial. En el número 1, por supuesto, está Adèle Exarchopoulos enamorada de Léa Seydoux en “La vida de Adèle”; en el número 2, Naomi Watts aferrándose a la última esperanza en el cuerpo de Laura Helena Harríng, en “Mulholland Drive”; y en el número 3, quizá por reciente, quizá porque mi memoria no es tan fértil como yo creía, estas dos mujeres de “Lazos ardientes” que lograron salir de una trama mafiosa de mil pares de cojones metafóricos pero también muy reales y agresivos.




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